Nadie lo vive igual, pero tú lo sientes y llevas dentro, incluso
desde hace más tiempo aún. Quizá, durante todo el año, pero ahora… ahora
estamos a solo cuarenta días.
Son los días que más se disfrutan preparando lo más grande,
lo que llega, lo que ya está aquí.
Volveremos a recordar la misma historia, a revivir esos
momentos que sucedieron hace más de veinte siglos. Y, sin embargo, cada año es
distinto.
A muchos les parecerá igual, momentos calcados año tras año;
pero no. Esa es la magia.
Las situaciones personales cambian, la economía también,
incluso el sentimiento. Sí, ese que siempre decimos que está ahí; pero su
intensidad también difiere.
Nadie siente igual, y eso también es un valor añadido.
Y llegarán esos días que nos llevarán a la gloria, porque
ese, ese es el auténtico sentido de todo.
A solo cuarenta días.
Canastos, candelabros, varales, palios, jarras, velas,
orfebrería, bordados, imaginería…
Todo esto estará genial y lo disfrutaremos en la calle, pero:
detente un segundo.
Únicamente un instante.
Piensa lo siguiente y ponte en situación.
Cierra los ojos y desplázate con tu mente, con tu alma y con
tu espíritu:
Sangre, sudor y lágrimas en el cuerpo del Señor.
Sí. Te has vuelto tan sumamente frío que ya te parece
normal, algo cotidiano.
¿Harías tú lo mismo por una sola persona? Quizá sí, pero por
una familia entera ya… ya habría que pensárselo más. Podemos decir cosas del
estilo: “Buff, es que mi cuñado es…” “Mi suegro es que no me soporta, y yo a él
menos” “Mi propio hermano me la jugó y esa no se la perdono…”
Ahora piensa en esa Persona que lo hace por ti, por toda tu
familia, por la mía también, por la de tus amigos, por ese del que te suena la
cara… pero que no conoces, por el resto de personas del mundo entero que ya
vivieron, que están viviendo a la vez que tú y que yo ahora mismo, y de los que
vivirán.
A solo cuarenta días.
Y te darás cuenta que no son días señalados en el
calendario. Es una vida entera. Aunque es un momento para que mires a tu
interior y te preguntes: ¿Qué puedo hacer con esto que me han regalado, que
tengo delante de mí, y no sé hasta cuándo durará?
Porque mientras tú dudas de si fue verdad, o un cuento de
abuelas, o de los curas…, Él no lo dudó.
Porque mientras tú le pones condiciones, Él solo te ama.
Es el momento de la reconciliación contigo mismo, con los
tuyos, con todos.
No. No son palabras bonitas para quedar bien. Es la
realidad.
Él dio la misma oportunidad a todos sus amigos, los quiso a
todos y, sin embargo, unos lo abandonaron. Otro lo negó, aunque luego se
arrepintió. Otro lo acompañó hasta el pie de la cruz. Otro lo traicionó. Y tú,
¿qué haces? ¿Cuál es tu papel?
A solo cuarenta días.
Con el trabajo interior hecho podrás vivir una verdadera
estación de penitencia. ¿Sabes lo que es? Spoiler: No es sacar un paso a la
calle.
A solo cuarenta días.
¡Abre tus sentidos y vívelo!
Porque entonces sí, los adoquines se prepararán para
amortiguar el caminar de alpargatas de quienes llevan a Aquel que carga el peso
de todo el mundo, y el dolor maternal de María. Se dispondrán a acoger lágrimas
de cera y “petalás” de antología. Sentirán el lento pero seguro caminar del
penitente, que con su rostro cubierto ora en su silencio. Recibirán los cuatro
zancos de un paso como pilares de la fe, que se elevarán para llegar al cielo.
Y se quedarán con la pena de no poder ascender a lo alto. Pero soportarán el
peso del sufrimiento de tanto pecado que busca perdón.
A solo cuarenta días.
Los balcones, esos pequeños altares suspendidos, se
convertirán en miradores del alma. El lugar donde la ciudad se asoma a lo
sagrado. Sentirán la emoción de las manos que se apoyan para ver pasar una
cofradía, o del saetero que se rompe la garganta para cantarle a Dios hecho
madera. Respirarán el humo de los cirios y el incienso que, cual niebla
perfumada, asciende para entregar oraciones y plegarias al Padre. Recogerán las
lágrimas que brotan del sentimiento sincero, en la intimidad que nadie ve. En
su quietud, acariciarán las bambalinas que revolotean, o las cantoneras de una
cruz, como queriendo aliviar la amargura del que va clavado en ella. Y serán
testigos de esos niños que juguetean entre sus barrotes, pero que descubren por
primera vez, con los ojos muy abiertos, qué es la Semana Santa. Entonces,
cuando el paso se aleje, sentirán el vacío y el silencio que queda, guardando
en la memoria de sus hierros el temblor de lo vivido, la fe que le ha rozado.
A solo cuarenta días.
Las farolas que tantas noches han sido vigías de la ciudad,
se apagan humildemente para dejar paso al que es la Luz del mundo. Enmudecen
sus destellos, como quien baja la mirada ante un misterio que le sobrepasa.
Únicamente Cristo, su Madre y unos cirios iluminan la noche, venciendo a las
tinieblas humanas, acompañados tan solo por la luna, testigo de la primera
Semana Santa.
A solo cuarenta días.
Las fachadas encaladas serán el respaldo de los fieles que
esperan el discurrir de la cofradía. Despertarán sus memorias y recordarán
antiguas Semanas Santas. Se comportarán como doseles, sirviendo de hermosos
fondos fotográficos. Y permitirán que la luz de los cirios se deslice por ellas
como quien pinta un lienzo, cubriéndolas con pinceladas de oro y sombra
elástica que se estiran poco a poco...
A solo cuarenta días.
La música pondrá la banda sonora más hermosa.
El tambor marcará el compás, y las notas se unirán formando
las melodías que saldrán de cada instrumento, aterrizando en nuestros oídos y
despertando esas emociones inenarrables; ese pellizco que no sabes muy bien
cómo se produce, pero ahí está, subiendo por el pecho hasta brotar por los ojos
con sabor salado.
A solo cuarenta días.
Las flores resplandecerán con sus mejores colores, e irán
derramando sus perfumadas fragancias que se mezclarán con la resina del
incienso, y la cera caliente que llorarán los cirios, por Aquel que es el mismo
Dios que se muere, y el terrible desgarro del alma de su Madre al ver cómo lo
más grande que tiene, se le va…
A solo cuarenta días.
El viento. Nuestro querido hijo predilecto. El que se
deslizará entre la multitud, se colará entre la candelería de un palio, hará
danzar a túnicas, capas y antifaces, y se divertirá apagando velas, riéndose de
sus propias travesuras. El que moverá las nubes de incienso por donde él
quiera. Soplará en el recodo de las calles para hacerse presente. Moverá las
ramas de los naranjos difundiendo el aroma de azahar. Y será el primero en
acercarse al Señor para saludarlo, acariciarlo, darle la bienvenida y acompañarlo
en su recorrido hasta el final. Nos podrá parecer incómodo, pero él tampoco
querrá perderse el misterio más grande jamás contado.
A solo cuarenta días y… ya todo se prepara.
Pero no olvides lo más importante: prepararte tú también. Porque
nada de esto tendría sentido si no dejases que el Misterio te roce por dentro.
Y cuando aparezca el mismo Dios por esa esquina, allí donde
lo esperas, comprenderás que no solo eran cuarenta días. Es una llamada, una
nueva oportunidad que Él te brinda.
Será el abrazo más sincero que jamás hayas sentido, el que
te ha estado esperando toda la vida.
Cuando pasen estos cuarenta días, vivirás la Gloria. Y
entonces sí. Entonces sí podrás decir que lo has vivido de verdad.
Que has caminado con Él.
Que Él te volvió a acoger.
Que, de nuevo, estás en casa.
Puedes escuchar esta reflexión acompañada de música en el vídeo que encontrarás a continuación.

