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sábado, 25 de julio de 2020

El Apóstol Santiago


Santiago Matamoros.
Alfonso Martínez (atribución). 1642.
Iglesia de San Mateo. Tarifa (Cádiz)

Hoy celebramos la festividad de Santiago Apóstol, Patrón de España. Felicidades a todos los gallegos, pues hoy  también se celebra el día de Galicia.

Según una tradición medieval, tras el Pentecostés (hacia 33 d. C.), cuando los apóstoles son enviados a la predicación, Santiago habría cruzado el mar Mediterráneo y desembarcado para predicar el Evangelio en la Hispania (actuales España y Portugal).

Además de en los Evangelios, es mencionado en el libro de los Hechos de los apóstoles:

Por aquel tiempo, el rey Herodes comenzó a perseguir a algunos de la iglesia. Ordenó matar a filo de espada a Santiago, el hermano de Juan; y como vio que esto había agradado a los judíos, hizo arrestar también a Pedro. (Hch. 12,1-3)

Como curiosidad: La tumba del Apóstol.

Alrededor del año 813, en tiempos del Rey de Asturias Alfonso II el Casto, un ermitaño cristiano llamado Pelayo comunica al obispo gallego Teodomiro, de Iria Flavia, que había visto unas luces merodeando sobre un monte deshabitado. Van al lugar e identifican una tumba donde se encontraba un cuerpo degollado con la cabeza bajo el brazo. El rey Alfonso ordenó construir una iglesia encima de aquel lugar.

La palabra Compostela proviene de “campus stellae”, es decir, campo de las estrellas, debido a las luces que bailoteaban sobre el cementerio. Otra versión que, quizás es menos atrayente, pero puede que más fiable, es que la palabra cementerio (compositum), sea el verdadero origen de Santiago de Compostela: Santo Jacob delcompositum. Sea como fuere, el descubrimiento de aquella tumba, dicen que de mármol romano, será el germen que diera lugar a la primera catedral de Santiago y al inicio de las peregrinaciones a este santo lugar.

Muchas son las historias y leyendas que giran en torno al Señor Santiago, entre las que destacamos la Batalla en Clavijo, donde por mediación del Apóstol, los cristianos vencen a los musulmanes, y de esta efeméride surge la iconografía conocida como Santiago matamoros, como la que vemos en la ilustración.

Que, como el Apóstol Santiago, seamos auténticos discípulos de Cristo y sigamos el encargo que Él nos encomendó: Id al mundo entero y proclamad la Buena Noticia.

El Señor nos bendiga.


martes, 31 de marzo de 2020

Nuestra Santa Cueva

Oratorio de la Santa Cueva. Capilla Baja.
Cádiz.
📷 Autor.
La ciudad de Cádiz esconde muchas joyas y, una de ellas, es el Oratorio de la Santa Cueva. Un lugar que podemos decir, pasa inadvertido al viandante, pues su arquitectura civil, tan sólo rota por un retablo  hornacina con una copia de una pintura de Nuestra Señora del Refugio (el original, después de muchos años expuesta en este lugar, se conserva en el interior del edificio), obra  de Franz Riedmayer (1796) y dos vitrinas de exvotos, apenas dejan imaginar la maravilla que encontraremos si nos adentramos. Tanto si vivís en Cádiz como si vais de visita, no dudéis en contactar con ArtGest, y podréis conocer de su mano el asombroso, misterioso e impactante templo.

No me voy a exceder en su descripción, pero sí quiero destacar que dicho oratorio tiene dos capillas, denominadas baja y alta. La Capilla Baja es un espacio sobrio, sin decoración alguna, sombrío a excepción de una luz cenital que entra por la linterna  en el presbiterio, lugar que alberga el único elemento escultórico: El Calvario, obra de Juan Gandulfo y Jácome Vaccaro. Es un espacio creado para la meditación sobre la Pasión  de Cristo. La Capilla Alta, ricamente decorada, está dedicada al Santísimo Sacramento. Una lectura rápida nos hace ver que, primero hay que descender a nuestro interior más profundo, desprendernos de todo, orar, meditar, ayunar, hacer sacrificios, purificar el alma y, una vez que tenemos el corazón bien dispuesto, podemos elevarnos y recibir a Jesús Sacramentado.

La sociedad ha dejado de lado y olvidado a Dios, la Luz del mundo. Si el mundo queda sin luz, permanece en las tinieblas más oscuras. Por eso Dios, en su infinita bondad y misericordia, después de múltiples pequeñas advertencias, quiere y desea ardientemente que volvamos a Él. Nosotros somos incapaces de acudir a Dios porque estamos en un profundo pozo del que no nos interesa salir. El coronavirus, pese a que pueda parecer lo contrario, es otra cuerda más que el Señor nos lanza para que nos agarremos a ella y podamos subir a la superficie, ver la luz, contemplar las verdaderas maravillas, y respirar el aire que nos renueva el alma, la brisa Divina.

Estoy convencido de que este virus que arrasa el mundo, nos ha llegado en Cuaresma y nos ha hecho estar confinados en casa para que podamos vivirla de corazón. Nos obliga a ayunar de muchas cosas, nos intenta unir a todos, y nos lo pone en bandeja para que oremos y nos convirtamos. El que no está enfermo, conoce a alguien contagiado, o vive con la terrible incertidumbre de contagiarse e incluso perder la vida en ello; es decir, todos de una manera u otra, estamos sufriendo. Sin embargo, en el sufrimiento y en el ofrecimiento de esa angustia y dolor, es donde está nuestra salvación personal y la de los demás.

Nuestra casa se ha convertido en nuestra particular Santa Cueva y estamos pasando unos días en la Capilla Baja. Aprovechemos este regalo, sí, este regalo que Dios nos hace. Así como un padre corrige a su hijo cuando lo hace mal, Dios nos está corrigiendo a todos a la vez. Ojo, no es un castigo, repito, es una corrección y una oportunidad  preciosa para humillarnos, reconocer nuestras faltas, pedir perdón a Dios y a quien hicimos daño, y así poder ascender a nuestra particular Capilla Alta.

Muchos aprovechamos estos días para expresar nuestras inquietudes, subir a Internet fotos, oraciones, videos con el fin de intentar evangelizar en nuestras posibilidades. Es una ocasión como nunca tuvimos para orar y hacer orar a los demás, al menos meditar, llevar la Palabra a otros, apoyar y ayudar al que lo necesite. Es hora de que el corazón hable por nuestras bocas, y no proclamar teorías sabidas que no llegan al interior de quienes nos escuchan o leen. En este sentido, queridos hermanos sacerdotes, aprovechad la magnífica coyuntura que se nos brinda  para alentar a los fieles, ayudar a la conversión de otros, atraer nuevas ovejas perdidas al rebaño de Cristo. La inmensa mayoría, ante nuestra imposibilidad de asistir a las Eucaristías, las publican en directo por diversas redes sociales y televisión para que podamos estar presentes. De igual forma, son miles de sacerdotes en todo el mundo que bendicen con el Señor a las distintas ciudades. Quizás estas publicaciones sean visionadas por muchas personas de las que asisten a misa normalmente, tanto de diario como la dominical. ¿No es una oportunidad de oro? Eso sí, todos corremos el riego, sacerdote y fieles, que lo que publiquemos sea buscando nuestra gloria y no la de Dios. Es muy tentador usar esta circunstancia que vivimos, para lucrarnos y lucirnos nosotros mismos y no ayudar al prójimo, pero como toda tentación, si la consentimos, no hará más que hundirnos más personalmente, pese a que otros nos digan “qué bonito” o “qué bien los has hecho”. Recordemos todos, que las personas miramos mucho las apariencias, pero Dios mira nuestro corazón. Lo importante es que sirva a los demás, no que nos sirva a nosotros mismos. No alimentemos más nuestro ego o no seremos capaces de creer aunque viviéramos la Parusía y contempláramos el Divino Rostro de Cristo.

Aprovechemos que estamos en nuestras capillas bajas, meditemos la Pasión del Señor que estamos a punto de celebrar, ofrezcamos nuestros sacrificios y ayunos (aunque sean obligados) y, por supuesto, oremos por nosotros, nuestra conversión y la de los demás. El poder de la oración es tan grande que ni imaginamos cuán inmenso es. Y pidamos a María y a San José, que intercedan por nosotros para que, este cáliz que hemos de beber, esta cruz que debemos llevar si es voluntad de Padre, lo aceptemos y la llevemos lo mejor posible pues, como bien decía Santa Teresa, “la Cruz abrazada, es la Cruz menos pesada”.

El Señor nos bendiga.

sábado, 8 de febrero de 2020

Breve mensaje teológico de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores

Nuestra Señora de los Dolores
Anónimo. Escuela Levantina.
📷 Autor

Iconográficamente, el modelo de la Mater Dolorosa se basa en la espiritualidad Servita, orden que surge en el siglo XIII en Florencia. De ahí se va propagando por todo el mundo, llegando a España en el siglo XVI. Pero antes podemos encontrar el canto a los Dolores de María, y así en el siglo XIV aparece el “Stabat Mater”.
 La devoción a la Virgen de los Dolores, como vemos, fue muy grande desde siglos atrás. En toda España, por ejemplo, se le daba culto el viernes anterior al Domingo de Ramos. En la actualidad y tras la reforma del Concilio Vaticano II este día ha pasado a ser conocido como Viernes de Pasión, aunque muchos siguen denominándolo como Viernes de Dolores, tal y como se hacía antaño, pasando su festividad al 15 de septiembre, un día después de la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz.
La teología, la liturgia, la piedad popular y el arte cristiano han centrado con frecuencia su atención en uno de los episodios más patéticos y entrañables del Evangelio: la compasión de María manifestada en su dolor, profetizado ya por el anciano Simeón en la presentación de su Hijo en el Templo que dijo: «Este hijo será para ti misma una espada que traspasará tú alma» (Lc. 2, 35). Santa Teresa de Jesús escribió al respecto: “Al oír las palabras del anciano Simeón, María vio claramente todo el cúmulo de dolores, tanto interiores como exteriores, que debían sucesivamente atormentar a Jesús en el decurso de la pasión”.
La espada atravesando el corazón de la Virgen es símbolo de sus sufrimientos o dolores, de las penas que María ofrece a Dios unidas a las de Cristo, especialmente durante la Pasión, en favor de la salvación del género humano. Siete son los dolores de nuestra Madre, que ordenados cronológicamente son:
1.      La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús
2.      La huida a Egipto con Jesús y José
3.      La pérdida de Jesús en el templo
4.      El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario
5.      La crucifixión y la agonía de Jesús
6.      La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto
7.      El entierro de Jesús y la soledad de María

Y es que, desde el fiat de María, en el momento en que Gabriel le anuncia que sería la Madre de Dios, Ella asume todo lo que está por llegar, lo bueno y lo malo, su entrega es total a Dios y, desde ese instante, a la humanidad por completo. Queda asociada al misterio de su Hijo, no como corredentora en la misma medida de Jesús, ya que Él es el redentor, pero sí en el sentido en que Jesús la hace partícipe y finalmente nos la entrega como Madre, encomendándole la nueva misión, por la que aún sigue trabajando y seguirá hasta el final de los tiempos.

Quizás viendo este tema podemos llegar a pensar que María tuvo una vida llena de sufrimientos y, por tanto, no fue feliz. Todo lo contrario, Ella, la llena de gracia, también fue plena en felicidad, que no placer. Me explico: En el sufrimiento podemos encontrar la felicidad. María pudo sufrir la pasión y muerte del Señor, de su Hijo, su corazón estaría destrozado, tanto, que algunos dicen que el Padre vino a sostenerla porque no hay cuerpo humano que soportara tal dolor. Sin embargo, la muerte de Jesús suponía la salvación del mundo entero, de todas las personas que habían vivido desde la creación del mundo, las que vivían en aquel momento, las que vivimos ahora, las que vivirán después de nosotros… todas.

Aunque parezca contradictorio, nosotros también podemos o debemos aprender a ser felices en nuestros sufrimientos. A nadie le gusta ver, por ejemplo, a un ser querido enfermo, pasándolo mal; y quizás esta persona se esté purgando de sus pecados, o está haciendo que otros se purguen, o se convierta o se una más a Dios en sus dolores personales, o hace que otros lo hagan... La felicidad no está en que todo vaya bien, sino en el resultado final cuando uno ha dado todo lo mejor de sí mismo. Pues de la misma manera, la Virgen Santísima, que lo dio todo por su Hijo, por nosotros, pese a los dolores del alma más grande que cualquier persona pudo tener jamás, Ella fue feliz por su Amor.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, no olvidemos que es Madre de Jesús y Madre nuestra, por eso sigue sufriendo dolores en su corazón por tanto pecado, tanto mal que seguimos haciéndole a Jesús, y por tanto pecado y mal que hacemos condenándonos nosotros mismos al fuego del infierno. ¿Qué madre no sufre ante la desgracia de un hijo? Como hizo con Jesús en la Cruz, Ella ofreció al Padre ese holocausto, de la misma manera, ofrece al Padre los dolores que le producimos sus hijos, pero en este caso, por hacer el mal. Su amor de Madre, le hace compadecerse de nosotros y media por nosotros ante Dios.

El dolor de María, pues, es un dolor de Amor. Si su alma ya era pura desde antes de su concepción y quedó inmaculada, ese dolor por amor, debió engrandecerla más si cabe.
Ella siempre es nuestro ejemplo de humildad y fidelidad, pero a veces se nos olvida que también hemos de tomarla como ejemplo en el sufrimiento y en el amor, porque si el dolor es por amor, ese dolor terminará convirtiéndose en más amor, y ese amor acercará nuestra alma un poco más a Dios.



miércoles, 5 de febrero de 2020

Breve mensaje teológico de la imagen del Santísimo Cristo de la Salud

Santísimo Cristo de la Salud.
1682. Atribuido a Ignacio López. Dimensiones: 178 x 165 x 60 cm.
📷 Autor

Esta es mi sangre que será derramada por muchos para la remisión de pecados. (Mt. 26, 28).

En efecto, Cristo dio su vida por todos nosotros sin excepción. Él quiere que seamos salvados y estemos a su lado en este mundo y con Él en el Paraíso, pues Él es la fuente de la vida. Jesús es el Cordero cuya Sangre preciosa nos redime, nos libera del mal, nos protege, purga nuestras conciencias, nos salva del infierno y nos da poder para vencer al diablo, la carne y el mundo.

Nos encontramos con varias citas en la Biblia que nos hablan de la Sangre del Señor, y mencionaré algunas:
“Cristo Jesús... a quien Dios puso como medio de expiación por su propia sangre, mediante la fe" (Rom 3,23-25). "Cristo es instrumento de propiciación por su propia sangre" (Rom 3,25). "En El encontramos la redención por su sangre" (Ef 1,7). "En su sangre estamos justificados" (Rom 5,9). "Habéis sido rescatados... con la sangre preciosa de Cristo" (1 Pe 1,18-19).
La Sangre preciosa de Cristo tiene tanto poder, por ser de quien es, que una sola gota sería capaz de convertir a los demonios, por eso huyen ante la presencia de Cristo Eucaristía. Lo que para nosotros es alimento de Vida espiritual, para ellos es un verdadero tormento.

Por otro lado, si acudimos el Evangelio de Juan, podemos leer que Jesús llega a un pueblo de Samaría llamado Sicar y se para a descansar en el pozo de Jacob. Llegó una mujer de Samaría y se da lugar la siguiente conversación:
- Mujer, Dame de beber
- ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?
            - Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.
            - Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?
            - El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna
            Aunque la conversación sigue, lo que quiero señalar en este breve estudio son las últimas palabras de Cristo: “el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.
           
            Tenemos pues, el poder de la Sangre del Señor y al propio Jesús como Fuente de Agua Viva. El perdón de los pecados y la limpieza del alma que nos conduce a Dios. Cristo con su Cuerpo y su Sangre, Cristo Eucaristía.

            Volvamos a la imagen del Santísimo Cristo de la Salud. Decíamos antes que se trata de un crucificado con los ojos abiertos, la boca entreabierta y la llaga en el costado derecho. ¿Cómo es posible que su rostro nos dice que aún está vivo, si la lanzada en el costado la recibió cuando ya había expirado?
            La razón es que la imagen no representa un momento bíblico narrado en los evangelios, como suele ser habitual. Estamos ante un crucificado alegórico, pues la iconografía representada es precisamente esta, Cristo de la Sangre o Cristo como Fuente de la Vida, un tema muy representado desde la época medieval en las artes figurativas y de múltiples matices en su realización iconográfica y contenido netamente sacramental, como he mencionado anteriormente.
Hoy su advocación es la de la Salud, que bien podemos relacionarla con el tema que tratamos. La Salud no sólo del cuerpo, sino del alma. Cristo que sana nuestro interior pecador, enfermo por el mal, más cerca de la muerte del infierno que de la Vida, que es Él mismo.

Como conclusión, y una vez analizado y teniendo en cuenta el mensaje teológico basado en la iconografía que representa la imagen, hay que remontarse al tercer tercio del siglo XVII e imaginar al imponente crucificado, cuando un siglo después del Concilio de Trento, el arte ya se había puesto al servicio de la Iglesia para propagar la fe y atraer la atención de los fieles. Cuando el devoto se ponía a sus pies, podía ver cómo Cristo, del que mana sangre de su costado, lo miraba fijamente y con su boca entreabierta parecía decirle: Yo te quiero, soy la Fuente de Agua Viva, la Misericordia. No temas, yo te purificaré porque mi Sangre ha sido derramada por ti. Tu fe te ha sanado, vete en paz. La majestuosidad del Santo Cristo de la Sacristía -como así le llamaban por ubicarse en un retablo en la puerta de estas dependencias parroquiales-,  animaría al fiel a confesarse y a cumplir los preceptos divinos. Hoy el Señor nos sigue alentando a creer en Él, en su Palabra, a acercarnos a Él, a que entendamos que sin Él no podemos hacer nada, que Él es la verdadera salvación y Vida. Desafortunadamente, la sociedad cada día se deja llevar por un mundo más ateo que laico, que lo aleja de la Luz de la Verdad y lo acerca a la oscuridad de la mentira.

miércoles, 31 de julio de 2019

EvangelizArte: In ictu oculi


A mediados del siglo XVII cuando Miguel de Maraña es nombrado Hermano Mayor de la Santa Caridad proyecta concluir las obras de la iglesia de la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla. Sería el propio Maraña el encargado de diseñar el proyecto iconográfico para la decoración del templo, un programa que se basaba en la salvación del alma a través de la caridad haciendo honores a la Hermandad de la que formaba parte. Para ello contó con los mejores artistas del momento: Bernardo Simón de Pineda, Pedro Roldan,  Bartolomé Esteban Murillo y Juan de Valdés Leal, conocido fundamentalmente por los dos «jeroglíficos de las postrimerías» y que, precisamente vamos a tratar viendo uno de los dos lienzos que pintó con este motivo, para la iglesia del Hospital de la Caridad, siguiendo las órdenes de su promotor, el mencionado Miguel de Mañara.

 «In ictu oculi» (En un abrir y cerrar de ojos).

Localizado en el sotocoro de la iglesia, frente al otro de los dos lienzos de Valdés Leal, «Finis gloriae mundi» (El final de las glorias mundanas), que contemplamos al entrar.
En él vemos que el artista representa la muerte llevando debajo su brazo izquierdo un ataúd con un sudario mientras en la mano porta la característica guadaña. Con su mano derecha apaga una vela indicando la rapidez con la que llega la muerte y apaga la vida humana. Sobre ella podemos leer el texto que da nombre a la obra, extraído de la I Epístola de San Pablo a los Corintios. El pie izquierdo del esqueleto se apoya sobre un globo terráqueo, pues la voluntad de la muerte gobierna el mundo sin excepciones.
Los objetos de la parte inferior, representan la vanidad de los placeres y las glorias terrenales, que tampoco escapan a la muerte. Ni las glorias eclesiásticas escapan a la muerte -el báculo, la mitra y el capelo cardenalicio- ni las glorias de los reyes -la corona, el cetro o el toisón- afectando a todo el mundo por igual. Ni sabiduría –libros- ni riquezas permiten escapar a los hombres de la muerte. Tampoco la valentía en las guerras –espada y armadura-.

Efectivamente, la vida se va en un abrir y cerrar de ojos. Siempre nos van a quedar cosas por hacer, tiempo que compartir con personas… pero, y siguiendo este lienzo que nos narra las vanidades humanas, ¿por qué nos empeñamos en ellas? Desafortunadamente todos conocemos a personas que sólo buscan tener riquezas, ostentación, e incluso aparentar lo que no son o lo que no debieran ser, pues en esta última acepción podemos encontrarnos con algunos que deben dar justamente, el ejemplo contrario.

El Papa Francisco decía que quería ver pastores con olor a oveja. Sin embargo, muchas veces vemos pastores que huelen a oro, marcas o perfumes caros. Parece ser que las ovejas se cuidan solas.
Con esto no estoy tirando piedras contra mi propio tejado: la Iglesia. La intención es una pequeña llamada de atención para abrir los ojos de ciertos sacerdotes que no parecen ir en el camino que Dios marca. Pues leemos en Mateo 6, 24: “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas”. Realmente ningún cristiano deberíamos ser así, máxime si hablamos de uno que debe estar al cuidado de las almas que tiene a su cargo. Repito y quiero que quede bien claro; no juzgo ni es el motivo de estas palabras, al revés, la finalidad es hacer despertar de un sueño de tinieblas que aparenta ser de luces.

Si nuestra vida se centra en dinero, riquezas, marcas, hacernos con patrimonio que no nos pertenece… ¿hacia dónde se inclinará nuestra balanza? Esto nos pasa a laicos, sacerdotes, obispos, cardenales… ¿Cuánto más oro llevemos encima más poder tenemos? ¿Para qué? ¿No estamos todos predicando que la finalidad de esta vida es obrar lo mejor posible y ganarnos el Paraíso? Quizás buscamos un atesoramiento en la tierra que echará por la borda, el verdadero tesoro que tendremos en el cielo. ¿Buscamos un entierro donde nuestro ataúd de caoba sea tirado por unos elegantes caballos árabes? Al final nuestras riquezas efímeras quedarán aquí, nuestro cuerpo será pasto de insectos, y nadie se acordará de nosotros.

Sigamos el ejemplo de Cristo, que es el que nos proponer Miguel de Mañara en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. Menos ostentación, lujos y riquezas absurdas. Más Caridad y ayuda al que lo necesita, que los tenemos muy olvidados.

Empezamos agosto y la Iglesia dedica este mes al Corazón Inmaculado de María. Acudamos a él y, sobre todo al Padre, pues su fiesta será el primer domingo o el día 7. Él es nuestro creador, y le estamos muy desagradecidos. Que no nos olvidemos de nuestro Padre Eterno, la Primera Persona de la Santísima Trinidad. Él sí nos cuida como sus hijos. Que las vanidades no nos cieguen y tratémoslo como lo que es, nuestro Padre.


miércoles, 6 de marzo de 2019

Un año más, la Cuaresma ganó el combate a Don Carnal.


Miércoles de Ceniza, comienza la Cuaresma.
De nuevo retomo esta tabla (1559) de Pieter Brueghel el Viejo que tanto me gusta para este día: "El combate entre don Carnal y doña Cuaresma".

Ya habíamos dicho hace tiempo, que en la Edad Media no había métodos para guardar la comida que no se iba a utilizar, sin que se estropeara. El tiempo de Cuaresma era un tiempo de oración, ayuno y limosna. Como debe seguir siendo hoy. Ante ese ayuno y, ante la incapacidad de conservar los alimentos, había que gastarlos para no desperdiciarlos. Por eso se celebraba el carnaval, fiesta en la que, más que disfraces, se despilfarraba la comida y la bebida. El consumo de alimentos, por la razón ya mencionada, tenía que ser absoluto. Viendo esta obra podemos hacernos a la idea de que eran días de gula, lujuria...

La tabla está llena de escenas, aparentemente cotidianas, cargadas de de una rica iconografía, pero nos centraremos en el detalle central inferior, el motivo que da nombre a la obra.

Vemos a don Carnaval, o don Carnal, bien grueso, subido en un barril de cerveza, lleva por sombrero una tarta, y en lugar de una lanza para en enfrentamiento, carga en su mano derecha con una brocheta gigante de carne asada. Por su parte, doña Cuaresma, una señora escuálida, se enfrenta, sentada sobre un reclinatorio, portada por una monja y un monje, y lleva una pala con dos arenques, símbolo de la abstinencia junto con la miel, cuya colmena lleva por sombrero.

No hace falta decir que siempre gana dona Cuaresma.

Por eso, no entendemos cómo pueden seguir celebrándose las fiestas del Carnaval en muchas localidades, una vez iniciada la Cuaresma. A nadie se le ocurre celebrar la Semana Santa o la Navidad en otras fechas. Debemos luchar para que todo vuelva a ser como era. La Cuaresma, debe y tiene que ser sagrada.

Y es que, como decía antes, hemos entrado en este tiempo de oración, limosna y ayuno. Un tiempo que nos lleva a una fiesta mucho mejor que la que dejamos atrás. Es la Fiesta por excelencia. La Pascua. La Resurrección del Señor. Pero para llegar en condiciones a esta gran Fiesta, debemos prepararnos en estos cuarenta días que nos separan del Triduo Pascual, en la que celebraremos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

Nuestro propósito debe ser convertirnos, dejarnos hacer por el Señor. Quedarnos limpios, cumplir nuestra penitencia. Algunos la cumpliremos, si Dios lo permite, en nuestra Estación de Penitencia, que de ahí viene su nombre.

En estos días he podido presenciar que muchas personas no saben aun cuándo son los días de ayuno y de abstinencia. Quiero dejar claro que los días de ayuno y abstienencia únicamente son el Miercoles de Ceniza y el Viernes Santo. El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día (con desayuno y cena suave o líquida. Esto tan sólo son dos días del año. ¿Somos tan débiles que no podemos hacerlo? ¿O no queremos? Los demás viernes, serán de abstinencia, es decir, no se puede comer carne.

Según el Código de Derecho Canónico, el Cánon 1252 dice textualmente: "La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia".

Por eso, pidamos al Señor que nos convierta y, arrepentidos de nuestros pecados, y con la alegría de sabernos hijos suyos, podamos llevar su Palabra y ponerla en práctica. No sólo nos vale la teoría, el ejemplo es lo que mueve a los demás a la conversión.
Que este tiempo fuerte que hemos iniciado hoy, sepamos vivirlo intensamente y nos sea fructífero a cada uno de nosotros.



El Señor os bendiga.

domingo, 28 de mayo de 2017

EvangelizArte: La Ascensión del Señor.

La Ascensión del Señor (1305).  Giotto di Bondone. Capilla de los Scrovegni. Padua, Italia.

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor; una de las más grandes del año para un cristiano.

Después de resucitar, Jesús se queda cuarenta días entre sus discípulos. Y digo bien, pues no se rodeará de multitudes como lo hacía antes de sufrir su Pasión y Muerte, sino que se aparecerá a sus más allegados consolándolos, dándoles instrucciones, arropándolos, paseando y comiendo con ellos...
Jesús también les advierte (y a nosotros a través de ellos) que debe subir al Padre para que venga el Paráclito. Y eso es lo que celebramos hoy: La subida al Padre, su Gloriosa Ascensión. Pero ¡atentos!, no podemos confundir la Ascensión con la Asunción. En la Ascensión, Cristo sube sólo al Cielo. Él es Dios. En la Asunción, la Virgen es elevada al Cielo.

Para interpretar esta obra, tenemos que fijarnos en las lecturas del día:

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles (He 1,1-11), leemos al final "lo vieron subir, hasta que una nube lo ocultó a su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús que acaba de subir al cielo volverá tal como lo habéis visto irse al cielo»". Ahora visualizamos el fresco y comprobamos que, efectivamente, el Señor asciende y desde la tierra, los discípulos ven una nube que oculta a Jesús. Por otro lado, en el centro existen dos ángeles vestidos de blanco, señalando hacia arriba con sus dedos índices. Esos son los dos hombres de blanco al que hace referencia el texto bíblico.

Pero vemos que a derecha e izquierda del Señor, existen santos que lo aclaman y alaban en su Ascensión. Esto podemos leerlo en el salmo 47, que dice así: 

"Pueblos todos, batid palmas, 
aclamad al Señor con gritos de alegría,
porque el Señor, el altísimo, es terrible, 
un gran rey sobre toda la tierra. 

Dios sube entre aclamaciones, 
el Señor, al son de trompetas. 

Cantad a Dios, cantad; 
cantad a nuestro rey, cantad; 
porque el rey de toda la tierra es Dios, 
cantadle un buen cántico. 

Dios reina sobre las naciones, 
Dios se sienta en su trono sacrosanto."

En el relato no aparece la Virgen, sin embargo Giotto debió suponer, y con razón, que María, su Madre, estaría allí en el momento de su despedida. Es lo más normal del mundo. ¿Qué buen hijo se va sin despedirse de su madre? 

Por último, del Evangelio (Mt 28, 16-20) podemos leer: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Quiero quedarme con la promesa y la tranquilidad que nos da saber, que Jesús está con nosotros para todo, en cualquier momento. Nos deja una tarea, la de evangelizar. Pero también nos dice que está a nuestro lado. ¿No es esto una garantía? ¿No nos ayuda a confiar más en Él? ¿Estamos cumpliendo con la misión evangelizadora que nos ha encomendado? 

Recapacitemos y aprovechemos para pedir al Espíritu Santo que venga y nos ilumine en lo que necesitamos. Cada uno tendrá sus preocupaciones, sus problemas, su rutina, sus enfermedades, sus ataduras, sus faltas... 

Desde ya, y esperando con ansias el domingo que viene, le decimos con fuerza, desde lo más profundo del alma: ¡¡VEN, ESPÍRITU SANTO, TE NECESITAMOS!!

domingo, 25 de enero de 2015

Saulo


Hoy hemos celebrado la festividad de la Conversión de San Pablo.

La obra que vamos a ver a continuación es “La conversión de San Pablo” (1600-1601) de Caravaggio, que se encuentra en la Capilla Cerasi, en la iglesia de Santa María del Popolo, en Roma. Como ya sabemos, esta es la segunda versión que hizo de esta escena, y es la más conocida de las dos.

Este lienzo nos puede ayudar en nuestra vida personal y de relación con Dios.

Para ello acudimos a la lectura de los Hechos de los Apóstoles, 9, 1-22. Lo primero que nos puede llamar la atención es que parece estar en un lugar cerrado, como en un establo, cuando el texto nos dice que Saulo iba de camino a Damasco. Un enorme y pesado caballo se encuentra en el centro dela escena y, parece pisar y que va a aplastar a un soldado que se haya tumbado en el suelo con los brazos abierto y con los ojos cerrados.
Leyendo la lectura, reconocemos a Pablo que acaba de caer del caballo porque “una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor”. La oscuridad en la que representa el episodio el autor, se contrarresta con la luz que inunda la figura tumbada de Pablo. Esa luz se refleja en el caballo y en el tercer personaje del cuadro que es el sirviente, aunque, en este caso, sólo podemos intuir levemente su cabeza y las piernas. El protagonista es Pablo envuelto por la Luz divina.
En la primera versión que Caravaggio hizo de la Conversión de San Pablo, aparece Cristo y un ángel que bajan del cielo. Sin embargo, en este caso vemos que la Luz es Cristo. Los ojos de Pablo están cerrados y, sin embargo la expresión no es de miedo. Todo lo contrario, es de paz, de tranquilidad, y sus brazos extendidos son elevados al cielo, mostrando el momento de éxtasis del santo. La Luz de Cristo está convirtiendo a esa persona que lo seguía y mataba a los cristianos. Y es que para Dios, nada hay imposible.
Nosotros podemos ser como Saluo. Aparentemente, y digo bien, aparentemente estamos al lado de Dios, o nos sentimos así porque vamos a misa y podemos incluso pertenecer a un grupo de nuestra parroquia. Pero la pregunta es. ¿Somos verdaderos evangelizadores? ¿Predicamos con nuestro ejemplo? ¿Predicamos lo que sentimos o somos meras fachadas? Quizás todos -y cuando digo todos me refiero a clero, religiosos y laicos- necesitamos que Dios llegue con su Luz, nos tire de nuestro caballo, que no es otra cosa que nuestra vida y rutina diaria, nos dé una sacudida y nos convierta; porque en ocasiones, sin darnos cuenta o consciente de nuestros actos, hacemos justo lo contrario de lo que Dios nos pide. Puede que sea el momento en que, en lugar de pedirle a Dios que nos ayude en tal proyecto, o que tal cosa nos salga bien, le digamos con fe y sin miedos: ¿Señor, qué quieres que haga? ¿Qué puedo hacer para mejorar mi vida personal y cómo puedo ayudar a los demás? ¿De qué manera puedo colaborar a construir tu Reino?
Para empezar, podemos seguir las palabras que el mismo Pablo nos dejó después de su conversión: ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Co 9,16)

El Señor os bendiga.

martes, 28 de octubre de 2014

EVANGELIZ-ARTE

Con esta entrada he querido empezar una sección de este blog, que he llamado "EVANGELIZ-ARTE"
¿Qué mejor que volver con la parábola del hijo pródigo?

Muchos son los comentarios y las posibles interpretaciones que podemos hacer de esta parábola, conocida por todos de sobra, y que por esa razón no trascribiré (Lc. 15, 11-32)

En realidad, cuando vemos una pintura que represente dicha escena, en la mayoría de los casos se plasma, no los inicio, ni el desarrollo de la historia, sino el final. Y es que en él se encuentra el verdadero sentido de la misma. Podemos calificarla, o titularla con el sobrenombre de: El perdón, o la Misericordia.

Si nos basamos en el texto sagrado, el hijo vuelve a la casa del padre, después de haber malvivido, de haber desperdiciado toda su herencia, de haber tenido malas experiencias en la ausencia del que lo creó. Y regresa sucio, con las ropas raídas, sin ningún bien con los que partió... pero lo hace de forma humilde, arrepentido, consciente de lo mal que lo ha hecho. No se ve merecedor de su regreso, sin embargo, necesita del padre, y no sólo por sus bienes materiales, sino por su amor, su comprensión, sus sabios consejos, sus abrazos...


En este primer cuadro, obra de Bartolomé Esteban Murillo, apreciamos la grandeza del padre que, con su abrazo amoroso, acoge a su hijo entre sus brazos. El hijo, arrepentido, le pide perdón de rodillas. Sus ropas son ya casi inexistentes, solo trozos de tela tapan su cuerpo herido y sucio, como vemos con más detalle en la planta de su pie izquierdo. Por la izquierda, un joven chiquillo entra en la escena con el ternero cebado que el padre ha pedido matar para celebrar la vuelta de su amado hijo, que creyó un día, haber perdido para siempre. Por la derecha, un sirviente porta una bandeja con ropajes lujosos, listo para vestirlo.
El perro, símbolo de fidelidad, salta de alegría junto al joven por su retorno.
Hay otros elementos a comentar de esta pintura, pero que vamos a obviar en este caso.

Pasaremos a comentar un poco otra obra. Obra que, por otra parte, es archiconocida y de la que la mayoría de los lectores, sabrán de ella. Es una pintura que, al principio me parecía triste, quizás por los tonos, la oscuridad aparente; pero que, a medida que la fui viendo, analizando, estudiando... cambió por completo. Mi visión cambió y pasé a verla llena de alegría, de misericordia y de realidad del mundo. Es “El retorno del hijo pródigo”, de Rembrandt, del año 1662. Esta obra está llena de detalles y curiosidades que, más que analizar, mencionaremos únicamente, para no hacer pesada la lectura de este pequeño escrito.


Para empezar la luz se centra en el abrazo del padre y del hijo pródigo; pero también en el rostro del hijo mayor; que son los verdaderos protagonistas de la historia.
Los pesados y ricos ropajes del padre, chocan con la pobreza del hijo que acaba de volver.
Es interesante recalcar la dulzura del rostro del padre, que por cierto, Rembrandt lo retrató como si de un ciego se tratara, cosa que hacía en algunas ocasiones en sus obras. Abraza y acoge a su hijo. ¿Cómo la hace? Vamos al detalle más conocido de esta pintura. Con su mano izquierda, grande, abierta, robusta... como de un hombre, acoge y, parece que incluso presiona con su dedo pulgar. Con esa mano varonil sostiene con firmeza a su hijo, al que cubre casi con totalidad su hombro. Por contra, con su mano derecha, más fina, más suave, con sus dedos prácticamente cerrados, más que sostener se apoya en su hijo, acoge de forma dulce, tierna. En el padre vemos, para resumir, la fortaleza, robustez de un padre que sostiene a un hijo casi moribundo; pero a la vez vemos a una madre que lo acoge, acaricia, arrulla con la dulzura que sólo una madre sabe hacer.
El hijo apoya su cabeza en el vientre del padre. Como si estuviera volviendo al seno materno. Es por ello quizás, que Rembrandt lo retrató como un rostro fetal. Sus ropas son sucias, gastadas, con la cintura ceñida, donde lleva una espada. Su pie izquierdo descalzo, está sucio; el derecho porta una sandalia rota, mostrándonos de esta manera, el viaje humillante y horroroso que ha tenido en su ausencia.

Por último, el personaje de la derecha con el rostro iluminado, como comentábamos anteriormente, es el hijo mayor. En él vemos la dureza con que mira a su hermano menor. Una mirada fría, llena de envidia, de odio, de celos, de juicio... que nada tiene que ver con la dulzura del padre; al igual que su postura, que es distante, recta y rígida. Sus manos están unidas y entrelazadas, y las del padre extendidas y acogedoras.

Y ¿cómo veríamos la escena del hijo pródigo hoy día? Hay una ilustración que todos conocemos, que desconozco su autoría y que pienso que refleja perfectamente esa vuelta nuestra de cada una al Padre. Es la que vemos a continuación. 


Aunque aun tengamos en las manos las herramientas con la que hacemos daño y pecamos, como le sucede al hijo de la pintura de Rembrandt, representados en esa espada, o en esos clavos o martillos, aunque nuestra arma sea la palabra o el pensamiento; Dios nos espera para acogernos y llevarnos a su Reino de Amor y Misericordia.

El Señor os bendiga.