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miércoles, 18 de febrero de 2026

A solo cuarenta días


 A solo cuarenta días.

Nadie lo vive igual, pero tú lo sientes y llevas dentro, incluso desde hace más tiempo aún. Quizá, durante todo el año, pero ahora… ahora estamos a solo cuarenta días.

Son los días que más se disfrutan preparando lo más grande, lo que llega, lo que ya está aquí.

Volveremos a recordar la misma historia, a revivir esos momentos que sucedieron hace más de veinte siglos. Y, sin embargo, cada año es distinto.

A muchos les parecerá igual, momentos calcados año tras año; pero no. Esa es la magia.

Las situaciones personales cambian, la economía también, incluso el sentimiento. Sí, ese que siempre decimos que está ahí; pero su intensidad también difiere.

Nadie siente igual, y eso también es un valor añadido.

Y llegarán esos días que nos llevarán a la gloria, porque ese, ese es el auténtico sentido de todo.

A solo cuarenta días.

Canastos, candelabros, varales, palios, jarras, velas, orfebrería, bordados, imaginería…

Todo esto estará genial y lo disfrutaremos en la calle, pero: detente un segundo.

Únicamente un instante.

Piensa lo siguiente y ponte en situación.

Cierra los ojos y desplázate con tu mente, con tu alma y con tu espíritu:

Sangre, sudor y lágrimas en el cuerpo del Señor.

Sí. Te has vuelto tan sumamente frío que ya te parece normal, algo cotidiano.

¿Harías tú lo mismo por una sola persona? Quizá sí, pero por una familia entera ya… ya habría que pensárselo más. Podemos decir cosas del estilo: “Buff, es que mi cuñado es…” “Mi suegro es que no me soporta, y yo a él menos” “Mi propio hermano me la jugó y esa no se la perdono…”

Ahora piensa en esa Persona que lo hace por ti, por toda tu familia, por la mía también, por la de tus amigos, por ese del que te suena la cara… pero que no conoces, por el resto de personas del mundo entero que ya vivieron, que están viviendo a la vez que tú y que yo ahora mismo, y de los que vivirán.  

A solo cuarenta días.

Y te darás cuenta que no son días señalados en el calendario. Es una vida entera. Aunque es un momento para que mires a tu interior y te preguntes: ¿Qué puedo hacer con esto que me han regalado, que tengo delante de mí, y no sé hasta cuándo durará?

Porque mientras tú dudas de si fue verdad, o un cuento de abuelas, o de los curas…, Él no lo dudó.

Porque mientras tú le pones condiciones, Él solo te ama.

Es el momento de la reconciliación contigo mismo, con los tuyos, con todos.

No. No son palabras bonitas para quedar bien. Es la realidad.

Él dio la misma oportunidad a todos sus amigos, los quiso a todos y, sin embargo, unos lo abandonaron. Otro lo negó, aunque luego se arrepintió. Otro lo acompañó hasta el pie de la cruz. Otro lo traicionó. Y tú, ¿qué haces? ¿Cuál es tu papel?

A solo cuarenta días.

Con el trabajo interior hecho podrás vivir una verdadera estación de penitencia. ¿Sabes lo que es? Spoiler: No es sacar un paso a la calle.

A solo cuarenta días.

¡Abre tus sentidos y vívelo!

Porque entonces sí, los adoquines se prepararán para amortiguar el caminar de alpargatas de quienes llevan a Aquel que carga el peso de todo el mundo, y el dolor maternal de María. Se dispondrán a acoger lágrimas de cera y “petalás” de antología. Sentirán el lento pero seguro caminar del penitente, que con su rostro cubierto ora en su silencio. Recibirán los cuatro zancos de un paso como pilares de la fe, que se elevarán para llegar al cielo. Y se quedarán con la pena de no poder ascender a lo alto. Pero soportarán el peso del sufrimiento de tanto pecado que busca perdón.

A solo cuarenta días.

Los balcones, esos pequeños altares suspendidos, se convertirán en miradores del alma. El lugar donde la ciudad se asoma a lo sagrado. Sentirán la emoción de las manos que se apoyan para ver pasar una cofradía, o del saetero que se rompe la garganta para cantarle a Dios hecho madera. Respirarán el humo de los cirios y el incienso que, cual niebla perfumada, asciende para entregar oraciones y plegarias al Padre. Recogerán las lágrimas que brotan del sentimiento sincero, en la intimidad que nadie ve. En su quietud, acariciarán las bambalinas que revolotean, o las cantoneras de una cruz, como queriendo aliviar la amargura del que va clavado en ella. Y serán testigos de esos niños que juguetean entre sus barrotes, pero que descubren por primera vez, con los ojos muy abiertos, qué es la Semana Santa. Entonces, cuando el paso se aleje, sentirán el vacío y el silencio que queda, guardando en la memoria de sus hierros el temblor de lo vivido, la fe que le ha rozado.

A solo cuarenta días.

Las farolas que tantas noches han sido vigías de la ciudad, se apagan humildemente para dejar paso al que es la Luz del mundo. Enmudecen sus destellos, como quien baja la mirada ante un misterio que le sobrepasa. Únicamente Cristo, su Madre y unos cirios iluminan la noche, venciendo a las tinieblas humanas, acompañados tan solo por la luna, testigo de la primera Semana Santa.

A solo cuarenta días.

Las fachadas encaladas serán el respaldo de los fieles que esperan el discurrir de la cofradía. Despertarán sus memorias y recordarán antiguas Semanas Santas. Se comportarán como doseles, sirviendo de hermosos fondos fotográficos. Y permitirán que la luz de los cirios se deslice por ellas como quien pinta un lienzo, cubriéndolas con pinceladas de oro y sombra elástica que se estiran poco a poco...

A solo cuarenta días.

La música pondrá la banda sonora más hermosa.

El tambor marcará el compás, y las notas se unirán formando las melodías que saldrán de cada instrumento, aterrizando en nuestros oídos y despertando esas emociones inenarrables; ese pellizco que no sabes muy bien cómo se produce, pero ahí está, subiendo por el pecho hasta brotar por los ojos con sabor salado.

A solo cuarenta días.

Las flores resplandecerán con sus mejores colores, e irán derramando sus perfumadas fragancias que se mezclarán con la resina del incienso, y la cera caliente que llorarán los cirios, por Aquel que es el mismo Dios que se muere, y el terrible desgarro del alma de su Madre al ver cómo lo más grande que tiene, se le va…

A solo cuarenta días.

El viento. Nuestro querido hijo predilecto. El que se deslizará entre la multitud, se colará entre la candelería de un palio, hará danzar a túnicas, capas y antifaces, y se divertirá apagando velas, riéndose de sus propias travesuras. El que moverá las nubes de incienso por donde él quiera. Soplará en el recodo de las calles para hacerse presente. Moverá las ramas de los naranjos difundiendo el aroma de azahar. Y será el primero en acercarse al Señor para saludarlo, acariciarlo, darle la bienvenida y acompañarlo en su recorrido hasta el final. Nos podrá parecer incómodo, pero él tampoco querrá perderse el misterio más grande jamás contado.

A solo cuarenta días y… ya todo se prepara.

Pero no olvides lo más importante: prepararte tú también. Porque nada de esto tendría sentido si no dejases que el Misterio te roce por dentro.

Y cuando aparezca el mismo Dios por esa esquina, allí donde lo esperas, comprenderás que no solo eran cuarenta días. Es una llamada, una nueva oportunidad que Él te brinda.

Será el abrazo más sincero que jamás hayas sentido, el que te ha estado esperando toda la vida.

Cuando pasen estos cuarenta días, vivirás la Gloria. Y entonces sí. Entonces sí podrás decir que lo has vivido de verdad.

Que has caminado con Él.

Que Él te volvió a acoger.

Que, de nuevo, estás en casa.


Puedes escuchar esta reflexión acompañada de música en el vídeo que encontrarás a continuación.




domingo, 28 de marzo de 2021

jueves, 9 de abril de 2020

Jueves Santo y Viernes Santo 2020



No. No voy a dar ninguna receta de platos típicos de estos días.

Todos sabemos que en el día de hoy, Jueves Santo, celebramos el día del Amor Fraterno y la institución de la Eucaristía y el Sacerdocio. Mañana, Viernes Santo, celebraremos la Pasión y Muerte del Señor; para terminar el Triduo Pascual con la Gloriosa Resurrección de Cristo. Es cierto que esta Semana Santa está siendo bastante extraña para nosotros, pero el hecho de que no haya procesiones, nos invita a meditar más sobre lo que celebramos, pues la mayoría de las veces, quedamos distraídos por lo exterior, olvidando un poco nuestro interior. La Semana Santa es un alto en el camino en nuestras vidas para acercarnos más a Dios y es una oportunidad más que tenemos para convertirnos. No debería ser una semana de vacaciones en la playa o en la montaña y dejar más de lado al Señor. Por eso, este confinamiento, aunque son muchos los que están incumpliendo y siendo totalmente insolidarios con los demás, es el mejor momento que tenemos para pensar, hablar con el Señor y escuchar lo que quiere decirnos.

Hoy es un día propicio para vivir el Amor Fraterno. Sí, todos tenemos un familiar político al que no tragamos, un tío, sobrino, padre o incluso hermanos con los que no nos hablamos. Ninguno nos escapamos de esta situación en lo que a relaciones personales se refiere, porque en todas partes cuecen habas (ya sabéis la razón de la ilustración de hoy). El coronavirus nos ha apartado físicamente unos de otros, pero nos debería unir más en el amor. Ese es el fin. El mismo virus es el que se está llevando a muchos seres queridos y conocidos a la tumba, y es entonces cuando nos arrepentimos de no haber prestado más atención a ese ser o su familia. Es entonces cuando caemos en la cuenta de que hemos perdido el tiempo sin dirigirnos la palabra. Es cuando vemos con claridad que debíamos haber solucionado nuestros malentendidos, nuestras diferencias, y habernos perdonado mutuamente. ¿Demasiado tarde? NO. Para Dios nada hay imposible, y seguro que aún tenemos muchas personas con las que podemos arreglar nuestra incómoda situación. Otras personas, sin embargo, desafortunadamente son pastos del demonio y no sólo no permiten que se dé ese Amor entre ambos, sino que, lejos de ello, hablan mal y ponen en contra a otras personas para quedar ellos bien, produciendo con su soberbia y envidia, mucho daño y dolor en otros, sobre todo, si los has considerado en algún momento de tu vida amigo tuyo, dándole todo lo que tenías. El problema aumenta cuando lo hacen en nombre de Jesús, y dándoselas de buenas personas y mártires. Sin embargo, ¿dónde está la Caridad que Dios quiere que practiquemos? ¿Acaso no se mata con la lengua más que con un arma? Fijémonos lo que hace Jesús cuando es tentado por el diablo. Ni el mismo Dios dialoga con él, tan sólo le da respuestas tajantes y cortantes. Por otro lado, ¿qué hace Jesús cuando Judas, su amigo, lo traiciona?  Lo miraría con el dolor de haber sido traicionado por alguien a quien amaba y le dijo: “¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? (Lc. 22, 48). Y, ¿qué hizo cuando su amigo Pedro lo traicionó negándolo tres veces? Se cruzarían sus miradas en algún instante, y Jesús viendo su arrepentimiento, con una simple mirada lo perdonó, pero no dijo nada. Con esto quiero decir, que a las personas con las que sea aparentemente imposible una reconciliación, no hagamos caso a lo que digan para que el daño nos afecte lo menos posible y dejemos la situación en manos de Dios, que es quien obrará, si lo ve  conveniente. Y a las personas que podamos perdonar y ser perdonamos lo hagamos y, cuando se levante el confinamiento, nos fundamos en un auténtico y fraternal abrazo que termine de romper las cadenas que nos separan, porque la familia es  sólo una y es el centro, el corazón, la base, el pilar que sostiene al mundo. De nada nos sirve ser “buenos” con los conocidos, cuando no atendemos ni estamos pendientes de nuestros padres, que nos han dado la vida. Ayudémonos unos  a otros de corazón. Si el mismo Cristo se hace siervo lavando los pies a sus discípulos, ¿cómo no vamos a servir nosotros a los demás? Debemos ser servidores, no mandones, no confundamos. El que quiera ser primero, que sea el último y se ponga a servir como el primero.
El Señor es tan infinitamente misericordioso que quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía, para que podamos comer su Cuerpo y tenerlo dentro de nosotros. Es un misterio tan grandioso, que no somos capaces de comprenderlo y asimilarlo. Pero no contento con eso, además de llegar a perdonar nuestros pecados más horribles, el regalazo que tenemos en la tierra, podemos considerarlo tan sólo un pequeño aperitivo, pues Él nos espera en su Casa para celebrar con nosotros un banquete eucarístico eterno. ¿Cómo nos va a entrar en nuestra cabeza humana y materialista tal magnitud de Amor?

Por otro lado tenemos el Viernes Santo. ¿Cómo murió y fue enterrado Cristo? Murió solo, acompañado lo más cerca que les fue posible por su Madre, Juan, y las conocidas como “Tres Marías”, es decir, María Magdalena, María Salomé y María de Cleofás. Y pocos más asisten a su entierro. Así están muriendo hoy las personas por causa del coronavirus y el confinamiento. Solas, acompañadas quizás por alguien si están en casa, o en una habitación de hospital sin poder tener un acompañante. Y así están siendo enterradas, solas y acompañadas únicamente por dos o tres familiares cercanos, con toda la pena, dolor e impotencia que se puede sentir en esos momentos ante la pérdida de una ser al que amamos.

Por eso debemos acudir a la Virgen Santísima en estos días, pues Ella mejor que nadie, experimentó esa amargura en lo más profundo de su ser. Ella sabe lo que se sufre y por eso Ella quiere ayudarnos. Ella nos entiende más que nadie y sigue sufriendo por nuestro mal comportamiento con su Hijo. Sí, nosotros lo matamos y Ella nos perdona y nos ayuda. ¿Hay criatura de Dios más maravillosa, bondadosa, dulce, sierva, humilde, Madre… que la Virgen María? Ella es nuestra Esperanza, y jamás debemos perderla, es más, siempre debemos llevarla a nuestro lado y en nuestro corazón, pues de su bendita mano nos llevará hasta Jesús que nos espera tal y como murió, con los brazos abiertos para regalarnos el abrazo más inmenso, tierno y lleno de Amor que jamás podamos recibir.

Hermanos: Conversión, Caridad, Fe y Esperanza. Quizás parezca poco, así enumerado, pero es todo lo que necesitamos.

Ánimo con este confinamiento y que el Señor nos bendiga.

martes, 7 de abril de 2020

Martes Santo 2020



Acaba el Martes Santo. Cada uno habrá hecho su personal Estación de Penitencia (o no). 
Un Martes Santo atípico para nosotros pero del que hemos de aprender. No es casualidad que el Evangelio de hoy nos resalte la traición de Judas y de Pedro. ¿Cuántas veces hemos vendido a alguien por un beneficio nuestro? Quizás no lo hagamos por unas monedas, pero sí hablando mal de ella, a sabiendas que es mentira, todo por conseguir algo que pensamos que nos va a venir bien, caiga quien caiga. Y Jesús nos dijo que “lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25, 40).  Por otro lado tenemos a Pedro, que piensa que él es el único, el mejor, el mayor seguidor. Puede que así lo fuera, pero lo que es indudable es que negó a Jesús cuando más lo necesitaba, y eso le hizo caer en la cuenta de que Jesús quiere personas humildes a su lado. Ante la negación y el canto del gallo, Pedro llora amargamente, humillado.

Esto es lo que Jesús quiere hoy de todos nosotros, desde el neófito que entra a formar parte de la Iglesia en su bautismo, hasta el sacerdote o el propio Papa: Humildad.

Esta situación que estamos viviendo quizás nos quiere hacer la soberbia que hay en nuestro interior. El querer ser más que los demás, destacar, que hablen de nosotros, “luz y miento”. ¿Y nuestro interior cómo está? Más vacío de lo que debiera. ¿Quién puede llenar ese vacío? Pese a que hay quien lo niega, sólo Dios puede hacerlo. No hay más que acudir a Él. ¿Lo hemos intentado? ¿Qué podemos perder? ¿Cuánto vamos a ganar? Somos tozudos y seguimos pensando que todo podemos hacerlo por nosotros mismos. Por eso, llega un virus y nos desarma sin compasión.

Podemos acudir a Dios pero, ¿acudiremos a Él cuando pase todo? ¿Seremos agradecidos?  De la misma forma, hay personas que forman parte de juntas de gobierno de hermandades y sólo en ese momento, es cuando pisan el templo y de forma esporádica. Cuando ya no pertenecen a juntas, no aparecen. ¿No aprendemos nada durante nuestros mandatos? ¿Estuvimos de verdad o simplemente buscando ese “luz y miento”? El que de verdad conoce a Jesús, no quiere separarse nunca de Él, porque Él es la Vida, el que siendo Dios se hizo Hombre para sufrir como hombre, reír como hombre, comer como hombre, ser amigo como hombre, morir como hombre… Tanto es así que, el mismo Judas terminó ahorcándose ante la impotencia de saber que había traicionado a Jesús. No podía soportar tal sufrimiento. Pedro, sin embargo, se arrepintió y volvió humillado de tal manera, que fue el primer Papa, es Santo y Dios le dio las llaves de su Casa.

¿Qué ejemplo vamos a seguir? ¿El de Judas o el de Pedro? Si oyéramos atentamente lo que Dios quiere de nosotros, sabríamos vivir el día a día, porque ser cristiano no es cosa de días, es cosa de toda una vida.

Con la lección aprendida, oremos para que el Señor nos ayude a vencer este virus, y el año que viene sepamos vivir y, ¿por qué no?, disfrutar verdaderamente nuestra Estación de Penitencia. Él que es la Salud por excelencia y su Madre, que sabe lo que son los Dolores del alma, nos auxilien en nuestro caminar diario y podamos tener una auténtica conversión.

Que todo sea para Gloria de Dios y bien de nuestras almas.
El Señor nos bendiga.

domingo, 5 de abril de 2020

Domingo de Ramos 2020


Hoy la historia se repite, igual que hace más de 2000 años. El Hijo de Dios entra aclamado como el Rey de reyes en nuestras vidas, después de que hayamos pasado por el desierto árido de la cuaresma. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

Este año Dios quiere que vivamos una verdadera Semana Santa. Y no me refiero a que la parte cofrade no sea de verdad ni sentida, todo lo contrario. Cuando digo una Semana Santa verdadera, como es lógico, quiero decir unos días de oración, recogimiento, sin nada exterior que pueda distraernos y podamos meditar sinceramente, desde lo más profundo de nuestro interior, en nuestra intimidad, los misterios de la Pasión, Muerte y la anhelada Gloriosa Resurrección del Señor. A los cofrades nos entristece enormemente no poder vivir estos días como más nos gusta; es nuestra semana grande, la que ansiosos esperamos todo el año. Sin embargo Dios nos pide algo más y quizás, no terminamos de verlo o no queremos asumirlo. 

Este año no habrá templos llenos de niños, pero su alegría seguirá invadiendo nuestros hogares. No veremos nazarenos con sus capirotes despuntando entre el tumulto en la calle, pero nuestra Estación de Penitencia será más auténtica, personal y vamos a elevarla ¡al cielo! No se oirán bandas de música, pero así podremos escuchar atentamente lo que el Señor nos quiere decir. No veremos capataces trajeados llamando a costaleros y cargadores, pero todos nos pondremos bajo las trabajaderas y obedeceremos a la llamada del Capataz de nuestras vidas. No presenciaremos a los cuerpos de acólitos anunciando con sus ciriales que llega Cristo o su bendita Madre, porque Ellos ya están entre nosotros, por eso no estamos solos.  No escucharemos a la algarabía infantil portando y agitando palmas y olivos, porque esa alegría debe estar en nuestro corazón, si nos hemos convertido. No podremos deleitarnos con un paso de misterio o la hermosa trasera de un palio que se aleja, ¿habrá cosa más bonita?; pero nos deleitaremos con la Palabra de Dios que alimenta nuestra alma y eso, más que algo bonito, es lo más útil  y maravilloso que nos pueda suceder, hablar con el mismo Dios.

Recuerda que Cristo estuvo 40 días en el desierto, nosotros… no sé cuántos días en nuestros hogares. Él no se quejó, nosotros no paramos de hacerlo. Él no tuvo techo, comida, ni agua; nosotros sí. Nosotros estamos de cuarentena obligada por un virus, Él estuvo de auténtica Cuaresma por voluntad propia, preparándose para lo que le venía encima. Así que, engalana tu casa para la ocasión y que los niños colaboren con sus dibujos y manualidades, que el Rey va a llamar a tu puerta y te quiere ayudar. Viene para sanar tu alma, tus preocupaciones, tus dolores, salvarte a cambio de su vida. Cambiará tu lamento en baile, tu luto en alegría (Salmo 30, 11). Nos resucitará como Él, pero para eso, tenemos que pasar nuestra pasión personal y crecer en la CARIDAD. En este contexto de actualidad, todo acabará y volveremos a la vida del día a día, pero tenemos que terminar de pasar este período de prueba, de cruz vírica y confinamiento.

No seamos necios y aprovechemos este tiempo, que es un regalo de Dios. Abridle vuestro corazón sin miedo al qué dirán, sin miedo a aceptar su voluntad, sin miedo a equivocarnos, porque es cuando más seguro estaremos, a su lado. Ten FE como tuvo María. ¡Conviértete!

Ánimo a todos los enfermos, a las familias de los fallecidos por causa del  Covid-19, y a mis queridos hermanos cofrades por esta Semana Santa tan peculiar. Que a todos, pese a la amargura que podamos llevar por dentro, nunca nos falte la ESPERANZA.


Que todo sea para la Gloria de Dios y bien de nuestras almas.
El Señor nos bendiga.

domingo, 25 de marzo de 2018

Y el Verbo se hizo carne...el Domingo de Ramos

25 de marzo de 2018. Fecha en la que, el “capricho” de Dios ha querido que se den cita dos momentos importantes de Cristo. La Encarnación y el Domingo de Ramos.

Es como si quiera hacernos ver en la actualidad atea (y digo bien) en la que vivimos, cómo el Padre manda a su Hijo al mundo, valiéndose de María para que sea su y nuestra Madre. El Hijo de Dios se hace carne. Pero no es un antojo divino sin más. Jesús viene con una misión encomendada: la Salvación del mundo. Casualmente este domingo recordamos cómo la multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaban: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt. 21, 8-9). Es el inicio de la Semana Santa. El momento en el que Cristo vive su Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección. Momento en la que Cristo vence a la muerte y al pecado. Momento en el que Cristo nos salva clavado en una cruz, herido de muerte, desnudo, humillado…

Humilde se encarna en una joven y pobre María. Humilde nacerá dentro de nueve meses en un establo, donde es recostado en un pesebre por su Madre, porque no había sitio para ellos en la posada. Humilde muere, donde la sangre que derrama por toda la humanidad, después de tan cruel martirio, es lo único que tapa su bendito Cuerpo.

Aunque litúrgicamente prevalece la festividad del Domingo de Ramos, no podemos olvidar que celebramos el momento de la Encarnación, en la que Gabriel anuncia a María que será la Madre del Hijo de Dios, y su aceptación como esclava del Señor.

Hoy el Padre manda a su Hijo al mundo para salvarnos. Hoy le aclamaremos: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. En cinco días lo crucificaremos. ¿Incongruencia? Así somos, por eso Dios, como no quiere perder a ninguna de sus criaturas, desea fervorosamente llevarnos con Él al Paraíso, a su Reino; y lo hace de la forma más dolorosa para Él, entregándonos a su único Hijo.

No es casual. Hoy Dios envía a Jesús para liberarte, a cambio de su muerte, sí; pero si ese es precio que tiene que pagar para que puedas estar con Él, no lo dudará.

En esta Semana recapacitemos sobre esto, aunque sólo sea por agradecimiento. ¿Somos merecedores de tan gran recompensa? Cristo entra triunfante en Jerusalén, y así debiera entrar en nuestra vida siempre, porque es el Rey de Reyes y Señor de Señores, al que le debemos TODO.

¿Con qué personaje de la Pasión de Cristo te identificas? ¿Pedro, Judas, Caifás, Pilato, María Magdalena, Juan, Judas…?

Y no nos olvidemos de acompañar a María en estos días de Dolor, Amargura, Penas, Angustia… porque Ella, además de nuestra Madre, es nuestra Esperanza.

sábado, 8 de abril de 2017

Semana Santa


La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaban: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! (Mt. 21, 8-9).

Jesús no había entrado en Jerusalén durante su vida pública. ¿Cómo es que el pueblo lo identifica como Mesías? Hay que remontarse a lo que dijo el profeta Zacarías, esto es: ¡Salta de gozo hija de Sión; alégrate Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna” (Zac. 9, 9).

Muchos se habían negado a creer, pero para los que sí creían pudieron reconocer en esa entrada de Jesús, la señal de que Él era el Mesías que esperaban.

Estamos en vísperas del, tan esperado para muchos, Domingo de Ramos. Comenzamos la Semana Santa. En ella, como todos ya sabemos casi de memoria, rememoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Las lecturas de estos días, también nos las sabemos. Pero, ¿las entendemos? ¿las llevamos a la práctica? ¿las vivimos?

Hace días hablaba sobre un tema con una persona y sentí la necesidad de intentar plasmar por escrito lo interpreté. La rutina diaria y las “obligaciones” hicieron que dicho escrito lo apartara momentáneamente. Sin embargo, ayer tuve una conversación similar con otra persona y pude ver que Dios quería que escribiera. Quizás no sirva para nada, quizás no le llegue a nadie. Pero esa necesidad se  transformó en obligación, era como si me estuviese insistiendo y, aquí estoy.

No voy a juzgar a nadie -¡Dios me libre!- todos cometemos errores y, hasta los mismos errores en numerosas ocasiones. Por eso, como siempre, esto va dirigido a todos, incluyendo a un servidor.

El caso es que queremos ser los primeros en todo, mucho reconocimiento y palmaditas (absurdas) en la espalda, primeros puestos, grandes cargos… lo que viene siendo el famoso protagonismo, que todos negamos tener y que al final a todos nos gusta, pues el pecado de la soberbia siempre nos invade. Hablo en general, por supuesto que existen personas humildes y generosas, que detestan esta serie de actos egoístas.

Y mi pregunta es: ¿De qué nos sirve ese protagonismo? ¿Por qué nos empeñamos en tener una vida superficial y un interior podrido? ¿Sepulcros blanqueados?, seguramente sí.

Cuando llega el momento de la verdad, somos incapaces de actuar como predicamos. Todos conocemos personas que considerábamos amigos y, cuando más los necesitas te dan de lado y hasta dejan de saludarte. Otras veces, recibimos “feos” de personas que no pensábamos que nos podrían hacer eso.

Jesús nos dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc. 18, 23-24).

Y es así. Todos tenemos que pasar por eso que sufrió Él. El martirio le dolió físicamente, es indudable, murió de semejante tortura. Pero, ¿y su corazón? ¿Qué hay de la traición de Judas, la negación de Pedro, el abandono que sintió por parte de tantos amigos? Al final murió solo, clavado en una cruz, herido de muerte, desnudo, humillado…

Salvando las distancias, todos hemos sentido ese dolor. Ese amigo que te traiciona, que te vuelve la cara, que de repente te hace la vida imposible, te entrega levantando falsos testimonios sobre ti, que no quiere saber nada de ti más que para buscar la forma de hacerte daño, solo porque piensa que puedas hacerle sombra. ¿Dónde está ese amor que predicamos cuando nuestro comportamiento deja tanto que desear?  ¿Cuántas veces hemos negado a algún amigo cuando lo necesita para no comprometernos nosotros con alguna situación?

Y podremos pensar: “sí, pero a Dios lo quiero mucho, lo amo sobre todas las cosas”.

Pues no. No es así. De nuevo hay que acudir a su Palabra: “Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt. 25, 40). Es decir, lo que hacemos a los demás,  se lo hacemos a Cristo, ya sea bueno o malo. Y esto es así. ¿No somos conscientes aun de tanto mal y daño?

¿Cómo actúa Jesús antes esto? Con humildad, ofreciendo su perdón al que se lo pide y, muriendo hasta por su peor enemigo para salvarlo de la condenación eterna.

Ya que conocemos tan bien las lecturas de estos días, podemos profundizar en ellas y preguntarnos, a la vez que las oímos, pero respondiéndonos de verdad, sin engañarnos a nosotros mismos: ¿Con qué personaje de la Pasión de Cristo me identifico? ¿Pedro, Judas, Caifás, Pilato, María Magdalena, Juan…?

Recapacitemos todos sobre esto. ¿Qué mejor momento? Aprovechemos esa catequesis en la calle que son las procesiones, no sólo para disfrutar de ellas (que también), sino para sacarle el máximo jugo a este regalo que nos hace Dios un año más.

El Señor os bendiga.


domingo, 31 de marzo de 2013

¡Aleluya! ¡Cristo vive!

Queridos hermanos y hermanas. ¡CRISTO HA RESUCITADO!
Hoy es el día más grande del año para un cristiano. Después de sufrir la dolorosa Pasión, y el martirio de la Muerte; el Señor Resucita. Eso quiere decir, que ¡ÉL VIVE!, ¡ALELUYA!.
En esta semana, y sobretodo, en los dos últimos días, hemos celebrado la Cena del Señor el Jueves Santo; día del Amor fraterno, y por consiguiente, día del Perdón por excelencia. Y la Pasión y Muerte de Jesús el Viernes Santo, donde las palabras sobran y dejamos paso al silencio y la oración, porque Cristo ha muerto y estamos huérfanos. El Sábado Santo acompañamos a María en su soledad, porque si nosotros nos encontramos solos, ¿cómo estaría su Madre?. Pero el domingo, como decía antes, ¡Jesús Resucita!

Estamos en el año de la fe. La Resurrección del Señor es pilar de nuestra fe. Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal, como escuchamos de boca del sacerdote en la plegaria eucarística.

Es el mayor motivo de alegría para nosotros saber esto. Que la verdadera vida es la que viviremos contemplando el rostro de Dios.

Pero, para llegar a la resurrección, tenemos que pasar nuestra pasión y muerte. Nuestra pasión puede ser una enfermedad propia o de algún ser querido, la falta de trabajo, problemas económicos que nos impiden subsistir, enfados con nuestro prójimo, nuestro egoísmo, envidia, soberbia...todo eso que sabemos que nos quita la paz. Cada uno de nosotros sabemos cuál es nuestra cruz y cómo debemos llevarla. Sin embargo, debemos ser lo suficientemente humildes para reconocer que no podemos llevar solos nuestra cruz. Porque sin Cristo no podemos hacer nada. Él es nuestro "Simón de Cirene"; y está deseoso de ayudarnos, y de llevarnos de la mano junto al Padre.


Cristo vive y está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Su victoria, es nuestra victoria.
Con su Muerte nos libera del pecado. Con su Resurrección nos abre las puertas a la nueva vida, nos abre las puertas del Cielo.

Estamos de enhorabuena. ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!
Que el Señor te bendiga.


sábado, 16 de abril de 2011

A María de los Dolores



¡Ya!, ¡ya huele a incienso y a azahar!;

a cera caliente y a chicotá.

La noche del Martes Santo te espera,

pues es la noche de primavera

que en la calle hago contigo

mi estación penitencial.


Una saeta que sale de una garganta,

te reza y a la vez te canta

y la emoción no puede aguantar,

porque ve en tu rostro moreno,

un dolor más hondo que el mar


Madre mía yo quisiera

poder quitarte esos puñales,

que en tu corazón clavado llevas

por culpa de nuestros males,

y menguar tu dolorosa pena


El mundo entero enmudece

cuando de tu casa sales

¡Costaleros, poneros los costales!.

Que aunque el dolor escuece

lleváis a la Madre de Dios,

entre cirios y varales,

y esta noche la pena merece

que seáis Sus pies en la calle.


Muchas lágrimas derramas

por tu hermosa cara morena.

No llores más Nazarena

que Israel entero te aclama.

Escucha nuestra plegaria

que es oración sincera


¡Ya!, ¡ya huele a incienso y a azahar!;

a cera caliente y a chicotá.

A jazmines, penitencias y rosas.

Todos tus hijos gozan

cuando tu palio ven pasar,

y enciendes la fe de tu pueblo

porque vas repartiendo la Paz


En esta noche primaveral,

entre candelería y flores,

gracias por permitirme un año más,

poder acompañarte en tu caminar.

¡Madre mía de los Dolores!

sábado, 3 de abril de 2010

Sábado Santo. La soledad de María

Después de haber celebrado la Cena con Jesús. Haber seguido su Pasión y Muerte; hoy, sábado, es un día de luto inmenso. Jesús está en el sepulcro. Esperamos con ansiedad la noche más importante del año. La noche más grandiosa, en la que Cristo resucitará.
Mientras, queremos estar con la Santísima Virgen, acompañarla en su dolor y, sobretodo, en su soledad.

Stabat Mater

Estaba la Dolorosa,
al pie de la Cruz, llorosa,
donde pendía el Hijo.
Su alma gemía de dolor
y una espada traspasó
su pecho afligido.

¡Cuán triste e inconsolable
quedó esta bendita Madre
del Hijo Unigénito!
¡Como se dolía María
mientras las penas veía
de su primogénito!

¿Quién podría sin llorar
a esta Madre contemplar
en tanto tormento?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si viera
vuestro sufrimiento?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
suplicio y flagelo.
Vio a su Hijo dulce y amado
ir muriendo desolado,
sin ningún consuelo.

¡Oh Madre, fuente de amor!,
haz que sienta tu dolor
y llore contigo.
Haz que arda mi corazón
amando a Cristo, mi Dios,
mi divino amigo.

En mi alma, Madre, te ruego
que imprimas a sangre y fuego
las llagas de tu Hijo.
Haz que comparta las penas
que el alma de Cristo llenan
en el Crucifijo.

Deja que contigo llore
mientras viva, los dolores
de Cristo sufriente.
Junto a la Cruz del amado
quiero estar siempre a tu lado
y llorar su muerte.

No rechaces lo que pido
déjame llorar contigo
Virgen clara y santa.
Haz que lleve en mí la muerte
de Jesús y que su suerte
y llagas comparta.

Que con sus llagas sea herido
y me embriague la Cruz, pido
por amor a Tu Hijo.
Que inflamado y encendido
Por Ti sea defendido
en el día del juicio.

En la hora de mi partida
dame Jesús, por María,
lo que más preciso:
cuando mi cuerpo esté muerto,
lleva mi alma al dulce puerto
que es tu paraíso. Amén.


jueves, 1 de abril de 2010

El esperado Martes Santo

Martes Santo. Para mí, la noche más cofrade del año. Y es que, desde que tenía 3 años, ya salía en esta procesión acompañando al Señor de la Salud y a Nuestra Señora de los Dolores. Casi podría decir que en la nohe del martes, yo cumplía mi XXX aniversario como cofrade.
Cuando llego al templo, siento un nerviosismo interior difícil de exclpicar .Túnica roja, cíngulo blanco, capa blanca, cordón con la medalla de la hermandad, capirote negro y guantes blancos es la indumentaria que vestimos desde que se fundó la cofradía, allá por el año 1944.
Antes de salir, hicimos una pequeña oración dirigida por el párroco y director espiritual, el cual, también bendijo al paso del Señor porque había estrenos en él.
A las 20.30 horas, se abrieron las puertas del templo para que saliera la cruz de guía. Ya empezaba todo. Ante nosotros, y después de la primera "levantá", iba poco a poco, llegando el paso a la puerta. Con un muy leve mecido se veía, desde dentro, la silueta del cruficado que salía de su templo al son del himno nacional, para bendecir y dar SALUD a todos, un año más. Minutos más tarde, empezabamos a caminar hacia la calle. Sólo se oye al fondo de la iglesia al capataz que da las órdenes oportunas a los costaleros, el sonido de las zapatillas de estos, las bambalinas chocando con los varales con un ritmo constante... esto para mí es parte de lo que denominamos: sentimiento cofrade.
Una vez en fuera, oigo de nuevo el himno nacional. Ya está María Santísima de los Dolores en la calle otro año. Nadie entiende nuestros problemas como Ella. Nadie sabe de nuestros sentimientos como Ella. Nadie sabe de nuestros DOLORES como Ella. Radiante estaba la Reina para salir a ver a sus hijos.
Pero no sólo eso es la noche del Martes Santo para mí. No sólo es el olor a incienso, la cera caliente de los cirios, el colorido de las flores de los pasos, una saeta entre el gentío, el sonar de una corneta o de una marcha como "Encarnación Coronada" acompañada de un Ave María... No. Es también mi propia estación de penitencia; pero ustedes me van a permitir que esto me lo guarde para mí.
La noche terminó y la sensación de todos es de satisfacción. Unos por el trabajo bien hecho en la noche, otros porque ven la recompensa de todo un largo año de trabajo, otros porque les pareció muy bonito, otros porque Dios les regaló un Martes Santo más...
Sea lo que fuere, aquí no acaba todo. Sin duda nos queda la parte más importante de la Semana Santa, que es el Tríduo Pascual, en el que celebramos la Última Cena de Jesús, su Pasión, Muerte y Resurrección.




El Señor os bendiga.

lunes, 29 de marzo de 2010

Hoy es Lunes Santo

Ayer, Domingo de Ramos, comenzaba la Semana Santa. Aunque la pasión de Jesús empieza el Jueves Santo, desde el domingo iniciamos a recordarla con la catequesis en la calle, que son las procesiones. Algunas localidades desde el Viernes de Dolores, comienzasn con sus desfiles denominados de vísperas.

El caso es que, como buen cofrade que fui y que sigo siendo (aunque en menor medida actualmente) salí a la calle a ver al Cristo de Medinaceli y a Ntra. Sra. de la Esperanza. Y fue allí, en la calle, viendo a Jesús cautivo, maniatado, ante la mirada de cientos de personas, cuando pude contemplar, una vez más, el amor de Dios hacia nosotros. Fue el primer momento emotivo de esta semana mayor. Y digo primero, porque espero poder contemplar alguno que otro.
Cuando, después de una "levantá", continuaba su marcha de regreso a su templo, empieza a girar el paso hacia la acera izquierda de la calle. No sabía porqué y de repente miré hacia la izquierda y arriba. La hermnadad estaba teniendo un detalle con una persona. Sí. Allí había un hombre en un balcón, de rodillas y abrigado con una bata de casa. El hombre empezó a llorar y a echar besos con su mano derecha al mismo Dios, que tenía cara a cara. Sentí cómo el mismo Jesús se volvió a sanar a aquel enfermo, que lo único que necesitaba era mirar el rostro del Señor. Durante aquellos escasos minutos, Él mi hizo ver de nuevo, su infinita misericordia y amor por nosotros.

En este día, celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalém. Todos le aclamamos como Rey, con palmas y olivos. Pero somos nosotros, los mismos que le aclamamos, los que luego le crucificaremos. Ante la imagen del Medinaceli, ya lo teníamos preso, y sin embrago, Él no deja de perdonarnos, de sanarnos, de dar su vida por nosotros. Y no sólo eso, sino que además nos regala la Salvación. Su misericordia es tan grande que no podemos entenderla en nuestras mentes humanas y limitadas. Por eso mismo, aunque fuese por unos instantes, y por ver ese milagro de amor a los hombres, por enésima vez, no me canso de decirle: ¡¡GRACIAS JESÚS!!