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domingo, 19 de mayo de 2024

Recibe el Espíritu Santo


Ya llega el Espíritu Santo, y deberíamos estar dispuestos a recibirlo. 

En este día celebramos una de las fiestas más grandes del año, aunque algunos no podamos hacerlo en comunidad como sucedió en el Cenáculo porque desde hace años, queda olvidada por las glorias de El Rocío. Pero el Espíritu Santo, vendrá a cada uno que así se lo pida, que así lo necesite. Vendrá a todo aquel que verdaderamente tenga hambre y sed de Dios. 

Él viene cargado siempre con sus 7 dones para que los pongamos al servicio de los demás. Estos, como bien sabemos, son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

Pero no podemos olvidar, que el Espíritu Santo produce también en nosotros 12 frutos que nos perfeccionan. Estos son: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad, como podemos leer en Gálatas 5, 22-23 y en el Catecismo, 1832. 

Sin embargo, aunque estemos acostumbrados a representarlo como una paloma, porque así nos lo cuenta el Nuevo Testamento en el Bautismo del Señor, también lo identificamos con los elementos de la naturaleza. 

El Fuego quema, purifica. En el campo también se queman las malas hierbas y así la tierra queda limpia y lista para dar frutos. 

Pero también da calor y nos reconforta ante el frío. Así quedamos nosotros por la acción del Espíritu Santo. 

Cuando la brisa o el viento fuerte sopla, no lo vemos, pero lo sentimos y vemos sus efectos. De la misma manera actúa en nosotros el Espíritu Santo. 

El agua limpia, nos calma la sed, y la necesitamos para vivir. Igualmente, el Espíritu Santo nos purifica desde que recibimos el agua en el bautismo o nos confesamos, nos limpia del pecado y nos devuelve a la Vida. 

Pero para ello, Cristo debe sufrir el martirio y morir en la Cruz. Por eso el mismo Jesús dice a sus discípulos: "es necesario que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá el Espíritu Santo que os consolará y ayudará". Si nos fijamos bien, el agua del costado de Cristo fluye cuando el sacrificio está consumado. Y es que el sufrimiento termina con la Resurrección y se completa con la venida del Espíritu Santo. 

Pero además, el sacrificio no se hizo simplemente porque sí, fue ofrecido por nuestra salvación, por la remisión de los pecados de toda la humanidad. 

Lo que nos cuesta, no necesariamente es valido a los ojos de Dios. Eso es un error en el que solemos caer.

Podemos esforzarnos mucho en alguna cosa en concreto pensando q así seremos recompensados, pero puede que a lo mejor estemos buscando una gloria personal, y eso, no está fecundado por el Espíritu Santo, por tanto, ese esfuerzo o ese padecimiento, no merece la pena, no habrá servido para nada.

Que nos abramos en este día tan señalado, para que el Paráclito venga con fuerza sobre nosotros y nos colme con sus bendiciones. 

El Señor nos bendiga.

domingo, 31 de mayo de 2020

Pentecostés 2020

Queridos hermanos.

En esta ocasión mi reflexión sobre Espíritu Santo os la dejo en formato de vídeo.
¡Feliz Pentecostés!





El Señor os bendiga.

sábado, 3 de junio de 2017

La gran fiesta del Espíritu Santo.




¿Qué nos está pasando? ¿Somos conscientes de lo que sucede en el mundo y, más aún, en nuestro entorno más próximo? 

El egocentrismo está llegando a unos peligrosos límites, nos está empujando a un abismo en el que, hacemos lo que sea para que todos nos adoren; nos creemos mejores que los demás, nos sentimos los jefes de nuestro alrededor, trabajamos para conseguir nuestros caprichos basados en poder y dinero, caiga quien caiga, recurriendo -si es menester- al mismísimo diablo para obtener nuestro propósito.

Pocos son los que miran por los demás, la inmensa mayoría va por la vida a su interés, sin miramientos; juzgamos la labor de la persona que tenemos al lado sin siquiera preguntarnos qué momento está viviendo, qué está pensando, o qué haríamos en su caso si estuviésemos en su piel.

Poder, cargo, dinero. Esa es nuestra única meta. ¡Qué pena y qué asco!

Ese es el ejemplo que estamos dando. Por mucho que queramos ponernos una careta, una falsa fachada que aparente lo "fantásticos, humildes y maravillosos" que somos, se nos olvida que entre el cielo y la tierra nada hay oculto. Y que si enmascaramos nuestro quehacer, es porque no nos interesa que se sepa nuestro verdadero fin. ¿Qué tememos? ¿Será que en nuestro interior sabemos que no estamos obrando bien?

Somos laicos, sí; pero somos Iglesia. No podemos quejarnos de que cada vez los templos están más vacíos si nosotros, los que nos creemos "buenos", estamos haciendo tanto daño a la misma Iglesia. Pero no sólo los laicos, sino que también, muchos sacerdotes son los que hacen que muchas personas dejen a Dios por el mal ejemplo que nos están dando. Muchos también se han dejado llevar por ese poder, dinero, sexo, fiestas, alardeo de lo que tienen, dejando sus obligaciones pastorales a un lado porque lo "otro" les atrae más.

Antes decía que todos nos creemos mejores que los demás. Se nos olvida que nadie es mejor que nadie. Todos tenemos cosas malas, pero también cosas buenas. Todos tenemos unos dones y carismas, y no tienen que ser los mismos que los nuestros. Somos distintos y a la vez somos iguales. El único que nos supera es Dios. El Amor elevado al infinito. La Sabiduría suprema. La Humildad hecha Carne. El que todo lo puede. La Misericordia por excelencia.

Pese a que lo parezca, mi intención no es juzgar nuestros propios comportamientos anteriormente expuestos, al revés, quisiera que veamos nuestras faltas, nuestra pobreza y miseria. Enmendar nuestros errores, perdonarnos y que todos formemos la Iglesia que Dios quiere, no la que queremos nosotros.

En este día de PENTECOSTÉS, pídele a Dios que nos envíe a su Santo Espíritu para que se cumpla lo que Jesús nos había prometido. La semana pasada ascendía al Cielo; y tenía que hacerlo para que pudiera venir el Paráclito. Que hoy se cumpla en tu vida esa promesa y que descienda sobre ti el Espíritu de Dios. Vendrá cargado de dones y carismas, pero tenemos que estar abiertos y ser dóciles. Sé humilde, reconoce que eres nada y abre tu alma a Dios para que entre y queme con su fuego todo lo que no es de Él, y a la vez, te colme de bendiciones.

Pidamosle por su Iglesia, para que sea Santa. Para que sus sacerdotes y pueblo dé el ejemplo que todo alejado necesita. La Iglesia no debe ser sinónimo de poder ni de dinero. Debe ser amor, caridad, misericordia, calidez, ayuda, oración, familia, amistad... debe ser un mínimo reflejo de Dios.

Que el Espíritu Santo nos sane las heridas del cuerpo y del alma. Que rompa las cadenas que nos atan con el mal. Que ese poder del que creemos ser poseedores, se convierta y seamos capaces de ver que el único que merece la Gloria, la Honra y el Poder es DIOS.

Amado Espíritu Santo:
En este día que te dedicamos especialmente, queremos pedirte nuestra propia conversión a ti. Entra fuerte en nosotros como viento arrasador. Quema nuestra maldad con tu fuego abrasador. Eleva nuestras súplicas al Padre para que tenga piedad de estos pobres hijos suyos, que les hemos salido un poco rebeldes. Muchos queremos dejarnos hacer por Ti. Transforma nuestra alma, haz de nosotros ese vaso nuevo que solo Tú quieres que seamos.


Ven Espíritu Santo y llénanos de Ti. Te esperamos ansiosos. Hoy puede ser un punto de inflexión en nuestra vida. Estamos sedientos de Ti. Restauranos. Ven Espíritu de Amor.

María, ESPERANZA nuestra, intercede ante Dios por nosotros y protégenos. Sé Tú ese ROCÍO que refresque nuestra alma.


Os dejo con esta canción de Jesús Adrián Romero.



domingo, 15 de mayo de 2016

Recibid el Espíritu Santo



Pentecostés. Cincuenta días después de la Pascua, el Espíritu Santo vino sobre el Colegio Apostólico y María Santísima.

Hoy, Jesús nos dice: "Recibid el Espíritu Santo". Pero, ¿quién es el Espíritu Santo?.

Según el Catecismo de la Iglesia, el Espíritu Santo es la "Tercera Persona de la Santísima Trinidad". Es decir, hay un sólo Dios, pero en Él existen tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Si tu corazón está gélido, Él te abrasará con su fuego de Amor.
Si te quemas, Él te refrescará.
Si estás triste, Él cambiará tu lamento en baile.
Si estás alegre, Él será tu sonrisa.
Si estás perdido, Él te orientará.
Si estás agobiado, Él te hará descansar en Dios.
Si no tienes fe, Él te la infundirá.
Si te sientes solo, Él te acompañará.
Si lo invocas, Él te defenderá.
Si lo necesitas... Él estará a tu lado.

Pero debes quererlo, debes desearlo de corazón, debes dejarte guiar por Él. De nada servirá si lo invocas, si te dejas llevar por tu ego, si sigues haciendo lo que quieres sin hacerle caso.

Hoy, Jesús nos dice: "Recibid el Espíritu Santo". 
Invócalo, recíbelo, Él viene cargado con sus Siete Dones y multitud de carismas. Estos regalos de Dios, son para que los pongas al servicio de los demás: Tu familia, tus amigos, tu trabajo, tu comunidad parroquial, el desconocido que te necesite...
Recordamos que los dones son sólo siete, y son: Temor de Dios, Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Piedad, Fortaleza y Ciencia.

Pidámosle a Dios que nos aumente la fe y nos dé la humildad necesaria para recibir el perdón y perdonar a los demás. de manera que afrontemos como es debido esta nueva vida que se nos ofrece; la vida del Espíritu, la que nos hace comportarnos como cristianos las 24 horas del día con todo el mundo y con nosotros mismos. Sepamos vivir la Misericordia de Dios.
Y sobretodo, en este día de Pentecostés, acojamos el AMOR de Dios, y repartámoslo porque el mundo está muy falto de él.

¡Qué el Espíritu Santo se derrame abundantemente sobre todos!
¡VEN, ESPÍRITU SANTO!
El Señor os bendiga.

sábado, 7 de junio de 2014

PENTECOSTES



Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; envía Señor tu Espíritu Creador y se renovará la faz de la tierra.
Oh Dios, que quisiste ilustrar los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, guiados por este mismo Espíritu, obremos rectamente y gocemos de tu consuelo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que permanezca con vosotros para siempre: Al Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis; porque permanece con vosotros, y será en vosotros” (Jn. 14,16-17).

Esta es una de las varias promesas y anuncios que el mismo Jesús nos hace de la venida del Paráclito. Sabemos que es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Sabemos también que tiene siete regalos para entregarnos. Lo llamamos de muchas formas: Espíritu Santo, el Consolador, el Paráclito, el Defensor o Abogado... Lo asociamos con símbolos como la paloma, el fuego o el viento... Podemos tener conocimientos varios y; sin embargo, creo que aún no hemos llegado a conocer a Dios. Ni siquiera a la divina Persona que es protagonista en el día de hoy, por quien celebramos esta fiesta.

Pentecostés: La gran fiesta del Espíritu Santo. En ella recordamos su venida sobre el colegio apostólico y María Santísima. Pero esta venida no sucedió únicamente aquél día. Como bien sabemos, diariamente viene el Espíritu Santo sobre nosotros cada vez que lo llamamos o acudimos a Él. En todo sacramento está presente. Por eso, en este día, donde el mundo entero lo invoca de manera especial, pidámosle con fuerza, desde lo más profundo de nuestro ser, que venga sobre nosotros con todo su poder. Queremos estar en el lado de Dios y necesitamos del Espíritu Santo para que abra nuestros ojos, nuestro entendimiento, arda nuestro corazón en Amor verdadero. Que Él, si es la voluntad del Padre, nos refuerce los dones y nos dé el o los carismas que necesitamos para que los pongamos, siempre, al servicio de los demás, nunca al nuestro; pues el fin es trabajar para el Reino de Dios, para servir y darle Gloria a Él, y no a nosotros.

El Espíritu Santo nos ayuda y nos anima a la conversión, siempre que se lo pidamos. Él, como el Consolador, nos puede conceder la salud física y, sobretodo, la espiritual, que es la que verdaderamente importa, la que nos llevará al Paraíso.

Con la festividad de Pentecostés, termina el tiempo de Pascua. Ahora, después de recibir al Paráclito, estaremos fortalecidos y tendremos los dones y carismas necesarios para poder ser testigos de Cristo, misioneros de Dios, y lanzarnos en la lucha existente en el mundo. Un mundo que nos arrastra, en ocasiones, como si de una fuerte corriente se tratara, en la que es difícil nadar para llegar a la orilla donde estamos a salvo. Difícil pero no imposible, porque el Espíritu Santo nos acompaña, nos muestra y enseña el camino a seguir.

¡Ven Espíritu Santo sobre nosotros! Ven con fuerza, y sana nuestros corazones enfermos, heridos, sedientos, de piedra... nuestro interior. Abrasanos con tu fuego y purifícanos, límpianos, libéranos, renuévanos, conviértenos y rompe las cadenas del mal que nos puedan tener atados. Haznos ver cuál es el camino que el Padre quiere que sigamos. Llénanos de tu AMOR. Crea los enlaces de unión que necesitamos y ayúdanos a mantenernos unidos. Pon en nuestras bocas las palabras de aliento, de ánimo, de consuelo, de solución a los problemas... que los demás hermanos nuestros necesitan escuchar. Ayúdanos a descansar en el Padre cuando lo necesitamos, que sepamos acudir a Él. Infúndenos la fe que tanta falta nos hace y enséñanos a orar, para que, de esta forma, sepamos mantener ese diálogo de “Padre a hijo”.
¡Ven Espíritu Santo! Renueva tu Iglesia. Te pedimos, especialmente, por los sacerdotes; para que ellos verdaderamente sean los pastores que necesitamos y; con tu ayuda, fuerza, poder...infúndeles los carismas que necesiten para llevar a buen puerto esta barca que va a la deriva en este mar, “aparentemente” en calma. Haznos ver y evitar a los falsos profetas que hay en el camino, une a la verdadera comunidad, y elimina todo aquello que no es tuyo que sabes que hay dentro.

Y, sobretodo, GRACIAS. Gracias por todo lo que has hecho, haces y harás por y en todos nosotros, porque sin ti no somos nada. Solo Tú eres el que nos mueves a obrar según la voluntad de Dios. Que con tu ayuda, amado Espíritu Santo, alcancemos un día el gozo de vivir la vida eterna.

El Señor os bendiga.


domingo, 19 de mayo de 2013

¡Tócanos, Espíritu Santo!


El Espíritu Santo, como todos sabemos, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Celebramos en el día de Pentecostés, su venida sobre María Santísima y el cuerpo Apostólico. Con esto se cumple la promesa del Padre que nos fue dada a través de su Hijo Jesús: “…el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.” (Jn. 14,26).
Recordamos que “Paráclito” es una palabra que procede del griego "parakletos", y significa "aquel que es invocado".

El Espíritu Santo también desciende antes, pero sobre Jesús, cuando es bautizado por Juan el Bautista. “Y sucedió que cuando todo el pueblo era bautizado, Jesús también fue bautizado: y mientras Él oraba, el cielo se abrió, y el Espíritu Santo descendió sobre El en forma corporal, como una paloma, y vino una voz del cielo, que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido.” (Lc. 3,21-22)

Sin embargo, el Espíritu Santo está desde siempre, pues es Dios, y Dios es eterno, no tiene ni principio ni final. Si abrimos la Biblia, el primer libro que nos encontramos es el Génesis. “Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.” (Gn. 1,1-2). Es decir, encontramos al Espíritu Santo desde el inicio de los inicios. Leemos en el Catecismo: “El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Pero es en los "últimos tiempos", inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona.” Y así nos lo presenta Jesús. Como una persona, con hacer propio. Y es que el Espíritu Santo es ORDEN, LUZ. Si recordamos la historia de Babel; el caos reinaba entre las personas, eso quiere decir que allí no podía estar el Espíritu Santo, por tanto, la torre terminó por derrumbarse.

El Espíritu Santo nos acompaña en nuestro caminar y nos proporciona armas para vencer al mal y ayudar a los demás. Estos son los 7 dones que, como todos sabemos son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estos ya los habíamos visto en otra ocasión. Los podemos ver AQUÍ y AQUÍ.

Pedimos a Dios que nos envíe su Espíritu Santo en este día de Pentecostés, para que, como discípulos suyos, podamos ir a anunciar la Buena Nueva a todo el mundo. Para que sea nuestro consolador, nuestro abogado defensor; nos cambie, nos transforme, nos purgue y nos sane con su fuego. Para que ponga ORDEN Y LUZ en nuestras vidas.


Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.
Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluya.

El Señor os bendiga.

domingo, 12 de junio de 2011

Renuévanos con tu Espíritu Santo. Pentecostés 2011


Hoy es el gran día. Hoy se cumple la promesa de Jesús: "Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré" (Jn. 16,7)

El Espíritu Santo desciende para quedarse con nosotros. Nos regala sus dones, nos consuela, nos defiende, nos acompaña, nos orienta... Pero nosotros, que confiábamos en Jesús, lo esperábamos y, por tanto, llevábamos unos días invocándolo, llamándolo para que hoy llegara con su poder sobre todos. En estos tiempos difíciles que vivimos, necesitamos de sus dones y carismas para nuestro bien, y para el bien de los demás cuando los ponemos al servicio de ellos.

Necesitamos la acción sanadora del Espíritu Santo para que cure nuestras heridas, nuestras enfermedades, nuestras envidias, soberbias, faltas de perdón... en definitiva, nuestras faltas de amor.

Necesitamos de Él, porque ante la impotencia de nuestros desiertos, ante la incapacidad de nuestra imperfección humana, no podemos levantar este mundo, que nosotros mismos estamos hundiendo. Nosotros solos no podemos, no somos nada si no es con la ayuda de Dios, en este caso, en la Persona del Espíritu Santo.

Le pedimos en este día glorioso, que descienda sobre nuestras familias. Por ahí es donde debe empezar la labor unificadora. Este núcleo que cada día se deshace y se pudre más por la falta de amor y unión. Y esto, claro está, repercute en nuestra vida social y laboral, en nuestra vida de comunidad parroquial, en nuestra vida de grupos de oración... Pero sabemos que, aunque el enemigo parezca ganarnos terreno, Dios no permite que se apodere de sus Hijos y de su bendita Iglesia. Por eso, con nuestros defectos, nuestras carencias e imperfecciones, los que creemos en Dios, esperamos y confiamos en la acción del Espíritu Santo, para que nos ayude en la batalla.

Nunca entenderemos cuánto nos ama Dios, pero con la presencia y ayuda de la Tercera Persona de la Trinidad Beatísima, nos acercamos un poco más a Él.

Que el Espíritu Santo nos regale sus dones; que nosotros sepamos reconocerlos como suyos, y no nuestros. Asimismo, sepamos ponerlos al servicio de los demás, con humildad y sencillez, creando poco a poco esa unidad que tanto necesitamos. Que su Amor se derrame en nosotros, y tengamos el corazón abierto para recibir todo lo que quiera regalarnos hoy.

Que el Espíritu Santo os colme en este día de Pentecostés.

jueves, 9 de junio de 2011

¡Ven, Espíritu de Dios!


Hoy seguimos invocando al Espíritu Santo, y pidiéndole que venga sobre nosotros con el poder y el fuego de su Amor, derramando sus dones, que son, como ya hemos visto, esas armas que necesitamos para la batalla.

Ante las contrariedades de la vida, a veces nos sentimos impotentes, sin saber por dónde tirar, débiles. Es por eso, es que necesitamos el don de Fortaleza. Este don nos ayuda en nuestra debilidad, impide que perdamos la esperanza, nos impulsa a seguir adelante. Yo diría que es una inyección de vitaminas, hierro y glóbulos rojos, que nos levantan el cuerpo cuando estamos cabizbajos ante una anemia. nos pone en forma, en órbita, en nuestro sitio. Se nos levanta el ánimo y, de nuevo, tenemos ganas de "comernos el mundo". Si miramos a Jesús, podemos ver cómo superó su debilidad humana, gracias a este don, en su pasión y muerte. Nos ayuda también, a vencer las tentaciones. Es nuestra armadura. Nos quita los miedos, la timidez, como hizo con discípulos en Pentecostés. pero una cosa debemos tener en cuenta, pues para perder esos miedos, tenemos que aceptar lo que nos venga: Problemas, dolores... Sólo aceptando esto, y pidiéndole al Espíritu Santo este don de Fortaleza, poco a poco lo iremos obteniendo, e iremos venciendo las dificultades. Como un guerrero sabe que va al frente de batalla, y sabe que va a la guerra, sabe a lo que va, y así lo acepta; así sabrá enfrentarse con el enemigo.

El don de Ciencia, a veces es llamado también de Conocimiento. Y es que, aunque el vocablo "ciencia" nos pueda remitir a experimentos o laboratorios, el don de Ciencia no tiene nada que ver con esto. Es el don que nos ayuda a entender el valor de las criaturas relacionadas con el creador. Es decir, que vemos la grandiosidad de Dios, su majestuosidad, ante la naturaleza y sus criaturas. Podemos ver cuán pequeño es el hombre ante Dios. Y cuando pecamos, nos vemos más pequeños, nos hacemos humildes ante Él. Vemos la infinita distancia que hay entre Él y su creación. Pero también nos ayuda a conocer las escrituras. La Palabra de Dios fue escrita en el pasado, y sin embargo era para nosotros también. En ellas están las verdades del Dios eterno, y las podemos entender gracias a este don. Dios, es el conocedor de todo, y a través de su Palabra, nos invita a que nos adentremos y profundicemos en Él. Nos invita a "conocerle". Gracias a este don, podemos entender con fe, las cosas del mundo según Dios, es decir, da a conocer las verdades del mundo, librándonos de la mentira del mundo. Para que se entienda mejor, considero que es el don que nos ayuda a diferenciar lo bueno de lo malo. Recordemos el árbol del Paraíso, llamado del conocimiento del bien y del mal. Y quizá, también, con este don, podamos ver en cada persona a Dios, más que a esa persona en sí; pues vemos en la persona la criatura de Dios.

Pasemos al don de Piedad. Explicado, a mi parecer, de forma sencilla, es el don del Amor. El amor a Dios, el amor a los demás, el don que no deja enfriar ni endurecer nuestros corazones. Con este don, nos sentimos de verdad hijos de Dios, y vemos a los demás como hermanos, reinando sobretodo el perdón. Pero el perdón de verdad, sentido, no el perdón de palabra que nos hace comportarnos como niños caprichosos y egoístas. El don de Piedad, borra de nuestro interior, de nuestro corazón, esos focos de amargura, impaciencia... llenándolo, por contra, de comprensión y perdón. Con este don, nuestra oración se hace más patente, profunda y constante. Nos hace tener una relación de diálogo con Dios, que nos escucha, orienta y perdona como Padre. Esto hace que veamos las cosas con esos ojos de amor que hablábamos antes.
Pidamos pues al Padre, el espíritu filial y fraternal que necesitamos, por el don de Piedad que esperamos recibir del Espíritu Santo.

Terminamos, con el don de Temor de Dios. Ya habíamos dicho que no es tenerle miedo a Dios. ¡Cómo vamos a temer al Padre bueno que nos Ama! Es el don que nos hace temer ofender a Dios. No queremos disgustar a nuestro Padre con nuestro pecado. Cuando conocemos a Dios, sólo queremos hacer su voluntad, y no seguir sus caminos nos hace sentir ese temor de desobediencia, porque sabemos que le estamos haciendo daño con nuestro mal actuar. Cuando hacemos algo mal, nos avergonzamos ante Él. Supongo que así se sentirían Adán y Eva cuando comieron el fruto prohibido, y se taparon sus cuerpos desnudos al ver a Dios. Este don nos lleva a venerar
a Dios y todo lo sagrado. Creo que esto resume bien lo que es este don: El temor de Dios, es el temor a la ausencia de Dios.

Pidamos al Espíritu Santo que derrame sobre nosotros el don de Fortaleza, de Ciencia, de Piedad, y de Temor de Dios. Todos nos son muy necesarios, y cada uno lo necesitará en una medida. Él, que es, como decíamos antes, el Dios conocedor de todo, sabe perfectamente de nuestras necesidades; y se lo pedimos con fe, pues así nos lo prometió Él: Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis. Llamad y se os abrirá. Nosotros le pedimos los dones que nos hacen falta. Le buscamos a Él. Y llamamos a las puertas del Reino para poder entrar en él algún día.

Ven Espíritu Santo. Ven y danos fe.

miércoles, 8 de junio de 2011

¡Ven, Espíritu de Dios!


A pocos días de celebrar Pentecostés, y ya desde el domingo pasado, en el que el Señor ascendió al Cielo y nos prometió su Espíritu Santo, es muy bueno que hayamos empezado a invocarlo, para que el próximo domingo venga el Paráclito con fuerza a derramar sus dones sobre nosotros.

He pensado que, para ello, además de invocar su presencia, vayamos pidiéndole sus dones, para que Él los reparta según nuestras necesidades.

Antes de empezar, quisiera decir algo que, a mi parecer no debemos confundir, y es la diferencia entre don y carisma. Aparentemente es lo mismo, y a veces, cuando hablamos solemos llamar don al carisma, y carisma al don. Es cierto que la diferencia puede ser mínima, y la frontera puede ser difícil de distinguir, sobretodo, en ciertos contextos. Los dones de Espíritu Santo, sólo son siete. Quizá porque el siete sea el número perfecto, pero el caso es que sólo son siete: Sabiduría, Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios. Estos siete regalos que nos da el Espíritu Santo, son sobretodo para uso personal. Los carismas, por contra, aunque los podamos tener, son para la comunidad. Y me explico. Con el don de temor de Dios, que veremos más adelante, no es que tengamos miedo a Dios, sino que tememos hacerle daño. Pero esto lo podemos tener a nivel personal y con una intensidad personal. Cada uno tendrá ese don, según sus circunstancias, según lo acepte, según su conciencia... Pero siempre de forma personal. Sin embargo, ¿de qué me sirve un carisma de acogida si no salgo de casa? Es una tontería, que yo tenga el carisma que sea, y que no me sirva para nada. Porque a nivel personal, no nos va ayudar mucho, como decía, tener el carisma de acogida sino salimos de casa, y nadie nos visita. O un carisma de profetizar en lenguas, sino tengo a alguien al lado que tenga un carisma de interpretarlo. Sería inútil, si en vez de carisma, fuese don, porque no serviría para nada. Creo que el ejemplo es bastante explicativo. No obstante, iremos desarrollando el tema poco a poco.


A veces podemos ver la mano de Dios en lo que nos rodea: En la naturaleza, en nuestra vida en familia, en nuestros trabajos,... en todo. Esto hace que lo comuniquemos como lo más normal del mundo, incluso en la sociedad "anti-todo" en la que vivimos. El don de Sabiduría, nos hace comprender las maravillas de Dios. La palabra "sabiduría", procede de "sabor", por eso se dice, que con este don, se saborea la obra, los misterios, la grandeza de Dios. Este don nos lleva a la alabanza, a reconocer la Gloria de Dios. Un gran ejemplo lo podemos ver en el "Cántico de las criaturas" de San Francisco de Asís.

Con el don de Inteligencia, el Espíritu Santo nos hace comprender de forma más profunda la Palabra de Dios. Con este don podemos ver claramente, lo que Dios quiere de nosotros, que seguro será algo muy distinto, a lo que vivimos en la sociedad de hoy. Al adentrarnos más en la Palabra y en las verdades reveladas de nuestra fe, la Inteligencia o Entendimiento, hace que la podamos entender, y en nuestra oración, nos ayuda a interpretar la Palabra, nos la lleva al día de hoy. Este don, nos dejará una gran paz, porque con él sabemos lo que Dios nos está pidiendo, pues la relación con Él se nos hace más íntima, llegamos a comprenderlo un poco más; y por tanto, descansamos en Él, porque confiamos en Él.

El don de Consejo como su nombre indica, es el "consejo" que el Espíritu Santo nos da ante las opciones que se nos plantea en el día a día. Podemos decir, si se me permite la expresión, que estamos "contaminados" del mundo. Es decir, crisis, enfados, pasiones, odios, soberbias, envidias... y con todo esto encima, nos es muy difícil saber cuál es la opción, no más perfecta aparentemente, sino la que Dios quiere o nos recomienda o nos "aconseja". Es como una reforma de nuestras conciencias. En otras palabras; este don es tan importante, que sin el, lo que hagamos, estará lleno de defectos, porque nuestra conducta será puramente humana.

Pidamos al Espíritu Santo de estos dones, que hoy hemos tratado por encima, porque los necesitamos. Porque la Sabiduría, nos lleva a la alabanza, a glorificar a Dios, a saborear tantas cosas como nos regala a diario, empezando por la vida.
La Inteligencia nos lleva a comprender su Palabra, a intimar con Dios, a profundizar en sus verdades... Si tenemos este don, y entendemos de verdad lo que Dios dice, desde el corazón, desde lo más profundo de nosotros, podremos saber explicarlo a los demás. Porque es como mejor se explican las cosas, desde la experiencia personal. Eso, llega al hermano. Lo que es aprendido de memoria, o sin entender, o sin haberlo vivido, no llega porque no se sabe explicar, y eso es peligroso, porque aburre y ahuyenta a los demás.
El Consejo es ese don extraordinario, que debiera ser nuestros pies y manos. Pidamos ese don a Dios, para nosotros y para los demás, porque sin él, no sólo nos equivocamos, sino que vamos equivocando a los demás, y por tanto, dañando y contaminando, a los que tenemos alrededor. Y es que, muy a nuestro pesar, ahí sólo habrá nuestra parte humana, y no estará el Espíritu del Señor actuando. Considero que debe ser un don imprescindible en sacerdotes, jefes de grupos, servidores, catequistas... pues si ellos nos guían, desde su humanidad (no desde Dios) por mal camino, a mal destino iremos.

Por eso Señor, te pedimos que envíes tu Espíritu sobre nosotros, para que nos dé esos dones y carismas que cada uno necesitamos. Tú mejor que nadie, sabes de nuestras dificultades, de nuestras carencias. Y precisamente, necesitamos de armas para la batalla. Tú eres el único que nos proporcionas esas verdaderas armas, que nos ayudarán.

Ven, Espíritu Santo; abrásanos y llénanos de Ti.