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domingo, 25 de enero de 2026

Sembrando durante 138 años

Sabíamos que tarde o temprano llegaría este momento, aunque duela. ¿O tal vez no estábamos preparados para aceptarlo? El caso es que las religiosas de la Inmaculada Concepción se marchan de Tarifa después de haber estado, prestando servicio y conviviendo con el pueblo, durante 138 años.

“Quedan pocas y ya son mayores”. Una frase que hemos oído e incluso dicho, durante mucho tiempo. Quizá como rutina, sin prestar atención al verdadero contenido de estas palabras. Hasta que llegó el día en que ya, no pueden sostener lo que han estado llevando tanto tiempo sobre sus hombros.

No es simplemente la despedida de unas mujeres concretas, sino es el cierre de un ciclo de vida social y espiritual del pueblo. Un cierre silencioso, como la labor que han desempeñado hasta el último instante.

Pero este “adiós” no habla sólo del pasado. Dice mucho del presente que habitamos.

Vivimos un tiempo donde las vocaciones escasean. Podemos decir que son excepcionales, rayas en el agua. La sociedad ha cambiado radicalmente en los últimos años. Si ser católico es difícil y se ha convertido en algo que no es moda, ni políticamente correcto. Para muchos, decir que eres católico se ha vuelto incómodo, incluso mal visto en ciertos ambientes. A veces incluso parece motivo de incomprensión. Si ya cuesta declararse creyente, imaginemos lo que supone para alguien reconocer una vocación religiosa. Hay que superar muchos muros y hay que estar fuerte ante la adversidad, como el verdadero camino del católico de a pie.

El entorno tampoco ayuda. El mundo hoy (y hablo a nivel general) no es que no avance, va demasiado rápido, es cada día más egoísta. Sumémosle el constante postureo, la cantidad ingente de información de la que disponemos, la falta de transparencia y la abundancia de superficialidad.

El amor se ha convertido en algo de antiguos, cuando en realidad; fue, es y será, el motor que mueve el mundo.

Si las personas no nos queremos de verdad entre nosotros, si nos cerramos pensando erróneamente que nos protegemos, si nos utilizamos según nos convenga y luego nos olvidamos, ¿cómo vamos a amar a Dios y dejarnos amar por Él?

Fidelidad, lealtad, respeto, empatía, fe… son algunos valores que por segundos vamos perdiendo.

Falsedad, frialdad, soberbia, juicios… es lo que vamos practicando para suplir esa carencia de valores.

Ser religioso en la actualidad, por tanto, es ir contracorriente. Las prioridades de la sociedad han cambiado. La oración, el silencio, el trabajo sin ánimo de buscar reconocimiento… ¿eso?, que lo haga otro.

La partida de las religiosas de Tarifa, no es más que un reflejo de la sociedad, incluso de nosotros mismos como pueblo y como parroquia.

Puedo entender el estancamiento que vivimos. El aburrimiento, la apatía y el cansancio existente. Sin embargo, la fe hay que alimentarla, y no lo estamos haciendo. Se nos está yendo, como se van las religiosas. Como se seguirán deshaciendo otros grupos parroquiales. Como se desvanecerán tantas iniciativas, espacios… hasta desaparecer si no reaccionamos.

No hay estímulos, no hay constancia, pero tampoco hay respuesta cuando hay propuestas.

Sin ir más lejos, y en el contexto que estamos hablando, el pasado mes de diciembre, celebrando en su capilla el triduo en honor a la Inmaculada Concepción, se apreció una disminución en la afluencia de fieles.

En la Vigilia, literalmente se podían contar con los dedos de una mano los asistentes que acompañaron a aquellas tres religiosas. Hoy puedo decir que fue una imagen simbólica y premonitoria: “Las pocas que quedamos, aunque seamos mayores, nos daremos hasta el final”. Y así ha sido.

Lo comunitario se ha debilitado, se ha enfriado hasta el punto más gélido, y eso ha repercutido en las monjas de Tarifa.

Pienso que estamos viviendo un tiempo de transición. Un tiempo en el que ya no se sostiene lo que fue, pero tampoco sabemos hacia dónde vamos. No hay metas claras, todo es incertidumbre, vamos dejándonos llevar por una sociedad que nos arrolla.

Las religiosas dejarán un vacío. Pero es hora de dejar la nostalgia a un lado. La llamada de atención nos ha llegado con su marcha. 

Es momento de preguntarnos: ¿Cómo vamos a rellenar ese hueco que nos dejan? Ellas han sembrado su semilla durante 138 años. ¿Seremos capaces de que germine algo en las nuevas generaciones? ¿Florecerá algo en las generaciones que convivieron con ellas?

En cualquier circunstancia, el dolor, duele, sí. Pero ese dolor debemos saber transformarlo en fortaleza. Dios cierra puertas, pero abre ventanas.

¡Despertemos!

Estamos perdiendo lo esencial entre las prisas, las pantallas, distracciones absurdas y una IA que no siempre usamos de la mejor manera.

Nuestra fe debería ser fuerte, enraizada, cimentada… y, sin embargo, está endeble, lánguida, como translúcida, enclenque.

Pienso, que la sociedad está muy hambrienta y sedienta de Dios, aunque cuesta reconocerlo. Hay miedos al qué dirán, miedos a enfrentarnos a lo que Dios nos pida, miedos a aceptar, miedos a comprometernos… Y es que la Iglesia, (porque todos somos Iglesia), es un reflejo de la sociedad, como decía anteriormente.

Estas queridas religiosas quedarán en la memoria de quienes fueron acompañados; quedarán en la fe de quienes encontraron consuelo en ellas; quedarán en la mirada de quienes aprendieron a servir sin esperar aplausos (tan ignorada esta postura hoy). Quedarán en el conocimiento de que Tarifa también necesita espacios de silencio, de cuidado, de trascendencia. Pero su marcha llega tarde para reaccionar: quizá no hemos sabido acompañarlas como merecían, quizá no hemos sido conscientes del valor de su presencia hasta que se marcha.

No les hemos devuelto tanto que nos han dado.

Ahora es nuestro turno. Porque esa labor callada debemos desempeñarla nosotros. Esa labor no es otra que trabajar de verdad por el Reino de Dios, no por nuestras glorias personales.

Nos dejan su ejemplo. Nos dejan historias, vivencias, experiencias, una cultura propia. Nos dejan enseñanzas.

Nos dejan una invitación a continuar con el legado, quizá a nuestra forma, pero sin perder la esencia de la humildad, el silencio, el trabajo, la atención a los demás y la oración.

Que su marcha no sea un punto final, sino el comienzo de nuestra responsabilidad.

Que su silencio nos enseñe a escuchar lo que aún podemos llegar a ser.

Sólo nos queda decir en mayúsculas y en negrita:

¡GRACIAS POR TODO!

sábado, 20 de diciembre de 2025

Navidad: Volver al pesebre


Cuando era pequeño me encantaba la Navidad. Fui creciendo, y seguía gustándome, pero ya empezaba a entender algunas cosas y la inocencia iba desapareciendo.

Con los años, más que dejar de gustarme. Y cada diciembre se me hace un poco más cuesta arriba: La vida ha cambiado mucho. Siento la falta de esos seres queridos que traspasaron su línea de meta, otras personas que quiero se fueron, otras se borraron sin ruido, otras con mucho ruido,… supongo que es ley de vida. Pero lo que veo con más claridad es la incongruencia con la que somos capaces de vivir estos días.

Hay partes de mi antiguo yo que ya no existen. Otras están desapareciendo. Y, sin embargo, siento que emerge alguien más auténtico. Ni mejor ni peor: distinto. Quizás por eso repito tanto una frase que me acompaña últimamente: “Todo es mentira”. No como un lamento, sino como una constatación de que lo esencial se ha ido cubriendo de capas.

Las ciudades se llenan de luces con ánimo de alegrar e incitar a comprar. En unas más que en otras, porque hay localidades que más que alegrar, entristecen mucho, pero eso es otra historia que no viene al caso.

Los escaparates de las tiendas se llenan de color y de artículos con ornamentación “navideña”: luces, elementos alusivos al frío, nieve falsa, algún elfo o Papa Noel; colores rojos, verdes y dorados, cajas envueltas en papel de regalo con lazos gigantescos, dulces típicos de la fecha, guirnaldas, renos, balcones con reyes magos colgando, osos, bastoncitos de caramelos… y un sinfín de objetos que nos avisan, cada año más temprano, que se acercan unas fiestas que hay que celebrar. Como si la estética bastara para sustituir el sentido.

La hostelería prepara las despensas para las comilonas, las copas fluyen entre el gentío que se aglomera en la calle para beber y “pasarlo bien”, o esa es la intención. Y mientras tanto, repetimos mensajes vacíos, reenviamos felicitaciones impersonales y nos ponemos la mejor máscara para cumplir con el guion.

Hay un mensaje entre los cristianos que se nos olvida: Recordar que Jesús nació para traernos la salvación que se culminará con su Pasión, Muerte y Resurrección en la cruz.

No celebramos el cumpleaños de Cristo. Conmemoramos su nacimiento. Es una fiesta teológica, no exactamente biográfica, pues ni siquiera es probable que naciera el 25 de diciembre. Quizás la fecha más aproximada sería entre septiembre y octubre. La simbología de poner esa fecha para celebrar la Navidad, es porque en el solsticio los días empiezan a ser más largos, y nosotros celebramos que la Luz resplandece entre las tinieblas, es decir, Cristo es la Luz que nace para alumbrar el mundo, oscuro por estar en pecado.

Cristo, el mismo Dios, según cuentan los evangelios, nace, y su Madre lo envuelve en pañales y es acostado en un pesebre. Es decir, el Rey de reyes, pudiendo nacer donde quisiera, en el mejor palacio, con las mayores comodidades, nace de la forma más humilde y pobre: rodeado de animales, entre paja, excrementos y un cajón que hace de cuna. Sus primeros visitantes no fueron familiares y amigos, sino unos pastores que vivían por allí cerca y, más tarde, unos magos de oriente. Ignoramos cuántos eran éstos, si eran reyes, o de qué lugar de oriente procedían.

Sólo y desnudo, únicamente acompañado por su Madre y su padre en esta tierra. Así, de la misma forma murió. Desnudo y con su Madre al lado.

Adoración de los pastores. Hacia 1650. Murillo.

Si vemos diferentes representaciones de su natividad, basadas en su inmensa mayoría en los evangelios sinópticos, vemos reflejada esa pobreza. En obras por ejemplo, de Murillo o Caravaggio, podemos observar cómo esa escasez material se aprecia incluso en los pastores que van a adorarlo: ropa con remiendos o pies sucios por no disponer de calzado. Pero lo que suele ser un denominador común, es que la Luz procede del Niño.

Caravaggio lo muestra con crudeza. Murillo, con dulzura. Pero ambos coinciden en lo esencial: la encarnación ocurre en lo real, no en lo maquillado.

Adoración de los pastores. 1609. Caravaggio.

Estos artistas nos hacen ver que Dios entra en la realidad de cada uno de nosotros tal cual somos de verdad. Sin tapujos.

Así es nuestro interior. Sucio y roto por el pecado. Sin embargo, acudimos a Él porque es el único que puede sanar ese interior. Lo externo, es lo de menos. Jesús mismo nos lo dejó claro con su vida ejemplar.

Y nosotros, ¿qué hacemos? Comemos estos días mayoritariamente de forma más “especial” hasta reventar, porque es Navidad. Hacemos regalos estos días, con incontables compras, a veces innecesarias, porque es Navidad. Nos reunimos con amigos o familiares porque queremos, pero también porque toca, por interés, porque es Navidad. El resto del año nos podemos olvidar de todo eso, pero estos días… ponemos nuestra mejor máscara, las sonrisas más falsas, el amor camuflado de regalos (porque compramos así el amor).

Engalanamos todo de forma exagerada, ¿para qué? Mucha simbología, pero ¿para qué? Si en realidad es mentira, no lo sentimos, no lo vivimos, no lo practicamos ni en estos días de obligado cumplimiento.

Ostentación, cuanta más mejor, frente a la pobreza del pesebre.

Regalos, cuantos más mejor, frente al Amor con mayúsculas.

Máscaras encaladas en nuestro ser, frente a la Verdad personificada.

¿Qué estamos haciendo? Justamente lo contrario a lo que Jesús nos enseñó.

Que sí, que muchos dirán que hay que estar alegres porque Cristo nace en nuestros corazones y bla, bla, bla… verborrea barata que se contradice con nuestros comportamientos. Porque Cristo nace en nuestro corazón cualquier día del año. Es más, normalmente, cuando menos lo esperamos, aparece Él. Precisamente en estas fechas es más difícil, no que venga, sino que lo dejemos entrar, porque estamos llenos de materialismo, consumismo, apariencias y vanidades.

“Por sus obras los conoceréis”.

No vale con decir palabras bonitas, pero incongruentes y carentes de sentimientos.

No vale con decir que creemos en Dios, porque quizás, quien más crea en Dios, es el mismo Satanás.

Hay que poner en práctica (yo el primero) lo que Él nos enseñó. Y eso no significa ir con ropas raídas por la calle y con cara de pena. NO. Precisamente seríamos igual de incongruentes que ir con la cara alegre y con las mejores galas sin saber lo que estamos viviendo. Se trata de coherencia. De preguntarnos si lo que hacemos refleja lo que decimos. De reconocer que Cristo (si uno cree en Él) no nace en el ruido, sino en el silencio. No en la abundancia, sino en la humildad. No en la apariencia, sino en la verdad.

Pero es más fácil y cómodo dejarnos llevar por el mensaje cultural y consumista, ya que nos atrae más.

Y en medio de ese circo, hemos coronado como rey de la Navidad a un personaje que no tiene nada que ver con ella. Santa Claus.

San Nicolás existió, pero no como lo conocemos o la idea que tenemos de él. Fue un obispo griego del siglo IV que vivió en Turquía. Ni en Finlandia, ni en el Polo Norte, ni rodeado de renos. San Nicolás, se convirtió en Santa Claus. Unos dicen que procede de una celebración de Sinterklaas, en Bélgica y Países bajos en el siglo XVI. Otros de la deformación de pronunciar San Nicolás. Pero el que conocemos actualmente, que también llamamos Papa Noel, es el invento comercial de una empresa de frío (Lomen Company) que, para hacer su publicidad, le interesó decir que viene del Polo Norte. Posteriormente Coca Cola se hace con los derechos del personaje, lo puso barrigudo, y lo vistió de rojo, no porque simbolice el amor, sino porque es el color de la marca. 

Hoy, Santa Claus es más importante que el pesebre. Más aceptado. Más cómodo. Más rentable. Él se ha convertido en más protagonista que el mismo Dios. Y eso lo dice todo.

Todo esto nos va envolviendo, igual que los villancicos que proceden de Estados Unidos, y olvidamos el verdadero mensaje y sentido de lo que celebramos. Repito, lo camuflamos con palabras bonitas de cara al exterior, pero lo vivimos en modo despilfarro, algunos de maneras más exageradas que otros, dando qué hablar, provocando juicios, y a veces incluso escandalizando con nuestro mal ejemplo. Todo por sobresalir y ser más que los demás.

La tradición de poner y vivir el Belén se está perdiendo. No ha desaparecido, pero es evidente su decadencia. Nos avergonzamos porque es políticamente incorrecto, porque vivimos en una sociedad laica, aunque también, supuestamente libre, al menos hasta la fecha. Es decir, de alguna manera, nos avergonzamos de Cristo porque no está moda, y nosotros vivimos del postureo vacío.

Vamos dejando de decir “feliz Navidad” y lo sustituimos por “felices fiestas”, por temor a que pueda incomodar.

Hay una frase que pienso a menudo; vale para todo y, por supuesto, para este caso también, y os la comparto: El miedo nos priva de la libertad.

Desde mi punto de vista (habrá quien opine lo contrario y las dos deben ser posturas respetables), la sociedad corre detrás de modas que nos llevan a las prisas, a lo efímero, a lo material, a lo irreal, a hacernos daño, a buscar nuestro interés personal… y no sabemos ni queremos aprender a amar, ni a sentir de verdad. Cristo no vino para decirnos que la felicidad está en lo material. De hecho, nos dijo que no podíamos adorar a Dios y al dinero. En estos días, hacemos mal uso de todo, porque nos desbordamos con todo, pero todo lo material. Y si nos da por querer, sólo queremos estos días. ¿De verdad? Amar no es un acto puntual. Amar es un hábito cotidiano, un trabajo constante. Una forma de estar en el mundo. Si únicamente lo ejercemos en diciembre, también es mentira.

Esto me da para escribir un pequeño libro, pero no te cansaré pues, además, también cuento con un condicionante: cada vez se lee menos.

No. No soy “anti-Navidad”. Me gusta la Navidad. Pero no puedo vivirla desde la obligación ni desde el decorado. Si Dios no impone nada y nos hizo libres, hasta para cumplir sus mandamientos, ¿por qué nos vemos obligados a entrar por un aro, ancho y atractivo, pero que algunas personas vemos totalmente vacío?

Quizás esté equivocado. Quizás no vea con claridad. Pero sí sé una cosa: Hemos ido alejando la Navidad del lugar donde Dios eligió nacer. Pero aún podemos dejar de mirar hacia otro lado y reconocer, en nuestro interior, en qué la estamos convirtiendo.

viernes, 31 de octubre de 2025

Hoy, sin filtros

 

En mi más absoluta soledad, a veces me da por pensar que crees que no me acuerdo de ti, o sólo lo hago en días como éste. Luego recapacito y me digo a mí mismo que es imposible, si no, no te hablaría tanto. 

Cuántos días he querido enviarte un mensaje o llamarte, simplemente porque no te veo físicamente. Pero te cuento igualmente lo que sea: las buenas noticias, las alegrías, los problemas (buscando, quizás que me ayudes a solucionarlos), mis emociones, sentimientos, dolores del alma, la incapacidad ante diversas situaciones, lo que veo y otras personas no pueden ver, mis proyectos o mi vacío interior... un sinfín de conversaciones, o tal vez monólogos porque, hay días que no sé escuchar.

Millones de preguntas y reflexiones que quedan sin respuesta aparente y que, con el paso del tiempo, me doy cuenta que ahí estabas, como siempre has estado. 

Desde hace veinte años, no te echo de menos porque sé que estás, pero sí echo en falta tu presencia física: tus palabras, tus abrazos, tu voz, tus ocurrencias, tus enseñanzas... 

No sé cuántas cosas me han pasado en este tiempo. Tú las has visto y vivido, de otra forma, en otro estado, pero soy consciente de que lo has hecho. 

He crecido, he madurado en muchos aspectos. En otros, creo que aún sigo siendo un niño, tu niño. 

Conoces mi interior porque sé que Dios te lo permite. Sabes como soy en cada momento. Y puede que ahora me entiendas mejor. 

Mientras escribo todo esto, he visto aparecer delante de mí una pluma blanca. Muchos dirán que es una tontería, pero tú sabes que yo soy muy de leer simbología, y te he sentido al lado. 

Hay ocasiones en las que me gustaría irme de aquí y estar ahí, contigo, porque mis ganas de luchar desaparecen a ratos. Pero sé que aún tengo que continuar, aprendiendo, evolucionando, transformando el dolor en fortaleza, dando mi testimonio y, sobre todo, queriéndome a mí mismo. No lo digo como un acto egoísta, sino como un intento de valorarme para también, ofrecerlo a los demás. 

La vida tiene muchas cosas buenas, pero nos está faltando lo imprescindible: amar de verdad. Es difícil cuando alrededor veo lo que veo. Puede que sea como Van Gogh, un incomprendido. Quizás por eso para mí sea más que un pintor, más que un artista y me guste tanto. 

¿Lo mejor? Lo que callo, pero que tú y yo sabemos. Nuestros secretos.

Hoy no voy a poder estar como quisiera. Mi estúpida forma de ser ha hecho que tenga compromisos, tú los sabes. Pero no por eso dejaré de estar, como espero y te pido: Nunca dejes de estar. Porque habrán pasado años. ¡ Y Dios sabe el tiempo que nos quedará! Pero te sigo necesitando cerca. Porque te quiero. 


31 de octubre de 2025

miércoles, 22 de octubre de 2025

GRACIAS, Óscar


Hoy amanecí con una de esas noticias que a uno no le gusta recibir.

Ha fallecido Óscar, un compañero de clase del colegio.

Quizás no fue el compañero con quien más relación tuve, pero de nuevo me ha hecho recapacitar en un tema al que le doy muchas vueltas.

No somos nadie, y mucho menos, más que nadie, pero nos creemos importantes, imprescindibles, inmortales.

La vida es más que trabajo, dinero, poder... El trabajo dignifica, pero también nos roba la vida; el dinero nos ayuda a afrontar gastos necesarios para vivir; pero también nos hace sus esclavos; y el poder... el poder corrompe.

Todo esto nos lleva a ser prepotentes, a querer sobresalir sobre los demás, pisando a quien haga falta pero... ¿para qué?

Soy muy pesado, pero es que he llegado a mi propia conclusión, quizás errónea: ¿Dónde queda el amor?

Confundimos necesidades con amor. Placer con amor. Momentos felices con amor... Pero se nos ha olvidado amar de verdad, lo que eso significa, lo que supone...

Trabajo, dinero y poder. Todo es necesario, pero en su justa medida. Porque de lo contrario, el resultado es el que vivimos: un mundo frío, superficial, y repleto de apariencias. Ya no existe calidez, profundidad y mucho menos, verdad. Nos hemos vuelto individuales, demasiado.

Tiene narices que tengamos que vivir momentos como éste, para volver a recordar quiénes somos y para qué estamos en esta vida. Y lo peor... es que son momentos efímeros, porque la rutina nos sigue arrastrando a ese lugar vacío, del que no queremos salir.

Nos iremos como Óscar, como tantos ya se han ido, y entonces veremos el tremendo hueco que teníamos en nuestra alma, pero ya será tarde. Habremos perdido la oportunidad.

Mientras, seguimos viviendo para trabajar, en lugar de trabajar para vivir. Seguimos acaparando dinero para que se quede aquí. Seguimos mirando a los demás por encima del hombro, más llegará el día en que ellos agacharán sus ojos para mirarnos, cuando estemos bajo tierra. Seguimos haciendo daño con nuestro egoísmo individual, seguimos sin ser leales, pero ya llegará la única verdad por la que pasaremos todos: la muerte, o el transito a la otra vida, como prefiero denominarla.

Todos tenemos cosas malas, que debemos eliminar o mejorar.

Todos tenemos cosas buenas, que debemos ponerlas al servicio de los demás.

Amemos de verdad, que es lo único que no morirá, porque el amor es lo que permanecerá con nosotros para siempre. El resto... se acabará y no lo vamos a necesitar. Y nadie se acordará de nosotros ni de lo que hicimos, porque eso, sí es muy muy muy temporal.

Piénsalo. Medítalo. ¿Cuál es nuestra verdadera misión? ¿Está Dios contento con nuestro comportamiento con nosotros y con los demás?

¡Despertemos de una vez!

Hoy ha sido Óscar. Mañana puedo ser yo, o tú, que estás leyendo esto.

Perdona. Ama. Quizás en unos minutos, ya no tengas tiempo para hacerlo...

jueves, 7 de agosto de 2025

¡Ay... los chismes!: Creciendo entre espinas


Para los amantes del chisme:


Mi vida es mía, y lo que pase en ella no les interesa a ninguno de ustedes. 

No soy ni su película, ni su novela, ni su entretenimiento.

Únicamente soy autor de mi propia historia. Dedíquense a ser los autores de las suyas propias, que yo no quiero ser ni el personaje secundario, ni el epílogo de las suyas. No, no me interesa para nada.

Pero si lo prefieren, sigan hablando, sigan criticando, sigan envidiando, sigan así, si su verdadera meta es continuar siendo infelices.

Cuando el chisme destruye lo que era sagrado:

Hubo amistades que parecían firmes, hasta que el veneno de las palabras susurradas empezó a filtrarse. No fue una discusión. No fue una traición directa. Fue el murmullo, el juicio disfrazado de preocupación, la mirada que no pregunta pero acusa.

Vayamos a la Biblia y veremos que Proverbios 16, 28 lo dice sin rodeos: “El perverso provoca contiendas, y el chismoso divide a los buenos amigos.”  

Y eso fue lo que muchos querían que sucediera. El chisme llegó como una sombra silenciosa, y lo que antes era confianza, podría ir convirtiéndose en distancia.

Pero hoy pongo límites. (Todos tenemos que ponerlos en algún momento). Hoy cuido mi vida como un jardín cerrado, más que antes. Acorazado sí, pero en el interior sigue un florido, colorido y luminoso jardín que muchos, la mayoría, no podrán ver. Porque las lágrimas del mártir riegan el jardín de la gracia eterna.

¡Qué hablen los que no saben! ¡Qué inventen los que no tienen paz! Por sus obras ya los conocemos. No hace falta más. Nosotros a lo nuestro: Oración y silencio, porque entre espinas, el alma evoluciona.

Los chismes no golpean. No gritan. Los chismes susurran. Y en ese susurro, destruyen.

Pero recuerda: La oscuridad de Getsemaní precede la Luz del sepulcro vacío.

Por eso sigo escribiendo mi historia con dignidad, porque no nací para ser parte del guion de otros.

Dios no une almas al azar. Dios une propósitos. Y todos, en nuestra libertad, debemos trabajar para ello.

Ustedes sigan intentándolo, que lo que el chismoso no sabe es que esto fortalece y están creando una gigante y, a la vez, silenciosa máquina de amar y crecer.

Porque cuando en estos casos pides ayuda a Dios, Él permite el sufrimiento. Porque sabe que el dolor, es el auténtico gimnasio del alma.


El Señor nos bendiga.

lunes, 31 de octubre de 2022

Incongruencias



¿Recuerdas el miedo que pasamos con el tema de la Covid-19? Sí, Esa criatura microscópica que hacía que las personas enfermaran y que muchas murieran por su causa. Hoy prácticamente ya no nos acordamos de él y de aquella situación, sin embargo, sigue ahí.

Pues en este día, 31 de octubre de 2022, seguimos empeñados en dar culto al miedo y a la muerte, pero divirtiéndonos con ella. En efecto, muchos celebran Halloween, la mayoría desconociendo el tema, únicamente dejándose llevar por una "moda" impuesta, y se lo pasan bien dando miedo miedo a otras personas, disfrazándose de brujas, de zombis, de esqueletos que representan perdonas fallecidas...

¿Acaso no deberíamos celebrar la vida en lugar de la muerte? Nos obcecamos en las cosas malas, en hacer mal, en la muerte, como si todo acabara con ella y, sin darnos cuenta, entramos en una dinámica carnavalera de malignidad, desenfreno, hechicería y burla. Aparentemente son unos días donde hasta los niños juegan a ser druidas y muertos vivientes, todo rodeado de tinieblas, sangre, putrefacción. Pero solo es eso, apariencia. Detrás hay una simbología escondida y camuflada que nos adentra en la más profunda oscuridad de la que somos partícipes y cómplices. Suena fuerte y parece que no es para tanto pero créeme, es así.

Cristo, es la Resurrección y la Vida. A Él es al que debemos imitar y seguir su ejemplo; pero preferimos dar culto a lo satánico. Sí, a lo satánico. A pesar de que deberíamos haber tenido un escarmiento con lo mal que lo hemos pasado, se nos ha olvidado pronto, quizás demasiado, y en lugar de celebrar la alegría de las personas que han alcanzado la santidad, y de orar por aquellas que aún no lo han hecho, elegimos festejar la muerte y la brujería como algo entretenido donde gastar nuestro preciado tiempo.

No confundamos lo que conoceos actualmente por Halloween, con All hallow's eve, es decir, vísperas de todos los santos.

Y si te dieran a elegir, ¿con qué opinión te quedas? ¿El miedo a la muerte y el culto al mal, o la alegría de la resurrección?

El Señor os bendiga.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Sagrada Familia

Sagrada Familia.

Gérard Edelinck. 1704. Biblioteca Nacional de España.


Padre, Hijo y Espíritu Santo: Un solo Dios en Tres Personas.

Jesús, María y José, reflejo de la Trinidad Beatísima en la tierra: Una Familia en Tres Personas.

Los Mandamientos antes del primero dedicado a la Familia son Tres, porque el Tres es el número de la perfección. Hay que amar a Dios sobre todas las cosas, no mencionar el Nombre de Dios en vano, y santificar las fiestas, pero después de esto, lo más importante es honrar a tu padre y a tu madre. Después de Dios que debe ser lo primordial en nuestras vidas, está la Familia.

La Sagrada Familia, a quien hoy dedicamos el día, es ejemplo para nosotros de amor, humildad, obediencia, unidad… ejemplo de Familia.

La sociedad actual, con su verborrea barata, tiene totalmente devaluada a la Familia y, siendo ésta el centro neurálgico, desatendido y sin cimentación, hace que la propia sociedad se devalúe. Es la pescadilla que se muerde la cola. ¿Cuántas veces hemos dicho u oído que el mundo de hoy está muy mal? ¿No será que la Familia como tal es casi inexistente? Muchos piensan e incluso llegan a asemejar el término familia con algo antiguo o de beatos, y no contentos con eso, utilizan los vocablos en sentido despectivos.

La Familia no es cosas de viejos, no es cosa de otra época pasada. La Familia es, debe y tiene que ser actualidad constante. Independientemente del estatus social, cultura, edad… el centro del mundo radica en los padres y los hijos, con amor mutuo, respeto, obediencia, ayudas, desprendimiento, servicio, humildad… Si esto existiera en cada familia del mundo, éste sería distinto y, ni que decir tiene, que mejor.

Padres que se pelean entre sí llegando incluso a cometer asesinatos, hijos que insultan a sus padres o los mata porque “les molestan”, gritos, iras… Si esto sucede en miles de familias, ¿cómo vamos a pretender la paz universal? Si somos incapaces de tener la paz en casa, no podremos jamás conseguir algo superior. Por tanto, hemos de trabajar y cuidar lo que tenemos, porque la Familia es lo más sagrado. ¿El problema? Que no aceptamos a Dios en nuestras vidas y si lo hacemos, es de palabra y para aparentar externamente lo que no tenemos de verdad, pero no de obras. Y para que exista una Familia de verdad, con todo lo que conlleva, es imprescindible la presencia en medio de ella de Dios.

Todo tiene sentido aunque nos cueste reconocerlo. Sin Dios no podemos nada, con Él todo lo podemos. Si Dios no está con nosotros, estará el enemigo. A él le gusta crear polémica, enfados, y se alegra con nuestro pecado. En cambio Dios quiere amor, unidad, y se entristece con nuestro pecado. Por tanto, si dejamos fuera de la Familia a Dios, el que une en el Amor, nunca podremos tener esa ansiada Paz. Y si no la tenemos nosotros, no podemos llevarla a los demás. Y si no la llevamos a los demás, y los demás están como nosotros, es cuando surge el caos en el que estamos inmersos. Porque desde el origen, y podemos leerlo en las primeras palabras del libro del Génesis: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gn. 1, 2). Es decir, hasta que Dios no puso orden en la Creación, todo era caos, oscuridad, y así será nuestra Familia si no dejamos que sea Dios el que ponga orden, nos una y nos traiga su Paz.

Dios envió a la tierra a su Hijo, el Rey de reyes, el más Grande, y nació en un establo. El rostro visible de Dios invisible nace de la forma más pobre y humilde, rodeado de animales y estiércol para traernos su Paz, su Amor. Y su vida será siempre de servicio y entrega por ti, por mí, por todas las personas sin excepción. Y nosotros, ¿qué hacemos? Buscamos riquezas, queremos llevar siempre la razón, nos creemos mejores que los demás…

María y José ayudaron a Jesús a ir creciendo, ellos sólo querían lo mejor para Él, y le dieron todo lo que estaba en su manos. Con ellos fue descubriendo quien era desde su parte humana, ya que Él lo sabía todo como Dios. Y así los padres hacen con nosotros, y nosotros como padres hacer con nuestros hijos. Pero nosotros como hijos debemos ser obedientes a nuestros padres, y nuestros hijos deben serlo con nosotros, pero siempre desde el amor, no se trata de imponer nuestra ley, sino de que sea Dios el que esté entre nosotros y una la relación padres-hijos, como hizo con María, José y Jesús.

En la actualidad las personas nos “estorbamos” unos a otros; y me explico. Nos hemos vuelto sumamente egoístas por la falta de amor. ¿Qué me he quedado embarazada y no me apetece ahora tener un hijo porque soy joven y tengo que “vivir la vida”? Pues mato al bebé, le quito la vida a él, y lo camuflo con la palabra aborto o lo que es peor, interrupción del embarazo. ¿Qué tengo un familiar con una enfermedad o es disminuido físico, necesita tiempo para atenderlo y me lo tengo que quitar de mi disfrute personal? Pues lo mato, le quito la vida a él y lo camuflo con el vocablo eutanasia, porque “se merece una muerte digna”. Jesús y María acompañaron a San José cuidándolo y atendiéndolo, hasta que Dios se lo llevó. María veía cómo su Hijo sufrió la pasión y muerte, y estuvo a su lado acompañándolo hasta el final. ¿Quiénes somos nosotros para privar de la vida a nuestros familiares? Quizás algún día nos maten porque nosotros seamos los que “molestamos”. ¿Qué poder tenemos nosotros para no llevar a cabo el plan de salvación de Dios? Las cosas pasan por un fin que no sabemos ni entendemos, pero vienen de Dios y por tanto, debemos fiarnos de nuestro Padre porque será lo mejor y lo más perfecto que nos pueda pasar. No es fácil, pero en el esfuerzo es donde nos fortalecemos todos, en eso cosiste la unidad fraternal.

Ojalá nos dejemos llevar del modelo por excelencia que nos dio y sigue dando la Sagrada Familia, y lo sepamos llevar a la práctica como padres y como hijos.

El Señor nos bendiga.

domingo, 5 de abril de 2020

Domingo de Ramos 2020


Hoy la historia se repite, igual que hace más de 2000 años. El Hijo de Dios entra aclamado como el Rey de reyes en nuestras vidas, después de que hayamos pasado por el desierto árido de la cuaresma. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

Este año Dios quiere que vivamos una verdadera Semana Santa. Y no me refiero a que la parte cofrade no sea de verdad ni sentida, todo lo contrario. Cuando digo una Semana Santa verdadera, como es lógico, quiero decir unos días de oración, recogimiento, sin nada exterior que pueda distraernos y podamos meditar sinceramente, desde lo más profundo de nuestro interior, en nuestra intimidad, los misterios de la Pasión, Muerte y la anhelada Gloriosa Resurrección del Señor. A los cofrades nos entristece enormemente no poder vivir estos días como más nos gusta; es nuestra semana grande, la que ansiosos esperamos todo el año. Sin embargo Dios nos pide algo más y quizás, no terminamos de verlo o no queremos asumirlo. 

Este año no habrá templos llenos de niños, pero su alegría seguirá invadiendo nuestros hogares. No veremos nazarenos con sus capirotes despuntando entre el tumulto en la calle, pero nuestra Estación de Penitencia será más auténtica, personal y vamos a elevarla ¡al cielo! No se oirán bandas de música, pero así podremos escuchar atentamente lo que el Señor nos quiere decir. No veremos capataces trajeados llamando a costaleros y cargadores, pero todos nos pondremos bajo las trabajaderas y obedeceremos a la llamada del Capataz de nuestras vidas. No presenciaremos a los cuerpos de acólitos anunciando con sus ciriales que llega Cristo o su bendita Madre, porque Ellos ya están entre nosotros, por eso no estamos solos.  No escucharemos a la algarabía infantil portando y agitando palmas y olivos, porque esa alegría debe estar en nuestro corazón, si nos hemos convertido. No podremos deleitarnos con un paso de misterio o la hermosa trasera de un palio que se aleja, ¿habrá cosa más bonita?; pero nos deleitaremos con la Palabra de Dios que alimenta nuestra alma y eso, más que algo bonito, es lo más útil  y maravilloso que nos pueda suceder, hablar con el mismo Dios.

Recuerda que Cristo estuvo 40 días en el desierto, nosotros… no sé cuántos días en nuestros hogares. Él no se quejó, nosotros no paramos de hacerlo. Él no tuvo techo, comida, ni agua; nosotros sí. Nosotros estamos de cuarentena obligada por un virus, Él estuvo de auténtica Cuaresma por voluntad propia, preparándose para lo que le venía encima. Así que, engalana tu casa para la ocasión y que los niños colaboren con sus dibujos y manualidades, que el Rey va a llamar a tu puerta y te quiere ayudar. Viene para sanar tu alma, tus preocupaciones, tus dolores, salvarte a cambio de su vida. Cambiará tu lamento en baile, tu luto en alegría (Salmo 30, 11). Nos resucitará como Él, pero para eso, tenemos que pasar nuestra pasión personal y crecer en la CARIDAD. En este contexto de actualidad, todo acabará y volveremos a la vida del día a día, pero tenemos que terminar de pasar este período de prueba, de cruz vírica y confinamiento.

No seamos necios y aprovechemos este tiempo, que es un regalo de Dios. Abridle vuestro corazón sin miedo al qué dirán, sin miedo a aceptar su voluntad, sin miedo a equivocarnos, porque es cuando más seguro estaremos, a su lado. Ten FE como tuvo María. ¡Conviértete!

Ánimo a todos los enfermos, a las familias de los fallecidos por causa del  Covid-19, y a mis queridos hermanos cofrades por esta Semana Santa tan peculiar. Que a todos, pese a la amargura que podamos llevar por dentro, nunca nos falte la ESPERANZA.


Que todo sea para la Gloria de Dios y bien de nuestras almas.
El Señor nos bendiga.

martes, 31 de marzo de 2020

Nuestra Santa Cueva

Oratorio de la Santa Cueva. Capilla Baja.
Cádiz.
📷 Autor.
La ciudad de Cádiz esconde muchas joyas y, una de ellas, es el Oratorio de la Santa Cueva. Un lugar que podemos decir, pasa inadvertido al viandante, pues su arquitectura civil, tan sólo rota por un retablo  hornacina con una copia de una pintura de Nuestra Señora del Refugio (el original, después de muchos años expuesta en este lugar, se conserva en el interior del edificio), obra  de Franz Riedmayer (1796) y dos vitrinas de exvotos, apenas dejan imaginar la maravilla que encontraremos si nos adentramos. Tanto si vivís en Cádiz como si vais de visita, no dudéis en contactar con ArtGest, y podréis conocer de su mano el asombroso, misterioso e impactante templo.

No me voy a exceder en su descripción, pero sí quiero destacar que dicho oratorio tiene dos capillas, denominadas baja y alta. La Capilla Baja es un espacio sobrio, sin decoración alguna, sombrío a excepción de una luz cenital que entra por la linterna  en el presbiterio, lugar que alberga el único elemento escultórico: El Calvario, obra de Juan Gandulfo y Jácome Vaccaro. Es un espacio creado para la meditación sobre la Pasión  de Cristo. La Capilla Alta, ricamente decorada, está dedicada al Santísimo Sacramento. Una lectura rápida nos hace ver que, primero hay que descender a nuestro interior más profundo, desprendernos de todo, orar, meditar, ayunar, hacer sacrificios, purificar el alma y, una vez que tenemos el corazón bien dispuesto, podemos elevarnos y recibir a Jesús Sacramentado.

La sociedad ha dejado de lado y olvidado a Dios, la Luz del mundo. Si el mundo queda sin luz, permanece en las tinieblas más oscuras. Por eso Dios, en su infinita bondad y misericordia, después de múltiples pequeñas advertencias, quiere y desea ardientemente que volvamos a Él. Nosotros somos incapaces de acudir a Dios porque estamos en un profundo pozo del que no nos interesa salir. El coronavirus, pese a que pueda parecer lo contrario, es otra cuerda más que el Señor nos lanza para que nos agarremos a ella y podamos subir a la superficie, ver la luz, contemplar las verdaderas maravillas, y respirar el aire que nos renueva el alma, la brisa Divina.

Estoy convencido de que este virus que arrasa el mundo, nos ha llegado en Cuaresma y nos ha hecho estar confinados en casa para que podamos vivirla de corazón. Nos obliga a ayunar de muchas cosas, nos intenta unir a todos, y nos lo pone en bandeja para que oremos y nos convirtamos. El que no está enfermo, conoce a alguien contagiado, o vive con la terrible incertidumbre de contagiarse e incluso perder la vida en ello; es decir, todos de una manera u otra, estamos sufriendo. Sin embargo, en el sufrimiento y en el ofrecimiento de esa angustia y dolor, es donde está nuestra salvación personal y la de los demás.

Nuestra casa se ha convertido en nuestra particular Santa Cueva y estamos pasando unos días en la Capilla Baja. Aprovechemos este regalo, sí, este regalo que Dios nos hace. Así como un padre corrige a su hijo cuando lo hace mal, Dios nos está corrigiendo a todos a la vez. Ojo, no es un castigo, repito, es una corrección y una oportunidad  preciosa para humillarnos, reconocer nuestras faltas, pedir perdón a Dios y a quien hicimos daño, y así poder ascender a nuestra particular Capilla Alta.

Muchos aprovechamos estos días para expresar nuestras inquietudes, subir a Internet fotos, oraciones, videos con el fin de intentar evangelizar en nuestras posibilidades. Es una ocasión como nunca tuvimos para orar y hacer orar a los demás, al menos meditar, llevar la Palabra a otros, apoyar y ayudar al que lo necesite. Es hora de que el corazón hable por nuestras bocas, y no proclamar teorías sabidas que no llegan al interior de quienes nos escuchan o leen. En este sentido, queridos hermanos sacerdotes, aprovechad la magnífica coyuntura que se nos brinda  para alentar a los fieles, ayudar a la conversión de otros, atraer nuevas ovejas perdidas al rebaño de Cristo. La inmensa mayoría, ante nuestra imposibilidad de asistir a las Eucaristías, las publican en directo por diversas redes sociales y televisión para que podamos estar presentes. De igual forma, son miles de sacerdotes en todo el mundo que bendicen con el Señor a las distintas ciudades. Quizás estas publicaciones sean visionadas por muchas personas de las que asisten a misa normalmente, tanto de diario como la dominical. ¿No es una oportunidad de oro? Eso sí, todos corremos el riego, sacerdote y fieles, que lo que publiquemos sea buscando nuestra gloria y no la de Dios. Es muy tentador usar esta circunstancia que vivimos, para lucrarnos y lucirnos nosotros mismos y no ayudar al prójimo, pero como toda tentación, si la consentimos, no hará más que hundirnos más personalmente, pese a que otros nos digan “qué bonito” o “qué bien los has hecho”. Recordemos todos, que las personas miramos mucho las apariencias, pero Dios mira nuestro corazón. Lo importante es que sirva a los demás, no que nos sirva a nosotros mismos. No alimentemos más nuestro ego o no seremos capaces de creer aunque viviéramos la Parusía y contempláramos el Divino Rostro de Cristo.

Aprovechemos que estamos en nuestras capillas bajas, meditemos la Pasión del Señor que estamos a punto de celebrar, ofrezcamos nuestros sacrificios y ayunos (aunque sean obligados) y, por supuesto, oremos por nosotros, nuestra conversión y la de los demás. El poder de la oración es tan grande que ni imaginamos cuán inmenso es. Y pidamos a María y a San José, que intercedan por nosotros para que, este cáliz que hemos de beber, esta cruz que debemos llevar si es voluntad de Padre, lo aceptemos y la llevemos lo mejor posible pues, como bien decía Santa Teresa, “la Cruz abrazada, es la Cruz menos pesada”.

El Señor nos bendiga.

martes, 24 de marzo de 2020

Covid-19 (II)



Con el confinamiento llevo varios días pensando sobre una misma idea. Dudaba si plasmarla de forma escrita, pero dado que varias personas me han hablado del tema, he considerado la opción de hacerlo por si a alguien le sirve.

No sé si estaré en lo cierto, pero quiero expresar mi parecer y, aunque este tema ya lo traté en el post anterior, voy a intentar profundizar un poco más.

Desde mi punto de vista, el maligno puede que tenga algo que ver en esta situación que está afectando ya al mundo entero. Y Dios, después de intentar avisarnos por otros medios, no ha conseguido que nos demos cuenta, o mejor dicho, nosotros no hemos querido oir ni ver lo que Dios nos ha estado intentando advertir. Ni que decir tiene que Él sólo quiere nuestro bien y felicidad; pero está permitiendo esta pandemia para que reaccionemos de una vez. Es como las tentaciones, que en la lucha contra ellas, nos hacemos más fuertes y ganamos en virtudes cuando las vencemos. Hemos de recordar una vez más lo que nos dice su Palabra en  1 Corintios 10, 13: No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar. Es decir, que esto podemos vencerlo porque está a nuestro alcance. ¿Cómo? TODOS unidos,  regalándonos AMOR, ayudándonos, compartiendo y aceptando al Señor como prioridad en nuestras vidas.

Muchos son los que, ante estos momentos están sintiendo esta llamada que el Señor nos hace y se están convirtiendo. Algunos están incluso retomando amistades que daban casi por perdidas. Otros se están volcando con los demás y están dejando sus “comodidades” a un lado. Hay quien está dando, literalmente, su vida por otros…

Sin embargo, otros siguen en su ego más absurdo, negando y renegando de Dios, creyéndose el centro el universo, sin querer darse cuenta que sin Dios, ellos tampoco pueden nada, ni siquiera vivir. Se publicitan cada vez que pueden y, en esta temporada en la que todos parece que queremos publicar todo en redes sociales, puesto que no podemos ni debemos salir de casa, aprovechan para hacer su propia campaña, y no sólo los políticos, sino cualquiera, incluidos parte del clero que, no por ser presbíteros, dejan de ser humanos imperfectos como el resto de los mortales. “Porque YO he dicho…”, “YO he pensado que lo mejor es…”, “gracias a MÍ tenéis…”  ¿Qué narices estamos pensando? ¡Qué esto se trata de TODOS, que TODOS somos Iglesia y TODOS somos los que formamos el Cuerpo Místico de Cristo!

No podemos acudir a los templos, no podemos recibir la Eucaristía. ¿Una estrategia del demonio que nos permite asistir a comprar para alimentar nuestro cuerpo, pero no podemos ir a alimentar nuestra alma? Sí, tenemos la comunión espiritual, pero somos tan ignorantes y con tan poca fe, que no sabíamos lo que teníamos hasta que lo hemos perdido.  Acudamos, pues, al Espíritu Santo, que siempre está a nuestro lado cada vez que lo invocamos. Que esta Cuaresma y Semana Santa, la convirtamos en un adelantado Pentecostés entre todos, porque los templos están vacíos, sí, pero la Iglesia está viva.

Ojalá y todos nos convirtamos en esta Santa Cuaresma, que la penitencia del Covid-19 nos ayude a ser mejores, a olvidarnos de nuestros egoísmos y ser más generosos, a olvidarnos de nuestras soberbias y ser más humildes, a querernos más, a prestarnos más atención entre todos, a preguntarnos aunque sea de vez en cuando “¿cómo estás?”, a buscar la Gloria de Dios y no la nuestra, que ya cansa y aborrece tanta vanagloria. Que hablemos desde el corazón, que para teorías ya estamos también cansados, que prediquemos con nuestro ejemplo más que con nuestras palabras vacías… seamos auténticos soldados de Cristo, discípulos del Señor, evangelizadores y, sobre todo, buenas personas. Tenemos un guion para seguir, los Mandamientos de Dios. Tenemos al mejor Maestro, a la mejor Madre. Tenemos a los Santos, que fueron pecadores como nosotros, cosa que nos ha de alentar en nuestro caminar.

¿Estamos aburridos de estar en casa? Oremos, hablemos con el Señor. Contémosle nuestros problemas, agobios, pensamientos. Él está deseando que vayamos a su encuentro como hijos pródigos. Él tiene siempre la mejor solución, quizás no la que queramos, pero sin duda será la perfecta. Andamos como locos buscando mascarillas, pero no buscamos a Dios, que es el que nos protege de todo mal. Íbamos a misa e ignorábamos que la última vez que fuimos sería la última que tendríamos a Cristo Sacramentado con nosotros. Recuerda que el enemigo trata de limitar nuestra oración a través de la pereza, de pensamientos como “¿para qué?” o “luego lo hago”, porque sabe que la oración, y más si es junto a María, lo limita a él.

Multitud de sacerdotes están celebrando la Eucaristía por Internet, radio, televisión. Que esto no nos malacostumbre, porque estemos en casa y nos parezca muy cómodo, esa tentación egoísta debemos eliminarla ya de nuestra cabeza. Esto es excepcional y debemos rezar para que dure lo mínimo posible.

La soberbia, el egoísmo y la desobediencia están intentado acabar con el mundo. Este virus está haciéndonos a todos sufrir, de una u otra manera. Muchos, demasiados, están muriendo. Otros están pasando dolor. Otros tienen algún familiar infectado o viven con la intranquilidad de poder estar ellos mismos infectados produciendo el miedo lógico de contagiar a sus familias… Ofrezcamos estos sufrimientos por la conversión del mundo, oremos y recemos por la salvación de los enfermos y por las ánimas del purgatorio. Que esta pandemia no sea en vano, que podamos decir, maldito virus pero bendito virus, que nos ha ayudado a salir del pozo oscuro del pecado en el que estamos todos inmersos.

Hermanos: ¡Ha llegado la hora de dejar de vivir para uno mismo! No es casual, como hemos dicho en varias ocasiones, que todo esto esté sucediendo en Cuaresma. Y es que ha llegado el momento de vivir con Dios y por Dios; con los demás y por los demás, es decir; con Amor y por Amor.

Señor Jesús, sé Tú nuestro camino, nuestra salud, nuestra vida.
María, ruega por nosotros y llévanos de tu mano a tu bendito Hijo.

lunes, 16 de marzo de 2020

Covid-19


Antes de empezar, quiero agradecer la labor que están desarrollando el personal de los hospitales y centros de salud, farmacias, centros de alimentación, basureros, servicio de limpieza y transportistas que nos acercan alimentos y medicinas, jugándose todos la salud e incluso la vida.

Pese a que sea distinta a otras ocasiones, estamos viviendo el tiempo de Cuaresma, no lo olvidemos, un tiempo de oración, conversión, penitencia, meditación… Pues bien, al hilo de esto y meditando precisamente, en estos momentos difíciles y de incertidumbre que estamos pasando, pienso que no es una casualidad que sea en este tiempo litúrgico, y que no es un castigo de Dios. Sin embargo, Dios está permitiendo que suceda por alguna razón que aún desconocemos, ¿pero cuál? Muchos dicen que hay que aprovechar estos momentos de estar obligatoriamente en casa para estar con la familia, rezar juntos… y me parece muy acertada la propuesta.

Pienso que Dios está permitiendo todo esto a nivel mundial, por nuestro comportamiento. Me explico: El ser humano, desagradecido como él sólo, piensa que todo está permitido, que todo vale en esta vida, que él siempre lleva la razón…, y nada más lejos de la realidad. Esta forma nuestra de actuar en todos los ámbitos, nos está llevando a una caos generalizado, a olvidarnos de forma sublime de nuestro Creador, a un egoísmo sin límites, a una falta exagerada de humildad, a unos enfados entre nosotros hasta el punto de matarnos literalmente. Esto no es cosa de Dios, esto es cosa nuestra que nos estamos dejando llevar de unos aparentes beneficios personales procedentes del engaño del que es el rey de la mentira, el mismo demonio, al que le estamos haciendo caso (siempre hablando de forma generalizada, por supuesto). Vivimos de manera superficial, no actuamos de corazón, no hacemos las cosas por el bien de todos, sino que nuestro proceder es con una falsa apariencia buscando un reconocimiento, por parte de los demás, absurdo e inmerecido. No queremos aprender, no nos dejamos enseñar porque pensamos que estamos siempre en posesión de la verdad. Pensamos que orar y rezar es de beatos (usando el término de manera insultante), de viejos, o de imbéciles. Pensamos y queremos hacer ver  los demás, que el demonio no existe y Dios tampoco. Quizás no nos interesa creer en la existencia de ambos, alegando que el mundo avanza y esto ya “no se lleva”, y por tanto, no merece la pena ni intentarlo. ¡Pobres ilusos y desgraciados! Cada día apartamos más a Dios de nuestras vidas, de nuestros hogares, de nuestros trabajos, de nuestros colegios… y es cuando más lo necesitamos, porque donde no hay LUZ, hay oscuridad. Si cada vez la apagamos más, más sombrías tinieblas ocuparán nuestras vidas.

A pesar de estos días de inseguridad, he podido comprobar que no escarmentamos. En los centros de alimentación hemos arrasado (y seguimos haciéndolo) como si no pudiéramos comprar nunca más, almacenando tal cantidad de comida en nuestras viviendas, que ya ni cabemos nosotros mismos. Hemos sido tan egoístas que no pensamos en aquellas personas que no tienen medios económicos suficientes para hacer lo que hacemos, y tienen que vivir al día. A estas personas, no les hemos dejado agua, leche, patatas, huevos, aceite, legumbres, verduras…, y por supuesto, papel higiénico. Hemos llenado carros de supermercados un día tras otro, tanto, que al final habrá cosas que nos caduquen, o tiraremos. ¿Qué estamos haciendo?, no miramos por nada ni por nadie  solo nuestro yo, pero hablamos del Señor y no miramos el mal ejemplo que estamos dando.

Hay miles de personas que mueren porque no tienen nada que comer, ese “virus” del hambre no nos interesa ni que se mencione porque nos pilla “lejos”. Pero puede que nos termine cogiendo, entonces entenderemos lo que otros hermanos nuestros están pasando.

Desgraciadamente esto no lo vemos. Sé de sobra que esto no es una broma, que es muy serio. Necesitamos comer para alimentarnos, por eso se abren los centros de alimentación, es lógico, hay que seguir viviendo y enfrentándonos al virus. Estos se convierten en auténticos focos de contagio, por la cantidad de personas que entramos a diario a comprar. Pero, ¿quién alimenta nuestra alma? ¿Eso ya no es importante? No podemos acceder a nuestros templos a recibir la Eucaristía, ni a rezar. Recordad lo que el mismo Jesús nos dijo: “Venid a mí lo que estáis cansado y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt. 11, 28). Los cristianos (se supone) que debemos creer en que Dios lo puede todo, que debemos confiar en Él, que Él es nuestro alimento y que sin Él no podemos nada y con Él todo lo podemos. En este período podemos y debemos hacer una comunión espiritual que alimente nuestro interior. “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad”, leemos en Jn. 4, 24.

Creo que el coronavirus es una ocasión excepcional para que recapacitemos personalmente sobre nuestro comportamiento. Invito a que cada uno hablemos individualmente con Dios y le pidamos ayuda. Volvamos a Él como hijos pródigos, y seguro celebrará un banquete en nuestro honor. Que aprendamos a ser humildes, generosos, que sepamos discernir lo que Dios nos dice en cada momento. Él no quiere nada mala para nosotros, Él quiere que seamos felices en esta vida, y que amemos a los demás como Él nos ama. Es una oportunidad que nos brinda para la reconciliación y la unidad de todos, porque unidos es cuando podremos vencer la enfermedad, cuando podremos vencer al mal, y cuando más nos podremos acercar a Dios y a su bendita Madre. Es el momento de encerrarnos en nuestras habitaciones y orar intensamente, hacer un sincero examen de conciencia, preparar una buena confesión para poder comulgar, cuando pase esta pesadilla, y celebrar una Eucaristía, es decir, dar gracias a Dios.

El demonio está contento en estos momentos porque ni siquiera podemos pisar la Casa de Dios. Las conciencias de muchos se debilitarán y ya no verán necesario acudir a la Eucaristía cuando pase todo esto. Luchemos contra Él, acudamos a María y a San José, que estamos en el es que la Iglesia le dedica, recemos el Santo Rosario, el ejercicio del Vía Crucis… Ofrezcamos pequeños sacrificios por el cese del virus y por nuestra conversión y la de los demás. No nos creamos los mejores, no juzguemos, compartamos más, no nos quejemos por tonterías, dejemos de ver tanta basura en la televisión que no nos lleva a ningún sitio, leamos más, hagamos cosas para no tener tiempo ocioso…

No está siendo una Cuaresma cofrade, pero quizás Dios permite esto para que nos demos cuenta de una vez, que lo verdaderamente importante es nuestra alma, y no sacar una imagen a la calle, pese que a mí me encante porque sea cofrade. Por eso Dios quiere que cuidemos nuestro espíritu, que lo preparemos para cuando venga a buscarlo. Al fin y al cabo, es lo único nuestro que pasará a la vida eterna, lo demás no.

Dios nos está dando oportunidades, avisos. Él es el Padre bueno que desea lo mejor para nosotros, sus hijos. ¿Le haremos caso? De ello depende nuestra salvación. Ora, y medita la Palabra. Adéntrate en el Misterio de Dios. A cada uno de nosotros nos está pidiendo algo, quiere moldearnos a todos e individualmente. Quiere hacer de nosotros, un vaso  nuevo.

Carga con tu cruz y llegarás triunfante a la Pascua. CREE y verás la GLORIA.