martes, 20 de abril de 2010

Mi amigo Iñaki

Hace un par de días tuve un pequeño "enfado", o mejor dicho, malentendido con un amigo. Y digo malentendido porque así fue, no llegó a tener calificativo de enfado. Uno dijo una cosa y el otro entendió otra y, aunque molestos, dolidos e incómodos ante aquella situación, al vernos nos dimos un gran abrazo de saludo, como siempre hacemos. Con unas miradas complices y unas palabras traviesas como "ya hablaremos tú y yo" y la irónica emlpeada en estos casos como "sí, sí, contento me tienes", quedamos para tratar el tema. Y así fue. Nos sentamos, cada uno nos contamos nuestras versiones, entendimos nuestras posturas mutuamente y, de nuevo, tras la reconciliación nos fundimos en otro muy sentido abrazo.
Es la recompensa que el Señor nos da. La alegría interna de sabernos perdonados el uno al otro. Y es que, en estas pequeñas diferencias, es donde la amistad se fortalece y une más a las personas. Nos sentimos perdonados por el mismo Jesús, porque vemos en el prójimo al mismo Jesús.
Que esto nos sirva a todos para seguir creciendo cada día más en Él.


El Señor resucitado os bendiga.

sábado, 10 de abril de 2010

Domingo de la Misericordia Divina

El Evangelio de este domingo, según san Juan (Jn. 20, 19-31) dice así:

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: - «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegria al ver al Señor. Jesús repitió: - «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. » Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: - «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: - «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: - «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: - «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: - «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: - «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Este día celebramos el Domingo de la Divina Misericordia. Y dos aspectos hay que resaltar de este evangelio. Desde mi punto de vista están íntimamente relacionados, pero son dos. Por un lado tenemos la institución del bendito sacramento de la penitencia. Es importante recordar que no es el sacerdote el que perdona los pecados, sino que es el medio, el vehículo que Dios usa para perdonar los pecados. Si nos fijamos bien, antes de dar el poder de perdonar les dice "recibid el Espíritu Santo". Por tano, es por medio del Espíritu Santo como se perdonan. Aún así, los sacerdotes son el canal. Es uno de los pinceles importantes que Dios utiliza para pintar el cuadro de nuestras vidas. Sin ellos, es muy difícil que la obra avance. Por eso debemos orar mucho por ellos. Orar por los sacerdotes, para que sean auténticos pastores nuestros, que nos ayuden y que prediquen con su buen ejemplo. También tenemos que pedir por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor regale el don de la vocación sacerdotal a muchos jóvenes, para que sean auténticos soldados de Cristo, para que sean portadores de la Palabra de Dios, para que impartan sacramentos importantes como el que tratamos hoy. Y es que la confesión, es un regalo que Dios nos hace y a veces no sabemos aprovecharlo. Recuerdo unas palabras de un sacerdote que, hablando de la penitencia decia algo parecido a esto: "Imaginad que un banco lanza una oferta que dice que con solo entrar y decir tus deudas, el mismo banco te las perdona. Pues algo parecido es la confesión. Un sacramento en el que llegas, dices cuáles son tus deudas (pecados) y el Señor te lo perdona". Pues por eso no es casualidad que celebremos el día de la Misericordia Divina. Es el día en que el Señor, con su infinita misericordia instituye el sacramento de la penitencia y nos perdona los pecados. ¡Qué alegría y qué peso de encima nos quitamos cuando nos confesamos! Nos sentimos parece que, hasta más ligeros. No en vano, Dios nos ha quitado el peso y la ansiedad de las tinieblas en las que estábamos. Nos libera y nos devuelve de nuevo a la Vida.

Por otra parte tenemos la duda de Tomás. Duda de fé. Él, no sólo duda que Jesús hubiera estado con sus discípulos, sino que, además, pone sus condiciones para creer. Algo similar nos pasa a veces a nosotros. Dudamos de lo que el Señor nos ha prometido porque no ocurre cuando queremos y, a parte, queremos que pase como queremos. Ahí están nuestras dudas y nuestras condiciones. Pero -y aquí está la relación de la que hablaba al principio- el Señor nos dice: "Toma, esto es lo que me habías pedido y yo te había prometido. Anda, anda... no dudes más". A lo que nosotros respondemos: "Señor mío y Dios mío". Que viene a ser lo mismo que "Perdóname Señor por haber dudado de Tí, perdóname Señor por mi impaciencia". Y ante nuestro verdadero arrepentimiento, Jesús, con su infinita misericordia nos vuelve a perdonar una vez más, pero nos recuerda: "No seas incrédulo sino creyente"

Demos gracias a Dios por su paciencia, su fidelidad, su perdon... por su Amor, por regalarnos el sacramento de la reconciliación, por el que volvemos a convertirnos en hijos de Dios.


Que el Señor Resucitado os bendiga.

jueves, 8 de abril de 2010

Señor, Señor...

Estamos en el tiempo de Pascua. Cristo ha resucitado, ha vencido a la muerte y nos ha devuelto a la vida. Estamos de enhorabuena. Por ello os deseo a todos, una muy feliz Pascua de Resurrección. Estábamos esperando con ansiedad este precioso tiempo, de hecho, hemos celebrado la fiesta más grande que tenemos. Después de la cuaresma y la semana santa, nos llega un tiempo de luz, de alegría, de gozo, de alabar la Gloria de Dios. Sin embargo estamos en el mundo, y pese a que nos encontramos en este tiempo litúrgico, los hombres pensamos que ahora, después de las penitencias, ayunos, oraciones... todo vale, y no es así.

Hoy quisiera centrarme en una cita del evangelista Mateo (Mt. 7, 21-27). En ellas, las palabras de Jesús son durísimas, pero a veces no queremos oirlas y las consecuencias serán la ruina para nosotros sino ponemos en práctica sus palabras. La cita dice así:

"No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad! Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina."

Que el Señor nos pueda decir "apartaos de mí que no os conozco"... sinceramente, ¡qué angustia, qué miedo! Nos estamos jugando la salvación. Esa salvación que Dios nos regala y que nosotros, por nuestros propios egos, rechazamos.

Y es que, en ocasiones , nos atrevemos a obrar y/o hablar en nombre del Señor, pensando que así todo lo que decimos o hacemos es bueno, o verdadero. Pero no. No lo escuchamos y, por tanto, no hacemos su voluntad, sino que hacemos la nuestra poniendo al Señor por delante. Y es que, incluso hacemos daño a los demás porque su postura nos incomoda por no ser como la nuestra, pero con decir "así lo quiere el Señor", pensamos que el daño desaparece, o no es tal. Nos escudamos en el Señor, lo ponemos de barrera, pero simplemente como escusa, porque en el fondo sabemos que no estamos obrando bien, no es su voluntad la que estamos cumpliendo, sino que intentamos que sea la nuestra porque nos creemos infalibles, o simplemente, los que más cercanos a Dios estamos.

Si hacemos las cosas con amor (de verdad, sin disfraces, sincero) seguro estamos cumpliendo la que Dios quiere. Si tenemos resentimientos, celos, egoismos, envidias, soberbias, ocultismos, falsedades... por mucho que digamos "Señor, Señor" no lo estaremos haciendo bien.

Precisamente ayer miércoles, como sexto día de la novena de la misericordia, Jesús nos recuerda: "Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón". Confiemos de verdad en la Misericordia Divina. Jesús, mejor que nadie, sabe de lo difícil que es, en ocasiones, cumlpir la voluntad del Padre. Hasta Él le pidió que apartara el cáliz que le venía, pero no por eso dejó de cumplirla. Seamos humildes, aceptemos y cumplamos su voluntad, sabiendo que, todo lo que nos pasa es lo mejor que nos puede pasar, porque si viene de Él, porque si de verdad es lo que Él quiere, es lo mejor, aunque nos parezca lo peor. No sabemos sus planes. Recordemos que ha resucitado y ha vencido al pecado. A su lado nada debemos temer, porque la victoria es de nuestro Dios.


El Señor Resucitado os bendiga.

sábado, 3 de abril de 2010

Sábado Santo. La soledad de María

Después de haber celebrado la Cena con Jesús. Haber seguido su Pasión y Muerte; hoy, sábado, es un día de luto inmenso. Jesús está en el sepulcro. Esperamos con ansiedad la noche más importante del año. La noche más grandiosa, en la que Cristo resucitará.
Mientras, queremos estar con la Santísima Virgen, acompañarla en su dolor y, sobretodo, en su soledad.

Stabat Mater

Estaba la Dolorosa,
al pie de la Cruz, llorosa,
donde pendía el Hijo.
Su alma gemía de dolor
y una espada traspasó
su pecho afligido.

¡Cuán triste e inconsolable
quedó esta bendita Madre
del Hijo Unigénito!
¡Como se dolía María
mientras las penas veía
de su primogénito!

¿Quién podría sin llorar
a esta Madre contemplar
en tanto tormento?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si viera
vuestro sufrimiento?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
suplicio y flagelo.
Vio a su Hijo dulce y amado
ir muriendo desolado,
sin ningún consuelo.

¡Oh Madre, fuente de amor!,
haz que sienta tu dolor
y llore contigo.
Haz que arda mi corazón
amando a Cristo, mi Dios,
mi divino amigo.

En mi alma, Madre, te ruego
que imprimas a sangre y fuego
las llagas de tu Hijo.
Haz que comparta las penas
que el alma de Cristo llenan
en el Crucifijo.

Deja que contigo llore
mientras viva, los dolores
de Cristo sufriente.
Junto a la Cruz del amado
quiero estar siempre a tu lado
y llorar su muerte.

No rechaces lo que pido
déjame llorar contigo
Virgen clara y santa.
Haz que lleve en mí la muerte
de Jesús y que su suerte
y llagas comparta.

Que con sus llagas sea herido
y me embriague la Cruz, pido
por amor a Tu Hijo.
Que inflamado y encendido
Por Ti sea defendido
en el día del juicio.

En la hora de mi partida
dame Jesús, por María,
lo que más preciso:
cuando mi cuerpo esté muerto,
lleva mi alma al dulce puerto
que es tu paraíso. Amén.


jueves, 1 de abril de 2010

El esperado Martes Santo

Martes Santo. Para mí, la noche más cofrade del año. Y es que, desde que tenía 3 años, ya salía en esta procesión acompañando al Señor de la Salud y a Nuestra Señora de los Dolores. Casi podría decir que en la nohe del martes, yo cumplía mi XXX aniversario como cofrade.
Cuando llego al templo, siento un nerviosismo interior difícil de exclpicar .Túnica roja, cíngulo blanco, capa blanca, cordón con la medalla de la hermandad, capirote negro y guantes blancos es la indumentaria que vestimos desde que se fundó la cofradía, allá por el año 1944.
Antes de salir, hicimos una pequeña oración dirigida por el párroco y director espiritual, el cual, también bendijo al paso del Señor porque había estrenos en él.
A las 20.30 horas, se abrieron las puertas del templo para que saliera la cruz de guía. Ya empezaba todo. Ante nosotros, y después de la primera "levantá", iba poco a poco, llegando el paso a la puerta. Con un muy leve mecido se veía, desde dentro, la silueta del cruficado que salía de su templo al son del himno nacional, para bendecir y dar SALUD a todos, un año más. Minutos más tarde, empezabamos a caminar hacia la calle. Sólo se oye al fondo de la iglesia al capataz que da las órdenes oportunas a los costaleros, el sonido de las zapatillas de estos, las bambalinas chocando con los varales con un ritmo constante... esto para mí es parte de lo que denominamos: sentimiento cofrade.
Una vez en fuera, oigo de nuevo el himno nacional. Ya está María Santísima de los Dolores en la calle otro año. Nadie entiende nuestros problemas como Ella. Nadie sabe de nuestros sentimientos como Ella. Nadie sabe de nuestros DOLORES como Ella. Radiante estaba la Reina para salir a ver a sus hijos.
Pero no sólo eso es la noche del Martes Santo para mí. No sólo es el olor a incienso, la cera caliente de los cirios, el colorido de las flores de los pasos, una saeta entre el gentío, el sonar de una corneta o de una marcha como "Encarnación Coronada" acompañada de un Ave María... No. Es también mi propia estación de penitencia; pero ustedes me van a permitir que esto me lo guarde para mí.
La noche terminó y la sensación de todos es de satisfacción. Unos por el trabajo bien hecho en la noche, otros porque ven la recompensa de todo un largo año de trabajo, otros porque les pareció muy bonito, otros porque Dios les regaló un Martes Santo más...
Sea lo que fuere, aquí no acaba todo. Sin duda nos queda la parte más importante de la Semana Santa, que es el Tríduo Pascual, en el que celebramos la Última Cena de Jesús, su Pasión, Muerte y Resurrección.




El Señor os bendiga.

lunes, 29 de marzo de 2010

Hoy es Lunes Santo

Ayer, Domingo de Ramos, comenzaba la Semana Santa. Aunque la pasión de Jesús empieza el Jueves Santo, desde el domingo iniciamos a recordarla con la catequesis en la calle, que son las procesiones. Algunas localidades desde el Viernes de Dolores, comienzasn con sus desfiles denominados de vísperas.

El caso es que, como buen cofrade que fui y que sigo siendo (aunque en menor medida actualmente) salí a la calle a ver al Cristo de Medinaceli y a Ntra. Sra. de la Esperanza. Y fue allí, en la calle, viendo a Jesús cautivo, maniatado, ante la mirada de cientos de personas, cuando pude contemplar, una vez más, el amor de Dios hacia nosotros. Fue el primer momento emotivo de esta semana mayor. Y digo primero, porque espero poder contemplar alguno que otro.
Cuando, después de una "levantá", continuaba su marcha de regreso a su templo, empieza a girar el paso hacia la acera izquierda de la calle. No sabía porqué y de repente miré hacia la izquierda y arriba. La hermnadad estaba teniendo un detalle con una persona. Sí. Allí había un hombre en un balcón, de rodillas y abrigado con una bata de casa. El hombre empezó a llorar y a echar besos con su mano derecha al mismo Dios, que tenía cara a cara. Sentí cómo el mismo Jesús se volvió a sanar a aquel enfermo, que lo único que necesitaba era mirar el rostro del Señor. Durante aquellos escasos minutos, Él mi hizo ver de nuevo, su infinita misericordia y amor por nosotros.

En este día, celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalém. Todos le aclamamos como Rey, con palmas y olivos. Pero somos nosotros, los mismos que le aclamamos, los que luego le crucificaremos. Ante la imagen del Medinaceli, ya lo teníamos preso, y sin embrago, Él no deja de perdonarnos, de sanarnos, de dar su vida por nosotros. Y no sólo eso, sino que además nos regala la Salvación. Su misericordia es tan grande que no podemos entenderla en nuestras mentes humanas y limitadas. Por eso mismo, aunque fuese por unos instantes, y por ver ese milagro de amor a los hombres, por enésima vez, no me canso de decirle: ¡¡GRACIAS JESÚS!!

viernes, 19 de marzo de 2010

San José

Hoy, 19 de marzo, celebramos la festividad de San José. José, esposo de María. José, padre putativo de Jesús.
Pocas son las apariciones de José en las Sagradas Escrituras, y las pocas noticias son las aportadas por Mateo y Lucas. Cuando María estaba encinta, a José se le apareció un ángel en sueños que hizo que no la repudiara, tal y como había pensado. Tras nacer Jesús, de nuevo en un sueño, un ángel le aconseja huir a Egipto para salvar al Niño de la persecución de Herodes. Cuando Jesús se "pierde" en el templo a la edad de 12 años, aparece e nuevo José. Pero a partir de ahí, los Evangelios no cuentan más de él.
Suponemos que falleció antes que Jesús comenzara su vida pública. Desconocemos esta parte de su vida, y sin embargo, lo invocamos para que tengamos una buena muerte.

El culto a San José se difundió en torno al siglo IX, sin embargo, no entró en la liturgia hasta el siglo XV. En 1870 fue proclamado patrón universal de la Iglesia.

Dios lo escogió para que fuera el padre adoptivo de su Hijo en este mundo. No lo habría hecho si José no hubiera sido un hombre justo, trabajador, paciente, humilde, servicial, santo... en definitiva, un hombre de Dios incluso antes del nacimiento de Jesús.

Pese a las dificultades a las que se tuvo que enfrentar, según leemos en el Evangelio, al final, siempre tomó la decisión acertada. Siempre confió en Dios. Siempre le fue fiel. Siempre se mantuvo en su puesto y ocupó el lugar que pensó que tenía. Su verdaera humildad lo llevó a la santidad y a ser el padre en la tierra de nuestro Señor.

Ese es el testimonio de José. No necesitamos saber más de su vida para seguir su ejemplo.
Ojalá todos lucháramos por obtener esos valores y virtudes que él nos ha enseñado y nos ha dejado.


Feliz día de San José. Feliz día del padre.
Que el Señor os bendiga.

lunes, 15 de marzo de 2010

Gracias otra vez, Señor.

En el evangelio de hoy (según San Juan 4,43-54), Jesús nos dice algo muy importante y que deja al descubierto de nuestra falta de fe: “Si no ven signos y prodigios, ustedes o creen”. Una vez más, ve en lo más profundo de nuestro corazón, y sabe que, si no vemos o nos cuentan de sus obras, no acudiríamos a Él. Siempre necesitamos pruebas. Siempre queremos más. Y es cierto que, pese a que exigimos esas experiencias, somos capaces de creer en Él. Como le pasó a Tomás. Al final consigue que abramos nuestro corazón, ya que con nuestro entendimiento no alcanza a entender ese Amor y esa Misericordia. Cuando abrimos nuestro corazón y nos entregamos a Él, es cuando puede darnos el don de la fe. A partir de entonces, obra en nosotros. Por eso, no podemos dejar de agradecerle TODO lo que nos da. La vida, la fe, la salud, las alegrías, las buenas compañías que nos pone en el camino. Incluso las tristezas, las enfermedades, las malas compañías que elegimos… ya que todo esto hace que, crezcamos más en la fe.
El funcionario real del evangelio, pese a ver los “signos y prodigios” cree y confía en el Señor. Por eso, Jesús hace el milagro en él (en este caso en su hijo enfermo).
Nosotros a menudo, como dice el refrán, no nos acordamos de Santa Bárbara hasta que truena. Es cuando lo necesitamos, cuando acudimos a Él. “Ay Señor, búscame un trabajo”. “Ay Señor, sáname de esta enfermedad”… y sin embrago, Él nos ayuda y nos complace con el fin de que abramos nuestros ojos y veamos todo lo demás que hace día a día, por nosotros. Es más, me atrevería a decir no sólo día a día, sino segundo a segundo. En cada instante de nuestras vidas, Él está haciendo milagros en nosotros y en los de nuestro alrededor. Pero estamos tan ciegos que no lo apreciamos. Dice otro refrán, (hoy va la cosa de refranes), que no hay más ciego que el que no quiere ver. Esos somos nosotros. Nos regala la vida. Nuestro corazón funciona sin que nos preocupemos por él, porque ya lo consideramos algo normal. Sin embargo, late porque Dios quiere que lata. Ese es un milagro que no apreciamos casi nunca.

Demos gracias a Dios, porque, aún siendo desagradecidos o inconscientes de lo que nos da, sin que le pidamos nada, Él, con infinito Amor nos regala milagros y maravillas segundo a segundo.

Que sepamos verlo y actuar en consecuencia.


Bendiciones para todos.

Rafa.

domingo, 7 de marzo de 2010

El aparente triunfo del mal

¡Cuántas veces, sin hacer juicios, vemos injusticias evidentes! ¿Cuántas veces has pensado que has perdido el tiempo con alguna persona que considerabas amiga y te has sentido utilizada por ella? ¿Cuántas veces esas personas te han dejado entre ver que ya no eres importante para ellos aunque te llaman, cara a los demás, “Amigo”? Traición, mentiras, labios lisonjeros y doblez de corazón (Sal. 12 (11). 3), dolor por todo ello… Y a esto le sumamos que te persiguen donde vayas una y otra vez. Cuando piensas que te has librado por un tiempo, aparecen de nuevo. Es una especie de acoso constante que no te deja respirar. ¡Ah!, por cierto. Tendrás la culpa de todo y serás el responsable de todo lo malo que suceda ante los demás mientras ellos se cuelguen la medalla de la farsa una vez más. La impotencia ante la situación se eleva, en ocasiones, a lo sublime. Esto es lo que el Papa Juan Pablo II denominó como “el triunfo aparente del mal”
Empiezas a cuestionarte un sinfín de preguntas pero no encuentras ninguna respuesta. Y ese es un arma fuerte del enemigo. El hecho de empezar a cuestionarte ciertas cosas, hace que te agobies innecesariamente. Este agobio quita la paz. Lo que quita la paz no es del Señor. Hay veces que no tenemos que cuestionarnos nada. Sin embargo, sí debemos recordar que Dios hace todo perfecto. Él nunca se equivoca y además es infinitamente justo. Si permite todo esto, será por alguna razón misteriosa y bondadosa para nuestras almas. Sí, ya sé que es muy fácil hablar y muy difícil ponerlo en práctica. Pero el agobio, en ocasiones, nos produce ceguera. Esa ceguera es la que debemos curarnos cuanto antes para poder ver más allá de lo que tenemos delante. Eso y, sobretodo, la confianza en Dios. Cómo decía, alguna razón misteriosa tendrá cuando nos pone ante estas situaciones. Cuando no sabemos por donde tirar, lo mejor es confiar en Él, y dejar que nos ayude. ¿Cuánto tiempo? Eso es algo que debemos poner también en su manos. Y para ello, pidámosle paciencia para ir superando cada prueba. Él no nos va a pedir más de lo que podamos dar. Mejor que nadie conoce nuestro interior y de lo que somos capaces. Quizá esto nos deba ayudar. Si tengo una situación difícil ante mis ojos, será porque puedo superarla. Con mayor o menor esfuerzo, pero con su ayuda, puedo conseguirlo.

Fijémonos una vez más en Jesús. Traicionado y abandonado por sus amigos, negado por quién sería su primer representante en este mundo, insultado, martirizado… y finalmente muere. Si nos quedamos aquí, el triunfador no es Él, sino el mal. Es decir, el “aparente triunfo del mal”. Pero es que no quedó ahí la cosa. El aparente triunfo del mal, es el Triunfo de Dios. Puede que necesitemos de este aparente triunfo, para que al final triunfemos nosotros. Y nuestro triunfo no debe ser conseguir cosas, reconocimientos, palmaditas en la espalda, “apariencias” buenas,…aquí. No. Nuestro triunfo es el gozo de llegar a ver el rostro de Jesús, y disfrutar de la vida eterna con Él y con su Madre Santísima.

Pidámosle al Señor, paciencia y que nos quite esa ceguera para que, poco a poco, vayamos encontrando la luz y siguiendo el camino que Él nos va marcando. Acudamos al Salmo 12 (11) y seguro que nos ayuda.


Bendiciones.

sábado, 6 de marzo de 2010

El árbol que formamos

Había un árbol cuyas raíces estaban asentadas, pero no de la manera más sana; y es que estaban secas, podridas…, y no llevaban agua ni savia al resto de él. Todo se lo quedaban ellas y, como mucho, a algunas ramas. Esas ramas estaban con enfermedad, tenían hongos, otras estaban con piojos, otras se las estaban comiendo las orugas… Pero había unas ramas, que habían bebido en su día de la savia buena y se mantenían tan sólo con eso. El dueño del árbol, viendo que éste cada día iba perdiendo salud, decidió cortar esas ramas que estaban mejor, de otro color, verdes, más flexibles… y las resembró a modo de esquejes. Luego pensó en arrancar el árbol de raíz para que no transmitiera la enfermedad a los demás árboles que tenía en su finca y, sobretodo, a estas ramitas nuevas que acababa de sembrar, que estaban recién plantadas y necesitaba de sus mejores cuidados para que cogieran fuerza y pudieran resultar un árbol tan lindo como el que había tenido una vez. “Este árbol será tan bonito como el anterior, y además no he perdido la casta del mismo, porque es savia de su savia, es un hijo de aquél que tuve que tan bueno fue. He hecho bien, porque de seguir como estaba, estas ramas se hubieran enfermado y hubiera perdido el árbol entero”.

Esto mismo es lo que sucede en el día a día en todos los ámbitos, ya sea político, religioso,…en nuestras vidas de ¿comunidad?. En los que existen esas raíces que no están siendo capaces de llevar la savia a los brotes nuevos, sino que, ya sea por sequedad; por creerse imprescindibles; por celos o egoísmos, no llevan al resto del árbol lo que ellas mismas están bebiendo, quizás porque si dan lo que tienen, piensan que las demás ramas se pueden convertir en raíces y le pueden quitar el sitio. ¡Qué ignorantes! Cuando deben ser el soporte del árbol, los que dan vida y alimento; se convierten en unas raíces egocéntricas y prepotentes. ¿Acaso no recuerdan que por mucho que cedan el jugo que da vida al resto de los miembros, cada uno tiene su misión y ni las raíces pueden hacer fotosíntesis, ni las hojas de las ramas pueden buscar agua y nutrientes en la tierra ni ser los cimientos del árbol? De esta forma, el árbol termina muriendo porque, las raíces se pudren por tener demasiada agua y las ramas sanas terminan secándose.
Dios os bendiga.