viernes, 16 de octubre de 2026

Área de servicio: Emaús.

La Cena de Emaús (hacia 1632 o 1639). Mathias Stomer

 

Actualmente está de moda decir que vivimos en «modo supervivencia», y es cierto; la rutina nos envuelve. Mientras nuestras leyes, instituciones y la propia adaptación humana avanzan a la velocidad pesada de un tren de mercancías, la tecnología y la información viajan a la velocidad de un caza. Esto hace que nos veamos obligados a reaccionar de inmediato. Nos estamos quedando sin detenernos a pensar; sin tiempo para la introspección.

¿Sabemos hacia dónde vamos, o nos estamos dejando llevar por una fuerza invisible que nos empuja hacia un lugar que ignoramos cuál es?

Cuestionándome este tema, recordé una cita del evangelio de Lucas que os invito a leer. Me refiero a la que conocemos como «los discípulos de Emaús» (Lc. 24, 13-35). Pero, ¿qué es Emaús? Según podemos leer, es una ciudad. Pocas veces se menciona en la Biblia: quizás una en el antiguo testamento (batalla de Emaús) y la mencionada de san Lucas.

Existen distintas evidencias arqueológicas, pero ¿cuál de los yacimientos correspondería con Emaús?

En este sentido, no me importa saber dónde está o si existió, porque pienso que, como tantas veces en las Escrituras, podemos hacer una interpretación simbólica.

Cada vez estoy más convencido de que Emaús puede leerse también como una metáfora. Emaús no es un lugar físico, es un estado personal. Emaús simboliza estar perdido, la crisis de fe, la desilusión, la desesperanza. Caminar hacia Emaús es avanzar sin rumbo, hacia ninguna parte.

Jerusalén era el lugar donde esperaban que Jesús fuera coronado rey. Al morir, las expectativas de los discípulos se vienen abajo. Por eso caminar hacia Emaús es, literalmente, huir del fracaso. No tienen un proyecto, una misión; ellos van de regreso a sus vidas antiguas, a refugiarse en sus rutinas, a dejarse llevar sin motivación alguna. Los discípulos creían haber perdido a Dios cuando en realidad habían perdido la idea de Dios que ellos mismos habían construido.

A menudo construimos una imagen de Dios según nuestras expectativas. Esperamos que actúe de determinada manera y, cuando no lo hace, sentimos que nos ha abandonado o que nos ha fallado. Quizá algo parecido ocurrió en el corazón de aquellos discípulos. En ocasiones pensamos que estamos en posesión de la verdad, pero la Verdad, el que todo lo sabe, el que nos conoce mejor que nosotros mismos, es Dios. ¿Por qué no nos fiamos de Él? Quizás porque nos falte fe.

Todos experimentamos momentos de Emaús: épocas de decepción, de pérdida de sentido, de huida hacia la rutina…

Quizá, cuando nos alejamos de aquello que un día dio sentido profundo a nuestra vida, descubrimos que alcanzar las metas que nos habíamos propuesto no siempre basta para llenar nuestro interior. Y quizá, en ese vacío, algunos llegamos a reconocer que echamos de menos a Aquel en quien encontramos una plenitud que no supimos valorar.

A muchos puede sucedernos algo parecido porque, cuando hemos conocido a Cristo y lo dejamos (libremente) de seguir, sin darnos cuenta vamos entrando en una tristeza inexplicable. Creemos que somos capaces de todo y, a pesar de que consigamos las metas materiales que nos propongamos, nuestro interior no alcanza a tener esa felicidad esperada. En el fondo, aunque nos cueste reconocerlo, nos encontramos vacíos, porque ya hemos conocido en otro momento dónde y Quién nos da la plenitud.

La lectura nos habla de que sus ojos estaban velados, o que veían, pero algo les impedía reconocer a Jesús, según las traducciones. El caso es que la metáfora es perfectamente entendible. Sus ojos no percibían porque seguían mirando la realidad desde sus propias expectativas. Esperaban encontrar a un Mesías triunfante y por eso fueron incapaces de reconocer al Mesías crucificado y resucitado que caminaba junto a ellos. Lo tratan como el rey que llegaba a restaurar Israel y derrotar a sus enemigos cuando entra triunfalmente en Jerusalén, porque así lo consideraban. Pero el Reino de Dios no es como lo pensamos los hombres. Por eso les resultaba imposible comprender que el Mesías hubiera vencido precisamente a través de la Cruz.

Hacía tres días que Cristo había muerto, y esa decepción les hace pensar que todo lo que les prometió el Mesías, no se iba a cumplir. Su fe, como la nuestra, les faltó. Para ellos, Dios falló.

Tanta era la ceguera espiritual, que fueron incapaces de reconocerlo, confundiéndolo con un forastero y, a pesar de que los acompañó en el camino y sabía perfectamente lo que había pasado, ellos pensaban que era un ignorante.

Hago un alto en el camino y pregunto: ¿Por qué dos y no más discípulos? El camino de Emaús también nos recuerda que la fe no se vive únicamente en soledad, sino que necesitamos caminar, escuchar y compartir con otros. Por eso, recordemos que donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt. 18, 20).

Lo apasionante de esta historia es que el camino a Emaús se convierte en un proceso de sanación de su ceguera, y aquí viene la parte importante:

Ellos lo reconocieron al partir el pan.

Quizás pudieron ver las llagas de sus manos como Tomás. Pero, al mismo tiempo, el acto de «partir el pan» es la representación viva de su cuerpo roto en la Cruz. El pan partido les recuerda instantáneamente el sacrificio que Jesús había vivido días antes. Las llagas y el pan se vuelven una sola realidad: el crucificado es el que está vivo frente a ellos en esos instantes.

Si la noche del Jueves Santo Cristo instituye la Eucaristía, y esa «última cena» es considerada la primera misa, lo que acontece con los discípulos de Emaús, podemos considerarla la primera misa con Cristo resucitado en toda regla.

Pero, ¿por qué desaparece Jesús en el instante exacto en que le reconocen? Porque al partir el pan, podemos interpretar que sus ojos se abren a una nueva realidad. Ya no necesitan ver su cuerpo físico; ahora deben aprender a reconocerlo en el Sacramento.

Jesús ya no estará físicamente caminando con ellos, sino que se quedará para siempre en el Pan de Vida, en la Eucaristía. Por esa misma razón, no se quedan tristes ni se sienten abandonados cuando Cristo desaparece físicamente; al contrario, se llenan de alegría y regresan corriendo a Jerusalén porque saben que Él está verdaderamente vivo en ese pan. Necesitan dar ese testimonio de fe, de gozo, de esperanza. El encuentro con el Resucitado transforma su manera de estar en el mundo y necesitan compartirlo.

Los discípulos regresan contentos, eufóricos, como cuando podemos hacer nosotros tras una fiesta, un retiro, una oración fructífera.

¿Por qué decía antes que podríamos estar ante la primera misa “en toda regla” con Cristo resucitado?

Porque durante el trayecto Jesús se hace compañero de camino, escucha sus dolores (como el acto penitencial) y luego les explica las Escrituras, haciendo que sus corazones ardan. Es la homilía perfecta. Fue una oración profunda de diálogo, un caminar con Dios. Es lo que llamamos la Liturgia de la Palabra.

Una vez que llegan, le piden que se quede con ellos y acepta. Se sientan, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Es el momento de la consagración y la comunión. Es la Liturgia Eucarística.

Quiero redundar, antes de terminar, en algo que me parece fascinante: ya lo reconocen como persona porque ahora es Jesús Sacramentado, el mismo que tenemos delante de nosotros y que, al contrario que los discípulos de Emaús, nos falta fe para reconocerlo en un trozo de pan, y queremos verlo físicamente. Sin embargo, Él nos dijo que está en el enfermo, el preso, el pobre, el necesitado… ¿sabríamos reconocerlo?


El Señor nos bendiga.