jueves, 1 de abril de 2010

El esperado Martes Santo

Martes Santo. Para mí, la noche más cofrade del año. Y es que, desde que tenía 3 años, ya salía en esta procesión acompañando al Señor de la Salud y a Nuestra Señora de los Dolores. Casi podría decir que en la nohe del martes, yo cumplía mi XXX aniversario como cofrade.
Cuando llego al templo, siento un nerviosismo interior difícil de exclpicar .Túnica roja, cíngulo blanco, capa blanca, cordón con la medalla de la hermandad, capirote negro y guantes blancos es la indumentaria que vestimos desde que se fundó la cofradía, allá por el año 1944.
Antes de salir, hicimos una pequeña oración dirigida por el párroco y director espiritual, el cual, también bendijo al paso del Señor porque había estrenos en él.
A las 20.30 horas, se abrieron las puertas del templo para que saliera la cruz de guía. Ya empezaba todo. Ante nosotros, y después de la primera "levantá", iba poco a poco, llegando el paso a la puerta. Con un muy leve mecido se veía, desde dentro, la silueta del cruficado que salía de su templo al son del himno nacional, para bendecir y dar SALUD a todos, un año más. Minutos más tarde, empezabamos a caminar hacia la calle. Sólo se oye al fondo de la iglesia al capataz que da las órdenes oportunas a los costaleros, el sonido de las zapatillas de estos, las bambalinas chocando con los varales con un ritmo constante... esto para mí es parte de lo que denominamos: sentimiento cofrade.
Una vez en fuera, oigo de nuevo el himno nacional. Ya está María Santísima de los Dolores en la calle otro año. Nadie entiende nuestros problemas como Ella. Nadie sabe de nuestros sentimientos como Ella. Nadie sabe de nuestros DOLORES como Ella. Radiante estaba la Reina para salir a ver a sus hijos.
Pero no sólo eso es la noche del Martes Santo para mí. No sólo es el olor a incienso, la cera caliente de los cirios, el colorido de las flores de los pasos, una saeta entre el gentío, el sonar de una corneta o de una marcha como "Encarnación Coronada" acompañada de un Ave María... No. Es también mi propia estación de penitencia; pero ustedes me van a permitir que esto me lo guarde para mí.
La noche terminó y la sensación de todos es de satisfacción. Unos por el trabajo bien hecho en la noche, otros porque ven la recompensa de todo un largo año de trabajo, otros porque les pareció muy bonito, otros porque Dios les regaló un Martes Santo más...
Sea lo que fuere, aquí no acaba todo. Sin duda nos queda la parte más importante de la Semana Santa, que es el Tríduo Pascual, en el que celebramos la Última Cena de Jesús, su Pasión, Muerte y Resurrección.




El Señor os bendiga.

lunes, 29 de marzo de 2010

Hoy es Lunes Santo

Ayer, Domingo de Ramos, comenzaba la Semana Santa. Aunque la pasión de Jesús empieza el Jueves Santo, desde el domingo iniciamos a recordarla con la catequesis en la calle, que son las procesiones. Algunas localidades desde el Viernes de Dolores, comienzasn con sus desfiles denominados de vísperas.

El caso es que, como buen cofrade que fui y que sigo siendo (aunque en menor medida actualmente) salí a la calle a ver al Cristo de Medinaceli y a Ntra. Sra. de la Esperanza. Y fue allí, en la calle, viendo a Jesús cautivo, maniatado, ante la mirada de cientos de personas, cuando pude contemplar, una vez más, el amor de Dios hacia nosotros. Fue el primer momento emotivo de esta semana mayor. Y digo primero, porque espero poder contemplar alguno que otro.
Cuando, después de una "levantá", continuaba su marcha de regreso a su templo, empieza a girar el paso hacia la acera izquierda de la calle. No sabía porqué y de repente miré hacia la izquierda y arriba. La hermnadad estaba teniendo un detalle con una persona. Sí. Allí había un hombre en un balcón, de rodillas y abrigado con una bata de casa. El hombre empezó a llorar y a echar besos con su mano derecha al mismo Dios, que tenía cara a cara. Sentí cómo el mismo Jesús se volvió a sanar a aquel enfermo, que lo único que necesitaba era mirar el rostro del Señor. Durante aquellos escasos minutos, Él mi hizo ver de nuevo, su infinita misericordia y amor por nosotros.

En este día, celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalém. Todos le aclamamos como Rey, con palmas y olivos. Pero somos nosotros, los mismos que le aclamamos, los que luego le crucificaremos. Ante la imagen del Medinaceli, ya lo teníamos preso, y sin embrago, Él no deja de perdonarnos, de sanarnos, de dar su vida por nosotros. Y no sólo eso, sino que además nos regala la Salvación. Su misericordia es tan grande que no podemos entenderla en nuestras mentes humanas y limitadas. Por eso mismo, aunque fuese por unos instantes, y por ver ese milagro de amor a los hombres, por enésima vez, no me canso de decirle: ¡¡GRACIAS JESÚS!!

viernes, 19 de marzo de 2010

San José

Hoy, 19 de marzo, celebramos la festividad de San José. José, esposo de María. José, padre putativo de Jesús.
Pocas son las apariciones de José en las Sagradas Escrituras, y las pocas noticias son las aportadas por Mateo y Lucas. Cuando María estaba encinta, a José se le apareció un ángel en sueños que hizo que no la repudiara, tal y como había pensado. Tras nacer Jesús, de nuevo en un sueño, un ángel le aconseja huir a Egipto para salvar al Niño de la persecución de Herodes. Cuando Jesús se "pierde" en el templo a la edad de 12 años, aparece e nuevo José. Pero a partir de ahí, los Evangelios no cuentan más de él.
Suponemos que falleció antes que Jesús comenzara su vida pública. Desconocemos esta parte de su vida, y sin embargo, lo invocamos para que tengamos una buena muerte.

El culto a San José se difundió en torno al siglo IX, sin embargo, no entró en la liturgia hasta el siglo XV. En 1870 fue proclamado patrón universal de la Iglesia.

Dios lo escogió para que fuera el padre adoptivo de su Hijo en este mundo. No lo habría hecho si José no hubiera sido un hombre justo, trabajador, paciente, humilde, servicial, santo... en definitiva, un hombre de Dios incluso antes del nacimiento de Jesús.

Pese a las dificultades a las que se tuvo que enfrentar, según leemos en el Evangelio, al final, siempre tomó la decisión acertada. Siempre confió en Dios. Siempre le fue fiel. Siempre se mantuvo en su puesto y ocupó el lugar que pensó que tenía. Su verdaera humildad lo llevó a la santidad y a ser el padre en la tierra de nuestro Señor.

Ese es el testimonio de José. No necesitamos saber más de su vida para seguir su ejemplo.
Ojalá todos lucháramos por obtener esos valores y virtudes que él nos ha enseñado y nos ha dejado.


Feliz día de San José. Feliz día del padre.
Que el Señor os bendiga.

lunes, 15 de marzo de 2010

Gracias otra vez, Señor.

En el evangelio de hoy (según San Juan 4,43-54), Jesús nos dice algo muy importante y que deja al descubierto de nuestra falta de fe: “Si no ven signos y prodigios, ustedes o creen”. Una vez más, ve en lo más profundo de nuestro corazón, y sabe que, si no vemos o nos cuentan de sus obras, no acudiríamos a Él. Siempre necesitamos pruebas. Siempre queremos más. Y es cierto que, pese a que exigimos esas experiencias, somos capaces de creer en Él. Como le pasó a Tomás. Al final consigue que abramos nuestro corazón, ya que con nuestro entendimiento no alcanza a entender ese Amor y esa Misericordia. Cuando abrimos nuestro corazón y nos entregamos a Él, es cuando puede darnos el don de la fe. A partir de entonces, obra en nosotros. Por eso, no podemos dejar de agradecerle TODO lo que nos da. La vida, la fe, la salud, las alegrías, las buenas compañías que nos pone en el camino. Incluso las tristezas, las enfermedades, las malas compañías que elegimos… ya que todo esto hace que, crezcamos más en la fe.
El funcionario real del evangelio, pese a ver los “signos y prodigios” cree y confía en el Señor. Por eso, Jesús hace el milagro en él (en este caso en su hijo enfermo).
Nosotros a menudo, como dice el refrán, no nos acordamos de Santa Bárbara hasta que truena. Es cuando lo necesitamos, cuando acudimos a Él. “Ay Señor, búscame un trabajo”. “Ay Señor, sáname de esta enfermedad”… y sin embrago, Él nos ayuda y nos complace con el fin de que abramos nuestros ojos y veamos todo lo demás que hace día a día, por nosotros. Es más, me atrevería a decir no sólo día a día, sino segundo a segundo. En cada instante de nuestras vidas, Él está haciendo milagros en nosotros y en los de nuestro alrededor. Pero estamos tan ciegos que no lo apreciamos. Dice otro refrán, (hoy va la cosa de refranes), que no hay más ciego que el que no quiere ver. Esos somos nosotros. Nos regala la vida. Nuestro corazón funciona sin que nos preocupemos por él, porque ya lo consideramos algo normal. Sin embargo, late porque Dios quiere que lata. Ese es un milagro que no apreciamos casi nunca.

Demos gracias a Dios, porque, aún siendo desagradecidos o inconscientes de lo que nos da, sin que le pidamos nada, Él, con infinito Amor nos regala milagros y maravillas segundo a segundo.

Que sepamos verlo y actuar en consecuencia.


Bendiciones para todos.

Rafa.

domingo, 7 de marzo de 2010

El aparente triunfo del mal

¡Cuántas veces, sin hacer juicios, vemos injusticias evidentes! ¿Cuántas veces has pensado que has perdido el tiempo con alguna persona que considerabas amiga y te has sentido utilizada por ella? ¿Cuántas veces esas personas te han dejado entre ver que ya no eres importante para ellos aunque te llaman, cara a los demás, “Amigo”? Traición, mentiras, labios lisonjeros y doblez de corazón (Sal. 12 (11). 3), dolor por todo ello… Y a esto le sumamos que te persiguen donde vayas una y otra vez. Cuando piensas que te has librado por un tiempo, aparecen de nuevo. Es una especie de acoso constante que no te deja respirar. ¡Ah!, por cierto. Tendrás la culpa de todo y serás el responsable de todo lo malo que suceda ante los demás mientras ellos se cuelguen la medalla de la farsa una vez más. La impotencia ante la situación se eleva, en ocasiones, a lo sublime. Esto es lo que el Papa Juan Pablo II denominó como “el triunfo aparente del mal”
Empiezas a cuestionarte un sinfín de preguntas pero no encuentras ninguna respuesta. Y ese es un arma fuerte del enemigo. El hecho de empezar a cuestionarte ciertas cosas, hace que te agobies innecesariamente. Este agobio quita la paz. Lo que quita la paz no es del Señor. Hay veces que no tenemos que cuestionarnos nada. Sin embargo, sí debemos recordar que Dios hace todo perfecto. Él nunca se equivoca y además es infinitamente justo. Si permite todo esto, será por alguna razón misteriosa y bondadosa para nuestras almas. Sí, ya sé que es muy fácil hablar y muy difícil ponerlo en práctica. Pero el agobio, en ocasiones, nos produce ceguera. Esa ceguera es la que debemos curarnos cuanto antes para poder ver más allá de lo que tenemos delante. Eso y, sobretodo, la confianza en Dios. Cómo decía, alguna razón misteriosa tendrá cuando nos pone ante estas situaciones. Cuando no sabemos por donde tirar, lo mejor es confiar en Él, y dejar que nos ayude. ¿Cuánto tiempo? Eso es algo que debemos poner también en su manos. Y para ello, pidámosle paciencia para ir superando cada prueba. Él no nos va a pedir más de lo que podamos dar. Mejor que nadie conoce nuestro interior y de lo que somos capaces. Quizá esto nos deba ayudar. Si tengo una situación difícil ante mis ojos, será porque puedo superarla. Con mayor o menor esfuerzo, pero con su ayuda, puedo conseguirlo.

Fijémonos una vez más en Jesús. Traicionado y abandonado por sus amigos, negado por quién sería su primer representante en este mundo, insultado, martirizado… y finalmente muere. Si nos quedamos aquí, el triunfador no es Él, sino el mal. Es decir, el “aparente triunfo del mal”. Pero es que no quedó ahí la cosa. El aparente triunfo del mal, es el Triunfo de Dios. Puede que necesitemos de este aparente triunfo, para que al final triunfemos nosotros. Y nuestro triunfo no debe ser conseguir cosas, reconocimientos, palmaditas en la espalda, “apariencias” buenas,…aquí. No. Nuestro triunfo es el gozo de llegar a ver el rostro de Jesús, y disfrutar de la vida eterna con Él y con su Madre Santísima.

Pidámosle al Señor, paciencia y que nos quite esa ceguera para que, poco a poco, vayamos encontrando la luz y siguiendo el camino que Él nos va marcando. Acudamos al Salmo 12 (11) y seguro que nos ayuda.


Bendiciones.

sábado, 6 de marzo de 2010

El árbol que formamos

Había un árbol cuyas raíces estaban asentadas, pero no de la manera más sana; y es que estaban secas, podridas…, y no llevaban agua ni savia al resto de él. Todo se lo quedaban ellas y, como mucho, a algunas ramas. Esas ramas estaban con enfermedad, tenían hongos, otras estaban con piojos, otras se las estaban comiendo las orugas… Pero había unas ramas, que habían bebido en su día de la savia buena y se mantenían tan sólo con eso. El dueño del árbol, viendo que éste cada día iba perdiendo salud, decidió cortar esas ramas que estaban mejor, de otro color, verdes, más flexibles… y las resembró a modo de esquejes. Luego pensó en arrancar el árbol de raíz para que no transmitiera la enfermedad a los demás árboles que tenía en su finca y, sobretodo, a estas ramitas nuevas que acababa de sembrar, que estaban recién plantadas y necesitaba de sus mejores cuidados para que cogieran fuerza y pudieran resultar un árbol tan lindo como el que había tenido una vez. “Este árbol será tan bonito como el anterior, y además no he perdido la casta del mismo, porque es savia de su savia, es un hijo de aquél que tuve que tan bueno fue. He hecho bien, porque de seguir como estaba, estas ramas se hubieran enfermado y hubiera perdido el árbol entero”.

Esto mismo es lo que sucede en el día a día en todos los ámbitos, ya sea político, religioso,…en nuestras vidas de ¿comunidad?. En los que existen esas raíces que no están siendo capaces de llevar la savia a los brotes nuevos, sino que, ya sea por sequedad; por creerse imprescindibles; por celos o egoísmos, no llevan al resto del árbol lo que ellas mismas están bebiendo, quizás porque si dan lo que tienen, piensan que las demás ramas se pueden convertir en raíces y le pueden quitar el sitio. ¡Qué ignorantes! Cuando deben ser el soporte del árbol, los que dan vida y alimento; se convierten en unas raíces egocéntricas y prepotentes. ¿Acaso no recuerdan que por mucho que cedan el jugo que da vida al resto de los miembros, cada uno tiene su misión y ni las raíces pueden hacer fotosíntesis, ni las hojas de las ramas pueden buscar agua y nutrientes en la tierra ni ser los cimientos del árbol? De esta forma, el árbol termina muriendo porque, las raíces se pudren por tener demasiada agua y las ramas sanas terminan secándose.
Dios os bendiga.

domingo, 28 de febrero de 2010

1 año

¡Estamos de enhorabuena!. Ayer cumplía "La Sinagoga de Cafarnaúm" su primer año en la red.
Por eso quiero agradecer, a todos los que entráis a este sitio, vuestras visitas. Visitas que me animan a seguir en esta labor de intentar evangelizar con esta herramienta y en este medio. Espero, con vuestra ayuda y sobretodo la del Señor, continuar y que vayamos creciendo todos, cada día un poquito más.
Que todo sea para la Gloria de Dios y bien de nuestras almas.

El Señor os bendiga.

martes, 23 de febrero de 2010

Proverbios 28, 20-28

Tenía necesidad de escribir y pensé en abrir la Biblia con el fin de que la parte que me saliera, fuese de la que escribiera. Me salió Pr. 28, 20-28. Y eso hice y aquí os lo dejo.

Nos encontramos ante una lectura del libro de los Proverbios en la que, vemos que, muchas veces, queriendo o sin querer, comprobamos que no somos tan buenos como nos pensamos a veces. Es lo que, comúnmente llamamos, “baño de humildad”.

En ocasiones, cuando escuchamos o leemos esta lectura, pensamos cosas del estilo “por mi no lo dice”. Entonces es cuando nos creemos buenísimos y caemos en la soberbia que tanto nos asecha. ¿Por qué?, pues porque nos creemos buenos, fieles, desprendidos, que confiamos en el Señor, sabios, justos…y no nos paramos a pensar ni por un instante que somos todo lo contrario. ¿Para qué pensarlo siquiera si no lo somos, verdad? Pues no.
El afán por conseguir riquezas (materiales y/o espirituales) nos lleva a ser avaros. Cada vez queremos más y además sin compartirla con nadie. Empezamos a pensar que somos superiores a los demás porque tenemos más o sabemos más cosas. Pero que lo nuestro no nos lo toquen. Tendemos a querer que lo de los demás sea nuestro porque tienen la obligación de compartirlo con nosotros, pero luego nosotros somos capaces hasta de romper relaciones con esos que un día nos dieron algo, por poco que fuere, porque puede que nos vayan a pedir y van a tener o saber lo mismo. ¿Por qué rompemos relaciones? Porque en realidad, tendemos a apoderarnos de lo que no es nuestro, y como consecuencia, surgirán las discordias, contiendas, desacuerdos… Y a cambio obtenemos… poco o nada que nos merezca la pena de verdad. Sin embargo, el que confía de veras en el Señor, será colmado de bendiciones. El que confía de verdad en el Señor, sabe que Él le va a proporcionar lo que necesita. Es cierto que no le dará lo que quiere si no es para su bien, pero por eso mismo, el que confía en Dios sabe que si él no le da lo que le pide, es que no le conviene. Esa confianza viene recompensada, como decía antes, con las bendiciones del Señor. ¡Qué mayor recompensa que esta!

Hablamos mal incluso de los que un día nos dieron algo, pero llega alguien nuevo a nuestra vida, que aún no hemos saqueado, y nos volvemos “pelotas” con tal de que nos den eso que aún no poseemos. Eso que conseguimos de las nuevas personas que hemos conocido no se la damos a las antiguas porque nos pueden igualar o superar; y a eso… ¡no estamos dispuestos! Eso si, sacamos nuestra mejor sonrisa falsa para que los demás piensen que somos buenos, dispuestos, caritativos, serviciales… y nos vamos creyendo nuestra propia mentira. Y crecemos en ella, convirtiéndola en nuestra realidad. En una simple y vulgar fachada. Débil, pero fachada al fin y al cabo.

Ignoramos que la fortuna que estamos adquiriendo, algún día, quizás no muy lejano, se convertirá en miseria. Se descubrirá quiénes somos. Se romperá esa débil fachada y aparecerá nuestro verdadero “yo”. Entonces sólo nos caben dos posibilidades: o nos humillamos o nos humillarán. ¡Qué pena de nosotros!

Hablábamos antes de hacer la pelota. Dice la lectura en su versículo 23: “El que reprende a otro será al fin más estimado que el hombre de lengua aduladora” ¿Qué quiere decir esto? El adulador, al principio, hace sentir bien con los halagos. El problema es que, aunque vea que las cosas están mal, sigue diciendo que están bien, satisfaciendo el ego del otro para seguir recibiendo algo a cambio. Pero con esto no estamos haciendo más que meter la pata. Primero porque es mentira lo que decimos, segundo porque impedimos que esa persona se corrija y siga equivocada. Quizás debiéramos decir las cosas que pensamos, con nuestro mayor cariño y nuestro mejor fin; porque, aunque duela al principio, el otro habrá enmendado su error si quiere, y si no quiere, por nosotros no quedará; que luego el Señor nos va a pedir cuentas de lo que hacemos o hemos dejado de hacer. Hay un ejemplo muy claro que nos ayudará a entender este punto. Antes, cuando no existía anestesia, el médico tocaba las heridas y al paciente le dolía. Sus gritos se podrían oír varios metros a la redonda. Y seguro se acordaría de la familia del médico. Pero luego le agradecía por haberle sanado.

Nos creemos imprescindibles. A veces, no queremos que nadie nos ayude en algo porque puede quedar al descubierto nuestras carencias. ¿Y qué? Acaso no leemos en otra parte de la Biblia “Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra”? (Mt. 5. 3-4) Además, dejándonos ayudar, aunque sea para lo más mínimo, nos enriquecemos todos. Todos aprendemos de todos, aunque parezca que sólo aprende el que solicita ayuda. Ahí se pone de manifiesto otra vez, que la confianza que tenemos en el Señor es de boca para fuera. Es decir, no existe tal confianza. Sólo lo decimos para quedar bien delante de los demás. Con esto, sólo nos engañamos a nosotros mismos y por supuesto, al que tenemos al lado, porque no permitimos que nos conozca de verdad.

Pero tampoco queremos ayudar porque nuestra avaricia nos lo impide. Pues recordemos que el que mira para otro lado al que pide ayuda, el Señor nos puede decir un día: “Todo lo que no hicieron por el más pequeño de sus hermanos, tampoco lo hicieron por mí” o algo como “No te conozco”. ¡Qué el mismo Jesús, al que decimos que conocemos, nos diga eso…! Me echo a temblar porque pensar lo que viene justo después… De ahí las maldiciones que nos habla lectura cuando cerramos los ojos o cuando miramos para otro lado.

Termino deteniéndome en el último versículo: “Cuando triunfan los malvados, todos se esconden; cuando desaparecen, se multiplican los justos” Hay una película de Disney que seguro habréis visto: El Rey León. Muchas veces pongo de ejemplo esa historia porque es real como la vida misma. En esta ocasión no será menos y la pondré de ejemplo una vez más. Seguro que, los que visteis el film y recordáis el argumento, ya estáis relacionándolo y asintiendo con la cabeza con un “es verdad” en vuestras mentes o débilmente en vuestros labios.
Para los que no sabéis de qué va el tema contaré un poco.
En la selva lucía el sol, el ambiente entre todos los animales era de verdadera hermandad, el agua y el alimento no faltaba ni a la más pequeña hormiga. Mufasa, jefe de la manada y rey de la selva, es el padre de un cachorrito de león llamado Simba. Scar es hermano de Mufasa y tiende una emboscada a éste, con ayuda de las hienas. Mufasa muere en el combate y como consecuencia, debería heredar el trono Simba, el cachorrito. Scar engaña a Simba para que se marche y así poder heredar él el trono. Simba se marcha y, gracias a nuevos amigos aprende el verdadero sentido de la amistad, aprende a sobrevivir, aprende a tener responsabilidades, aprende en definitiva, a ser rey. En ausencia de Simba, el malvado Scar, ha conseguido el poder a costa de la vida de su hermano, de mentiras y falsas promesas. La selva ha cambiado. En el cielo ya no luce el sol, las nubes negras se han apoderado creando una constante tiniebla. La vegetación ha desaparecido, los animales están raquíticos porque no tienen que comer. A pesar de eso, Scar sigue exigiendo que lo sirvan, no hace nada por los demás pero pide todo para él. Simba crece y se hace mayor. Ahora ya tiene una frondosa melena, digna de un verdadero rey león. Llega a su poblado, donde encuentra aquel paisaje tan desolador. No se parece en nada a al que había dejado cuando marchó. Se enfrenta a su tío Scar y consigue recuperar el trono. A partir de entonces, el sol vuelve a salir, la vegetación vuelve a aflorar, el alimento no falta a nadie, y hasta el agua parece correr más limpia que nunca.

Creo que es bastante claro lo que quiero decir con este argumento. Justamente lo que nos dice el versículo 28. Pues lo mismo pasa en nuestras vidas. Cuando el poder lo tiene alguien que no hace buen uso de él, ese alguien se puede beneficiar respaldándose, no en quién es, sino en lo que es en ese momento. ¿La consecuencia? El desorden, el caos, empiezan los alejamientos, quizás esperando humildemente a que lleguen mejores tiempos… en resumen, la ausencia del Espíritu.

Examinemos todos nuestro interior en esta cuaresma, y cambiemos lo que no nos está dando buenos resultados, para que florezcamos de nuevo y demos buenos y verdaderos frutos.


Que el Señor os bendiga.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Miércoles de Ceniza

Todos sabemos que la Cuaresma es la preparación a la Pascua. Sabemos también que dura cuarenta días (de ahí su nombre). Sabemos que es tiempo de oración, penitencia, ayunos, limosnas, abstinencias… pero no siempre obramos en consecuencia con lo que sabemos y, sobretodo, decimos. Palabras sabias y hermosas salen de nuestras bocas, pero, nada más. Quizá en esta nueva oportunidad que el Señor nos brinda un año más, deberíamos llevar a la práctica eso que tan bien nos sabemos.
¿Ayunar de comer? Si, ¿por qué no? Pero sería bueno que ayunáramos también de nuestros egos, orgullos, envidias, egoísmos, ansias de poder, materialismos, resentimientos, malas palabras a los demás, querer quedar por encima siempre… un sin fin de faltas que tenemos y que no nos viene nada mal, al menos reducirlas en este tiempo, para llegar un poco más limpios a la gran fiesta del año: La Pascua.
Si nuestro propósito y disponibilidad es sincera desde lo más profundo de nosotros mismos, el Señor nos tenderá la mano y nos ayudará a salir de la oscuridad de las tinieblas en las que nos encontramos.
Aprovechemos este desierto por el que hemos decidido pasar voluntariamente para nuestra conversión. El desierto no es obligatoriamente un lugar de silencio, pues en él, podemos oír los murmullos interiores que, normalmente no oímos por el excesivo ruido del “mundo” exterior. Por eso, es un momento en el que debemos reflexionar sobre todo lo que hacemos y hemos dejado de hacer. Profundizar bien hondo en nuestro corazón, en nuestra alma y limpiar todo aquello que nos ensucia y nos aparta de Dios.
Pero la vida sigue igual, no cambia porque estemos en este tiempo litúrgico, es decir, la familia, el trabajo, las preocupaciones… siguen. De ahí el esfuerzo que debemos hacer para adentrarnos y examinarnos.
En los municipios en los que vivimos, el carnaval se celebra en plena cuaresma. Es conveniente que, para ser verdaderos cristianos comprometidos y estar al servicio de lo que el Señor nos pida, que dejemos esas fiestas a un lado. Cada momento requiere lo suyo, y ahora no es el momento. Se han dado casos que, en este tiempo que empezamos hoy, miércoles de ceniza, en algún retiro de cuaresma, hay personas que se han ido a la mitad porque tenían que disfrazarse en el carnaval que se festejaba en su localidad. Por lo que se ve, en estas personas, Don Carnaval o Don Carnal ha vencido el combate a Doña Cuaresma. Con esto no es mi intención juzgar a nadie. ¿Quién soy yo para juzgar? (y lo digo desde lo más sincero de mi interior) Sin embargo, me sirve de ejemplo, ya que, casos como estos, son a los que me refiero cuando digo que tenemos que ser consecuentes con lo que vamos pregonando. Dejar de ser como los fariseos de los que nos habla el Señor en el Evangelio del día de hoy (Mt. 6, 1-6. 16-18)
Si pedimos al Señor que quite lo que no sea suyo, que sea de verdad. Que no se quede en palabrería barata y que en nuestro interior haya algo que lo impida, porque de esa forma, no sucederá. A Él no podemos engañarle porque es capaz de ver hasta en lo más hondo de nuestro ser. Nadie nos conoce como Él, y nadie respeta nuestras decisiones y libertad como Él. Así de maravilloso es el Señor de señores.
Seamos como el hijo pródigo y volvamos sincera y humildemente con quien nunca deberíamos habernos apartado.
Que tengamos una santa y provechosa Cuaresma.

El Señor os bendiga.

jueves, 11 de febrero de 2010

Nuestra Señora de Lourdes

Días atrás recibí un email precioso de un gran AMIGO mío. Es un power point que propone unas razones para ser feliz y para recordarnos que siempre hay alguien que está a nuestro lado, que nos quiere de verdad. Es más, empieza diciendo que estas razones deberíamos pegarlas al lado del espejo del baño para que las veamos todos los días y no se nos olvide. Pero una de las razones me llamó la atención y dice así: “La única razón por la que alguien te odiaría, es porque quiere ser como tú”.
Y es verdad.
Hay personas que no pueden evitar seguir nuestros pasos, intentar quitarnos de nuestro lugar y colocarse ellos. Si hacemos algo bien, les remuerde no haberlo hecho ellos. Si alguien nos felicita por algo, les hubiera gustado a ellos que les felicitasen por lo mismo. Si hacemos algo mal, te echan más leña para que ardas en el error y, en vez de ayudarte o animarte, se aprovechan de eso para apuntarse ellos el tanto. A veces, luchan, pisan al de al lado y si es preciso matan con la palabra con tal de ponerse en tu lugar y luego te lo refriegan en la cara (como si fuéramos un exprimidor y ellos un limón), con excusas absurdas como “no he tenido más remedio que hacerlo yo. Cuando en realidad, te están arrebatando lo que era tuyo. Con paciencia y humildad, tragas una y otra vez, aunque he de confesar, que no es nada fácil y piensas “¡dejadme en paz, que yo no os he hecho nada!. Es la impotencia ante el mal. El mal que produce la envidia. Sí, la envidia. En ocasiones no somos conscientes de los efectos que la envidia produce sobre el envidiado. No existe la envidia sana. No existen los celos, ni los celos espirituales. Existe sólo un pecado capital y se llama ENVIDIA.
¿Qué es lo peor?, pues que casi siempre viene acompañada de la SOBERBIA. Esa palabra que camuflamos con otra denominada “humanidad” para que parezca menos fuerte.
El envidioso y soberbio es capaz de lo peor (poniendo siempre sonrisa falsa para parecer piadoso, humilde, dispuesto… ante los demás). Es capaz de lo peor, como decía, con tal de conseguir su objetivo. Pero esto es como todo el mal. Aparentemente sale triunfador, pero el bien triunfará sobre el mal siempre. Más tarde o más temprano. Lo que pasa, es que nos sentimos desencantados de todo. Nos venimos abajo y eso es precisamente lo que no podemos hacer. Además, estas situaciones se notan donde estemos. Crean mal ambiente, desconfianza, tensiones... en definitiva, quitan la paz.
Pero fijémonos en la figura de Jesús. La envidia y soberbia de Herodes, Caifás, Pilato… acabaron con su vida con el mayor martirio existente en la fecha. Aparentemente vencieron a Jesús, que aguantó con la mayor HUMILDAD que hubo, hay y habrá jamás todo lo que sufrió. Seguro que el demonio lo tentaba para dar una contestación, para llevarlo a la desesperación ante la impotencia del mal. Pero Él sabía que el Padre estaba a su lado y que su misión la estaba cumpliendo. Pues aparentemente perdió, pero Jesús triunfó. Venció a la muerte, al pecado, resucitó, vive, y nos dio la salvación. Salvación que desaprovechamos envidiando de manera absurda.
Dios permite estos ataques para que ganemos en algunas virtudes (paciencia, humildad, misericordia…) que no tendríamos si no es por esta vía.
Como decía antes, los que envidian de esa manera tan fuerte, ni se imaginan el daño que hacen. Daño psíquico, daño físico, daño espiritual… pero Jesús, que es el amigo que nunca falla, siempre está ahí para ayudarnos a superarlo.
Que impotencia sentiría la Virgen Santísima ante la pasión de su Hijo. Y humildemente aceptó la voluntad del Padre. Pues así nosotros debemos aceptarla también.
Hoy, festividad de Nuestra Señora de Lourdes, pedimos a María que interceda por nosotros ante su Hijo, nos proteja y nos cubra con su bendito manto para que el mal no nos afecte, nos quite todo lo que no sea del Señor para que así, pueda el Todopoderoso hacer su obra en nosotros. Que sepamos ver lo que el Señor quiere de nosotros ante estas situaciones dolorosas y que la Virgen nos acompañe siempre en nuestro caminar.


Que el Señor os bendiga.