sábado, 19 de octubre de 2019

Orar sin desfallecer

Cristo orando en el huerto de los olivos. Andrea Mantegna. 1459.
National Gallery, Londres


Muchas personas se sorprenden, o les llama la atención cuando otras van a diario por la iglesia para hacer una visita al Señor. ¡Cuánto más ver que asisten diariamente a la Eucaristía! La oración diaria es lo que nos mantiene en la fe. La confianza en Dios es lo que hace que, en ocasiones, no tiremos la toalla, si se me permite la expresión deportiva.

Damos gracias y pedimos a Dios por todo. Es nuestro Padre, nuestro amigo, nuestro confidente:
Gracias por este problema que se ha solucionado. Gracias porque tal persona se ha curado de su enfermedad. Gracias porque tengo el trabajo que necesitaba para mantener a mi familia. Gracias porque he vuelto a casa sin percances en la carretera. Gracias por un nuevo día. Gracias por ver en mi enfermedad una forma de alabarte. Gracias…

Te pido por la salud de esta persona que está muy mal y desanimada. Ayúdame a encontrar un trabajo. Mira lo que me ha hecho tal persona, dame el discernimiento que necesito para afrontar la situación si hacer daño. Mi hermano está en el mundo de la droga, si Tú no intervienes, nosotros no podemos. Danos la paz en el mundo, empezando por nuestras familias...

Aunque damos gracias a Dios, constantemente estamos haciendo oración de petición, pero oración al fin y al cabo.

El Señor nos dice hoy en el Evangelio (Lc 18,1-8), que si el juez inicuo y corrupto, terminó por atender la petición de la viuda por su constancia e insistencia, ¿no va a tender rápidamente Dios las de las personas que oran y suplican? O dicho de otra forma, ¿No va atender el Padre las plegarias de sus hijos?

Sin embargo, hemos de recalcar algo importante, y es la pregunta que nos deja planteada al final de la lectura: Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esa fe sobre la tierra?» Es decir, hace hincapié en esa oración constante que debemos hacer, pues ella, como decía al principio, es la que nos mantiene en la fe, en la esperanza, mostramos nuestra confianza en Él.

Cristo nos muestra su Palabra con obras, y así debemos hacerlo nosotros también. Jesús, en todo momento eleva una oración al Padre. En su Bautismo, en la Transfiguración, cuando los discípulos les pide que les enseñe a orar y de sus labios brota el “Padrenuestro”, en la crucifixión: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen, incluso en el momento de su muerte: En tus manos, encomiendo mi Espíritu…

Y por supuesto, María es nuestro modelo también. Ella que oraba incluso antes de que Gabriel le anunciara que sería la Madre de Dios. Posteriormente siempre hablaba con su Hijo, incluso le pide -como en las bodas de Caná-, y hace que Cristo adelante su momento taumaturgo, en su oración de petición llena de amor, esperanza y confianza en Él.

Sea cual sea tu situación, ora. Confía y cree firmemente que tu oración es escuchada por Dios. Sé constante en tu oración y no desfallezcas.

El Señor nos bendiga.

sábado, 12 de octubre de 2019

Somos desagradecidos

Los 10 leprosos. Ilustración de Alexander Bida, publicada en el libro
Evangelio de Jesucrito de Edward Eggleston. Nueva York, 1874.

Somos desagradecidos. Seguro que muchas veces hemos dejado de agradecer a Dios o a alguna persona, desde el más mínimo detalle hasta una enorme ayuda o favor. Cosas cotidianas como levantarnos por la mañana y no dar gracias a Dios por un nuevo amanecer que nos regala. Un accidente que acaba en un “susto” pudiendo haber perdido la vida. Bendecir la mesa dando gracias al Padre porque podemos comer un día más. Podemos vivir en una casa, tenemos coches, ropa para abrigarnos con el frío, nuevas tecnologías a nuestro alcance. Podemos surtirnos de una naturaleza que poco a poco, por cierto,  estamos destruyendo. ¿No estamos siendo demasiado desagradecidos?
Somos desagradecidos. Quizás nuestros padres nos han dado todo lo que estaba en sus manos para que pudiéramos vivir, crecer, educarnos, estudiar, trabajar, tener una familia… Y cuando son mayores se convierten en un estorbo para nosotros y no les prestamos atención.
Somos desagradecidos. A veces nos aprovechamos de personas que nos prestan su ayuda una y otra vez y no les decimos ni “GRACIAS”, porque debemos pensar que tenemos todo el derecho a que nos regalen su tiempo, sus objetos, su dinero, su salud, su familia, sus amigos, sus vidas… No contentos con eso, si llegados el momento nos dejan de surtir de ayuda porque ya no tengan más que darnos, les retiramos hasta el saludo.
Somos desagradecidos. Hasta para recibir el perdón que suplicamos. Si alguien nos pide perdón (con o sin razón), pensamos que tenía que hacerlo porque estaba equivocado, o nos había dañado. Pero, ¿hacemos nosotros lo mismo, o siempre nos tienen que pedir perdón porque nosotros somos infalibles? Si nos confesamos de nuestros pecados, ¿agradecemos a Dios ese perdón, y ese Amor que nos regala?
Somos desagradecidos. Y no se trata de que la otra persona busque un agradecimiento por su favor. Sin embargo, si no lo agradecemos, causaremos dolor en su interior. Sí, dolor porque se sentirá utilizada sin más. No basta con decir “gracias”, hay que estar agradecidos de verdad, y eso ha de notarse. Igualmente, el amor a los demás y a Dios, nace del agradecimiento, y es lógico; pues en ese agradecer mutuo, va naciendo un nexo, una relación del que brota un cariño, que se irá fortaleciendo y transformándose en amor.
Si no has vivido casos como los expuestos, habrás podido vivir otros muchos desde cualquiera de las dos posturas.
Ahora, acudamos al Evangelio de hoy: (Lc. 17, 11-19).
Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».
Sólo uno de diez se volvió a darle gracias, y los demás habían sido sanados de la misma forma.
Jesús no necesita que le devolvamos favores, ni que le prometamos algo a cambio de un favor que le pidamos. Jesús no necesita nada de nosotros, pero nosotros lo necesitamos por completo a Él. Pero nuestra falta de agradecimiento le duele. Le duele que nueve de diez enfermos de lepra que acaba de curar, no se vuelvan a darle gracias por regalarle la salud. Y hemos de suponer que habría sanado a muchas más personas que, en su camino al  monte Calvario cargando con el peso de nuestros pecados, le insultaría, escupiría y buscarían su crucifixión. Pese a todo, Él nos ama de la misma manera y murió por todos para salvarnos. Su Amor es tan grande que, además de que no lo entendamos, Él sufre su Pasión y muere por todos. Por sus amigos, por sus enemigos, por los que no saben quién es… TODOS. Le duele nuestro desagradecimiento, pero no cesa de estar a nuestro lado para ayudarnos.
¿Compensamos o tratamos de devolver un favor? ¿Nos dejamos llevar por un simple “gracias” y con la “boca pequeña” porque nos cuesta ser humildes?
¿Vamos a misa para cumplir el precepto o para que desde fuera me vean que “soy buena persona”? ¿Recordamos que la Eucaristía, precisamente es ACCIÓN DE GRACIAS?
La sociedad queda reflejada en estos diez leprosos, por tanto, sigamos el ejemplo del agradecido. Abramos los ojos de nuestro interior y seamos agradecidos con cualquier cosa que nos percatemos que nos viene de regalo. Y sigamos ayudando a los que nos lo pidan, aunque no nos lo agradezcan. Que no seamos nosotros quienes decidamos a quien prestamos ayuda, sino que sea el mismo Dios el que nos lo diga, para que así hagamos su voluntad, y no la nuestra.

Si has llegado leyendo hasta aquí, sólo puedo decir: GRACIAS, por tu tiempo.
El Señor nos bendiga.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Santos Ángeles Custodios



Hacía tiempo que no escribía por aquí. ¿Quién sabe? Creo ha sido idea de mi Ángel Custodio.

A veces hablamos del Ángel de la Guarda como algo que nos enseñaron de pequeño, un cuento para niños. Pero nada más lejos. ¿Crees en él? ¿Sientes su presencia a tu lado? ¿Conversas con él?

A veces se nos pueden"venir" pensamientos a la cabeza repentinos: Me voy a ofrecer para ayudar a tal cosa, voy a pedir perdón a esta persona, voy a enviar un WhatsApp a esta otra a ver qué tal está, voy a adelantar esto en el trabajo y así los compañeros se lo encuentran hecho, en lugar de dar una mala contestación voy a contar hasta diez o hasta mil si es necesario... Y así, infinidad de momentos en nuestra vida que hacemos cosas porque se "nos ocurrió".

¿Te has parado a pensar alguna vez que es tu Ángel Custodio que te está ayudando o aconsejando?

Él ha sido puesto por Dios a tu lado para que te guíe por el buen camino. Habla con él, escucha lo que te dice, abre todos tus sentidos y encontrarás lo que buscas donde menos lo esperas. No tienes que oir su voz, lo que esperas recibir de él aparecerá. No digas: "qué casualidad que estaba pensando en cómo solucionar esto, y aparece un amigo y me da la respuesta". ¿No ves que es tu Ángel?

Que hoy, en su día, sepamos dedicarle un rato a nuestro compañero de viaje. Nos acercará poco a poco más a Dios.

Que el Señor nos lo haga ver.



Dios os bendiga.

miércoles, 31 de julio de 2019

EvangelizArte: In ictu oculi


A mediados del siglo XVII cuando Miguel de Maraña es nombrado Hermano Mayor de la Santa Caridad proyecta concluir las obras de la iglesia de la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla. Sería el propio Maraña el encargado de diseñar el proyecto iconográfico para la decoración del templo, un programa que se basaba en la salvación del alma a través de la caridad haciendo honores a la Hermandad de la que formaba parte. Para ello contó con los mejores artistas del momento: Bernardo Simón de Pineda, Pedro Roldan,  Bartolomé Esteban Murillo y Juan de Valdés Leal, conocido fundamentalmente por los dos «jeroglíficos de las postrimerías» y que, precisamente vamos a tratar viendo uno de los dos lienzos que pintó con este motivo, para la iglesia del Hospital de la Caridad, siguiendo las órdenes de su promotor, el mencionado Miguel de Mañara.

 «In ictu oculi» (En un abrir y cerrar de ojos).

Localizado en el sotocoro de la iglesia, frente al otro de los dos lienzos de Valdés Leal, «Finis gloriae mundi» (El final de las glorias mundanas), que contemplamos al entrar.
En él vemos que el artista representa la muerte llevando debajo su brazo izquierdo un ataúd con un sudario mientras en la mano porta la característica guadaña. Con su mano derecha apaga una vela indicando la rapidez con la que llega la muerte y apaga la vida humana. Sobre ella podemos leer el texto que da nombre a la obra, extraído de la I Epístola de San Pablo a los Corintios. El pie izquierdo del esqueleto se apoya sobre un globo terráqueo, pues la voluntad de la muerte gobierna el mundo sin excepciones.
Los objetos de la parte inferior, representan la vanidad de los placeres y las glorias terrenales, que tampoco escapan a la muerte. Ni las glorias eclesiásticas escapan a la muerte -el báculo, la mitra y el capelo cardenalicio- ni las glorias de los reyes -la corona, el cetro o el toisón- afectando a todo el mundo por igual. Ni sabiduría –libros- ni riquezas permiten escapar a los hombres de la muerte. Tampoco la valentía en las guerras –espada y armadura-.

Efectivamente, la vida se va en un abrir y cerrar de ojos. Siempre nos van a quedar cosas por hacer, tiempo que compartir con personas… pero, y siguiendo este lienzo que nos narra las vanidades humanas, ¿por qué nos empeñamos en ellas? Desafortunadamente todos conocemos a personas que sólo buscan tener riquezas, ostentación, e incluso aparentar lo que no son o lo que no debieran ser, pues en esta última acepción podemos encontrarnos con algunos que deben dar justamente, el ejemplo contrario.

El Papa Francisco decía que quería ver pastores con olor a oveja. Sin embargo, muchas veces vemos pastores que huelen a oro, marcas o perfumes caros. Parece ser que las ovejas se cuidan solas.
Con esto no estoy tirando piedras contra mi propio tejado: la Iglesia. La intención es una pequeña llamada de atención para abrir los ojos de ciertos sacerdotes que no parecen ir en el camino que Dios marca. Pues leemos en Mateo 6, 24: “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas”. Realmente ningún cristiano deberíamos ser así, máxime si hablamos de uno que debe estar al cuidado de las almas que tiene a su cargo. Repito y quiero que quede bien claro; no juzgo ni es el motivo de estas palabras, al revés, la finalidad es hacer despertar de un sueño de tinieblas que aparenta ser de luces.

Si nuestra vida se centra en dinero, riquezas, marcas, hacernos con patrimonio que no nos pertenece… ¿hacia dónde se inclinará nuestra balanza? Esto nos pasa a laicos, sacerdotes, obispos, cardenales… ¿Cuánto más oro llevemos encima más poder tenemos? ¿Para qué? ¿No estamos todos predicando que la finalidad de esta vida es obrar lo mejor posible y ganarnos el Paraíso? Quizás buscamos un atesoramiento en la tierra que echará por la borda, el verdadero tesoro que tendremos en el cielo. ¿Buscamos un entierro donde nuestro ataúd de caoba sea tirado por unos elegantes caballos árabes? Al final nuestras riquezas efímeras quedarán aquí, nuestro cuerpo será pasto de insectos, y nadie se acordará de nosotros.

Sigamos el ejemplo de Cristo, que es el que nos proponer Miguel de Mañara en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. Menos ostentación, lujos y riquezas absurdas. Más Caridad y ayuda al que lo necesita, que los tenemos muy olvidados.

Empezamos agosto y la Iglesia dedica este mes al Corazón Inmaculado de María. Acudamos a él y, sobre todo al Padre, pues su fiesta será el primer domingo o el día 7. Él es nuestro creador, y le estamos muy desagradecidos. Que no nos olvidemos de nuestro Padre Eterno, la Primera Persona de la Santísima Trinidad. Él sí nos cuida como sus hijos. Que las vanidades no nos cieguen y tratémoslo como lo que es, nuestro Padre.


miércoles, 6 de marzo de 2019

Un año más, la Cuaresma ganó el combate a Don Carnal.


Miércoles de Ceniza, comienza la Cuaresma.
De nuevo retomo esta tabla (1559) de Pieter Brueghel el Viejo que tanto me gusta para este día: "El combate entre don Carnal y doña Cuaresma".

Ya habíamos dicho hace tiempo, que en la Edad Media no había métodos para guardar la comida que no se iba a utilizar, sin que se estropeara. El tiempo de Cuaresma era un tiempo de oración, ayuno y limosna. Como debe seguir siendo hoy. Ante ese ayuno y, ante la incapacidad de conservar los alimentos, había que gastarlos para no desperdiciarlos. Por eso se celebraba el carnaval, fiesta en la que, más que disfraces, se despilfarraba la comida y la bebida. El consumo de alimentos, por la razón ya mencionada, tenía que ser absoluto. Viendo esta obra podemos hacernos a la idea de que eran días de gula, lujuria...

La tabla está llena de escenas, aparentemente cotidianas, cargadas de de una rica iconografía, pero nos centraremos en el detalle central inferior, el motivo que da nombre a la obra.

Vemos a don Carnaval, o don Carnal, bien grueso, subido en un barril de cerveza, lleva por sombrero una tarta, y en lugar de una lanza para en enfrentamiento, carga en su mano derecha con una brocheta gigante de carne asada. Por su parte, doña Cuaresma, una señora escuálida, se enfrenta, sentada sobre un reclinatorio, portada por una monja y un monje, y lleva una pala con dos arenques, símbolo de la abstinencia junto con la miel, cuya colmena lleva por sombrero.

No hace falta decir que siempre gana dona Cuaresma.

Por eso, no entendemos cómo pueden seguir celebrándose las fiestas del Carnaval en muchas localidades, una vez iniciada la Cuaresma. A nadie se le ocurre celebrar la Semana Santa o la Navidad en otras fechas. Debemos luchar para que todo vuelva a ser como era. La Cuaresma, debe y tiene que ser sagrada.

Y es que, como decía antes, hemos entrado en este tiempo de oración, limosna y ayuno. Un tiempo que nos lleva a una fiesta mucho mejor que la que dejamos atrás. Es la Fiesta por excelencia. La Pascua. La Resurrección del Señor. Pero para llegar en condiciones a esta gran Fiesta, debemos prepararnos en estos cuarenta días que nos separan del Triduo Pascual, en la que celebraremos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

Nuestro propósito debe ser convertirnos, dejarnos hacer por el Señor. Quedarnos limpios, cumplir nuestra penitencia. Algunos la cumpliremos, si Dios lo permite, en nuestra Estación de Penitencia, que de ahí viene su nombre.

En estos días he podido presenciar que muchas personas no saben aun cuándo son los días de ayuno y de abstinencia. Quiero dejar claro que los días de ayuno y abstienencia únicamente son el Miercoles de Ceniza y el Viernes SantoEl ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día (con desayuno y cena suave o líquida. Esto tan sólo son dos días del año. ¿Somos tan débiles que no podemos hacerlo? ¿O no queremos? Los demás viernes, serán de abstinencia, es decir, no se puede comer carne.

Según el Código de Derecho Canónico, el Cánon 1252 dice textualmente: "La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia".

Por eso, pidamos al Señor que nos convierta y, arrepentidos de nuestros pecados, y con la alegría de sabernos hijos suyos, podamos llevar su Palabra y ponerla en práctica. No sólo nos vale la teoría, el ejemplo es lo que mueve a los demás a la conversión.
Que este tiempo fuerte que hemos iniciado hoy, sepamos vivirlo intensamente y nos sea fructífero a cada uno de nosotros.



El Señor os bendiga.

domingo, 25 de marzo de 2018

Y el Verbo se hizo carne...el Domingo de Ramos

25 de marzo de 2018. Fecha en la que, el “capricho” de Dios ha querido que se den cita dos momentos importantes de Cristo. La Encarnación y el Domingo de Ramos.

Es como si quiera hacernos ver en la actualidad atea (y digo bien) en la que vivimos, cómo el Padre manda a su Hijo al mundo, valiéndose de María para que sea su y nuestra Madre. El Hijo de Dios se hace carne. Pero no es un antojo divino sin más. Jesús viene con una misión encomendada: la Salvación del mundo. Casualmente este domingo recordamos cómo la multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaban: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt. 21, 8-9). Es el inicio de la Semana Santa. El momento en el que Cristo vive su Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección. Momento en la que Cristo vence a la muerte y al pecado. Momento en el que Cristo nos salva clavado en una cruz, herido de muerte, desnudo, humillado…

Humilde se encarna en una joven y pobre María. Humilde nacerá dentro de nueve meses en un establo, donde es recostado en un pesebre por su Madre, porque no había sitio para ellos en la posada. Humilde muere, donde la sangre que derrama por toda la humanidad, después de tan cruel martirio, es lo único que tapa su bendito Cuerpo.

Aunque litúrgicamente prevalece la festividad del Domingo de Ramos, no podemos olvidar que celebramos el momento de la Encarnación, en la que Gabriel anuncia a María que será la Madre del Hijo de Dios, y su aceptación como esclava del Señor.

Hoy el Padre manda a su Hijo al mundo para salvarnos. Hoy le aclamaremos: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. En cinco días lo crucificaremos. ¿Incongruencia? Así somos, por eso Dios, como no quiere perder a ninguna de sus criaturas, desea fervorosamente llevarnos con Él al Paraíso, a su Reino; y lo hace de la forma más dolorosa para Él, entregándonos a su único Hijo.

No es casual. Hoy Dios envía a Jesús para liberarte, a cambio de su muerte, sí; pero si ese es precio que tiene que pagar para que puedas estar con Él, no lo dudará.

En esta Semana recapacitemos sobre esto, aunque sólo sea por agradecimiento. ¿Somos merecedores de tan gran recompensa? Cristo entra triunfante en Jerusalén, y así debiera entrar en nuestra vida siempre, porque es el Rey de Reyes y Señor de Señores, al que le debemos TODO.

¿Con qué personaje de la Pasión de Cristo te identificas? ¿Pedro, Judas, Caifás, Pilato, María Magdalena, Juan, Judas…?

Y no nos olvidemos de acompañar a María en estos días de Dolor, Amargura, Penas, Angustia… porque Ella, además de nuestra Madre, es nuestra Esperanza.

domingo, 6 de agosto de 2017

Padre Eterno

Padre Eterno. Lado del Evangelio del Presbiterio de la Iglesia Mayor de San Mateo. Tarifa. Posiblemente de 1635.

Hoy he querido poner esta imagen porque, en mi pequeño estudio sobre la misma me di cuenta de algo que era evidente, pero que no me había parado a pensar.
Tenemos fiesta del Espíritu Santo (Pentecostés). Tenemos otras dedicadas al Hijo (Jesucristo Sumo Sacerdote, Cristo Rey...). Tenemos fiesta de la Santísima Trinidad. ¿Y cuándo es la fiesta de Dios Padre? ¿Cuándo celebramos la festividad de nuestro querido Padre Eterno?.


HOY

La fiesta del Padre Eterno se celebra el séptimo día de agosto o el primer domingo de este mes veraniego.
Pocos saben de esta fiesta que debemos difundir para dar GLORIA a Dios.

Sólo quiero que leamos la primera lectura: de la profecía de Daniel 7, 9-10. 13-14


Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él. Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará. 
Palabra de Dios. 
"Casualmente" hoy, vemos lo que puede ser, sin lugar a dudas, la descripción del Padre y del Hijo.
Él quiere que le conozcamos, le amemos, honremos, y le demos Gloria. Quiere ser ese Padre que escucha, atiende y ayuda a sus hijos y, posteriormente, poder salvarnos y entregarnos ese Paraíso que quiso hacer sólo para nuestro deleite, nuestro disfrute con Él.
Hoy, como todos los días; te dice a ti, me dice a mi, nos dice a todos:
"¡venid a mí! ¡Yo soy el Padre que os ama más de lo que ninguna otra criatura podrá nunca amaros!"

domingo, 11 de junio de 2017

Santísima Trinidad


Vidriera de la Iglesia Mayor de San Mateo. Tarifa
Mediados del siglo XX.


De sobras sabemos que la fiesta en honor a la Santísima Trinidad se celebra el domingo después de Pentecostés. 

Ninguno de nosotros entenderemos este Misterio hasta que un día Dios nos los revele. Tema y Misterio que puede resultar "engorroso" o difícil de explicar, ni nos ponemos a meditar sobre él. Sin embargo, sí debemos saber en qué consiste, qué es.

Desde pequeños hemos aprendido que nuestra fe se fundamenta en el Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas distintas y un sólo Dios verdadero. Pero, ¿qué quiere decir esto? ¿Quién es cada Persona?.

Lo primero que debemos tener claro es que las tres Personas son Eternas, es decir, no tienen principio ni final. Podemos pensar que el Hijo no es eterno porque nació de María. Pero eso sólo es la parte en la que el Hijo se hace hombre para poder salvarnos, sin embargo, siempre existió como Dios. ¿Podemos encontrar al Hijo en el Antiguo Testamento? La respuesta es: Sí. Ejemplo de ello lo tenemos en el libro de Daniel: "Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él" (Dn,7.13). ¿No estamos ante una visión del profeta en la que puede ver al Padre y al Hijo?.

Al Padre solemos asociarlo con la creación, de hecho así ha sido representado en numerosas ocasiones a lo largo de la historia del arte. Sin embargo, considero que la acción creadora es común a las tres Personas. Si leemos el libro del Génesis, no vemos al Padre, sino a Dios, es más, en el versículo 2 del primer capítulo de la Biblia, aparece el Espíritu moviéndose "sobre la faz de las aguas". Entonces, ¿por qué llamamos a la Primer Persona Padre? Porque Él engendró eternamente al Hijo, que luego nos lo entrega para que nos salve de las tinieblas. Es el Padre eterno, el de Jesús, el de Cristo, el del ungido.

El Padre es el que todo lo puede, el Juez, la Sabiduría, el Amor Supremo. A la vez es nuestro Padre. Jesús así nos lo hace saber en la oración  que conocemos precisamente como "Padrenuestro". Por ello, como Padre, cuida de todos nosotros con una Amor y una exquisitez tan profunda que no alcanzamos a entender. Quizás por eso nos cueste creerlo, porque somos incapaces de hacerlo como lo hace Él. 

El Hijo es enviado por el Padre para que nos redima del pecado y venza a la muerte. Así podremos gozar con Él un día en el Paraíso. Con su Pasión, Muerte y Resurrección, Cristo n"Si me hubierais conocido, también hubierais conocido a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto" (Jn. 14,7). Es decir, que Jesús es el rostro visible del Padre, que para nosotros es invisible.
os abre las puertas. Pero el Hijo también nos habla del Padre. Muchos son los ejemplos:
"Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor" (Jn. 15,9-10) Jesús nos viene a recordar que el Padre es Amor, y que Él mismo es Amor. Por lo tanto, Si el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, también es Amor.
Gracias al Hijo sabemos de la existencia de la Santísima Trinidad, pues es la Persona que nos lo ha revelado. Sin esas revelaciones, por mucho que leyéramos el resto de la biblia, no podríamos ni intuir esta realidad.

El Espíritu Santo, la tercera Persona. Ya hemos visto que Existe también desde siempre, y que el mismo libro del Génesis nos los presenta en el versículo 2. 
Jesús dice a sus discípulos: "...pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros lo conocéis, porque mora con ustedes” (Jn. 14, 16-17)
Ni que decir tiene que es la Persona que está con nosotros en todo momento. ¿Cuál es la razón por la que vamos a misa? ¿Por qué rezamos? ¿Por qué sabemos diferenciar una acto bueno de uno malo? ¿De dónde procede la fuerza que recibimos antes una situación difícil? ¿Quién nos ayuda a amar a los demás? ¿Cómo sabemos que Dios existe? ¿Por qué tenemos fe?... Todo es obra del Espíritu Santo que nos va guiando en nuestras vidas y no nos damos cuenta. Vemos las cosas como nuestras, pero nosotros por nosotros solos no somos capaces.

Que todo lo que hagamos, sea con Amor. Será señal inequívoca de que procede del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Santa María, ESPERANZA nuestra, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo; ruega por nosotros a Dios.

sábado, 3 de junio de 2017

La gran fiesta del Espíritu Santo.




¿Qué nos está pasando? ¿Somos conscientes de lo que sucede en el mundo y, más aún, en nuestro entorno más próximo? 

El egocentrismo está llegando a unos peligrosos límites, nos está empujando a un abismo en el que, hacemos lo que sea para que todos nos adoren; nos creemos mejores que los demás, nos sentimos los jefes de nuestro alrededor, trabajamos para conseguir nuestros caprichos basados en poder y dinero, caiga quien caiga, recurriendo -si es menester- al mismísimo diablo para obtener nuestro propósito.

Pocos son los que miran por los demás, la inmensa mayoría va por la vida a su interés, sin miramientos; juzgamos la labor de la persona que tenemos al lado sin siquiera preguntarnos qué momento está viviendo, qué está pensando, o qué haríamos en su caso si estuviésemos en su piel.

Poder, cargo, dinero. Esa es nuestra única meta. ¡Qué pena y qué asco!

Ese es el ejemplo que estamos dando. Por mucho que queramos ponernos una careta, una falsa fachada que aparente lo "fantásticos, humildes y maravillosos" que somos, se nos olvida que entre el cielo y la tierra nada hay oculto. Y que si enmascaramos nuestro quehacer, es porque no nos interesa que se sepa nuestro verdadero fin. ¿Qué tememos? ¿Será que en nuestro interior sabemos que no estamos obrando bien?

Somos laicos, sí; pero somos Iglesia. No podemos quejarnos de que cada vez los templos están más vacíos si nosotros, los que nos creemos "buenos", estamos haciendo tanto daño a la misma Iglesia. Pero no sólo los laicos, sino que también, muchos sacerdotes son los que hacen que muchas personas dejen a Dios por el mal ejemplo que nos están dando. Muchos también se han dejado llevar por ese poder, dinero, sexo, fiestas, alardeo de lo que tienen, dejando sus obligaciones pastorales a un lado porque lo "otro" les atrae más.

Antes decía que todos nos creemos mejores que los demás. Se nos olvida que nadie es mejor que nadie. Todos tenemos cosas malas, pero también cosas buenas. Todos tenemos unos dones y carismas, y no tienen que ser los mismos que los nuestros. Somos distintos y a la vez somos iguales. El único que nos supera es Dios. El Amor elevado al infinito. La Sabiduría suprema. La Humildad hecha Carne. El que todo lo puede. La Misericordia por excelencia.

Pese a que lo parezca, mi intención no es juzgar nuestros propios comportamientos anteriormente expuestos, al revés, quisiera que veamos nuestras faltas, nuestra pobreza y miseria. Enmendar nuestros errores, perdonarnos y que todos formemos la Iglesia que Dios quiere, no la que queremos nosotros.

En este día de PENTECOSTÉS, pídele a Dios que nos envíe a su Santo Espíritu para que se cumpla lo que Jesús nos había prometido. La semana pasada ascendía al Cielo; y tenía que hacerlo para que pudiera venir el Paráclito. Que hoy se cumpla en tu vida esa promesa y que descienda sobre ti el Espíritu de Dios. Vendrá cargado de dones y carismas, pero tenemos que estar abiertos y ser dóciles. Sé humilde, reconoce que eres nada y abre tu alma a Dios para que entre y queme con su fuego todo lo que no es de Él, y a la vez, te colme de bendiciones.

Pidamosle por su Iglesia, para que sea Santa. Para que sus sacerdotes y pueblo dé el ejemplo que todo alejado necesita. La Iglesia no debe ser sinónimo de poder ni de dinero. Debe ser amor, caridad, misericordia, calidez, ayuda, oración, familia, amistad... debe ser un mínimo reflejo de Dios.

Que el Espíritu Santo nos sane las heridas del cuerpo y del alma. Que rompa las cadenas que nos atan con el mal. Que ese poder del que creemos ser poseedores, se convierta y seamos capaces de ver que el único que merece la Gloria, la Honra y el Poder es DIOS.

Amado Espíritu Santo:
En este día que te dedicamos especialmente, queremos pedirte nuestra propia conversión a ti. Entra fuerte en nosotros como viento arrasador. Quema nuestra maldad con tu fuego abrasador. Eleva nuestras súplicas al Padre para que tenga piedad de estos pobres hijos suyos, que les hemos salido un poco rebeldes. Muchos queremos dejarnos hacer por Ti. Transforma nuestra alma, haz de nosotros ese vaso nuevo que solo Tú quieres que seamos.


Ven Espíritu Santo y llénanos de Ti. Te esperamos ansiosos. Hoy puede ser un punto de inflexión en nuestra vida. Estamos sedientos de Ti. Restauranos. Ven Espíritu de Amor.

María, ESPERANZA nuestra, intercede ante Dios por nosotros y protégenos. Sé Tú ese ROCÍO que refresque nuestra alma.


Os dejo con esta canción de Jesús Adrián Romero.



domingo, 28 de mayo de 2017

EvangelizArte: La Ascensión del Señor.

La Ascensión del Señor (1305).  Giotto di Bondone. Capilla de los Scrovegni. Padua, Italia.

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor; una de las más grandes del año para un cristiano.

Después de resucitar, Jesús se queda cuarenta días entre sus discípulos. Y digo bien, pues no se rodeará de multitudes como lo hacía antes de sufrir su Pasión y Muerte, sino que se aparecerá a sus más allegados consolándolos, dándoles instrucciones, arropándolos, paseando y comiendo con ellos...
Jesús también les advierte (y a nosotros a través de ellos) que debe subir al Padre para que venga el Paráclito. Y eso es lo que celebramos hoy: La subida al Padre, su Gloriosa Ascensión. Pero ¡atentos!, no podemos confundir la Ascensión con la Asunción. En la Ascensión, Cristo sube sólo al Cielo. Él es Dios. En la Asunción, la Virgen es elevada al Cielo.

Para interpretar esta obra, tenemos que fijarnos en las lecturas del día:

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles (He 1,1-11), leemos al final "lo vieron subir, hasta que una nube lo ocultó a su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús que acaba de subir al cielo volverá tal como lo habéis visto irse al cielo»". Ahora visualizamos el fresco y comprobamos que, efectivamente, el Señor asciende y desde la tierra, los discípulos ven una nube que oculta a Jesús. Por otro lado, en el centro existen dos ángeles vestidos de blanco, señalando hacia arriba con sus dedos índices. Esos son los dos hombres de blanco al que hace referencia el texto bíblico.

Pero vemos que a derecha e izquierda del Señor, existen santos que lo aclaman y alaban en su Ascensión. Esto podemos leerlo en el salmo 47, que dice así: 

"Pueblos todos, batid palmas, 
aclamad al Señor con gritos de alegría,
porque el Señor, el altísimo, es terrible, 
un gran rey sobre toda la tierra. 

Dios sube entre aclamaciones, 
el Señor, al son de trompetas. 

Cantad a Dios, cantad; 
cantad a nuestro rey, cantad; 
porque el rey de toda la tierra es Dios, 
cantadle un buen cántico. 

Dios reina sobre las naciones, 
Dios se sienta en su trono sacrosanto."

En el relato no aparece la Virgen, sin embargo Giotto debió suponer, y con razón, que María, su Madre, estaría allí en el momento de su despedida. Es lo más normal del mundo. ¿Qué buen hijo se va sin despedirse de su madre? 

Por último, del Evangelio (Mt 28, 16-20) podemos leer: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Quiero quedarme con la promesa y la tranquilidad que nos da saber, que Jesús está con nosotros para todo, en cualquier momento. Nos deja una tarea, la de evangelizar. Pero también nos dice que está a nuestro lado. ¿No es esto una garantía? ¿No nos ayuda a confiar más en Él? ¿Estamos cumpliendo con la misión evangelizadora que nos ha encomendado? 

Recapacitemos y aprovechemos para pedir al Espíritu Santo que venga y nos ilumine en lo que necesitamos. Cada uno tendrá sus preocupaciones, sus problemas, su rutina, sus enfermedades, sus ataduras, sus faltas... 

Desde ya, y esperando con ansias el domingo que viene, le decimos con fuerza, desde lo más profundo del alma: ¡¡VEN, ESPÍRITU SANTO, TE NECESITAMOS!!