Sabíamos que tarde o temprano llegaría este momento, aunque duela. ¿O tal vez no estábamos preparados para aceptarlo? El caso es que las religiosas de la Inmaculada Concepción se marchan de Tarifa después de haber estado, prestando servicio y conviviendo con el pueblo, durante 138 años.
“Quedan pocas y ya son mayores”. Una frase que hemos oído e
incluso dicho, durante mucho tiempo. Quizá como rutina, sin prestar atención al
verdadero contenido de estas palabras. Hasta que llegó el día en que ya, no
pueden sostener lo que han estado llevando tanto tiempo sobre sus hombros.
No es simplemente la despedida de unas mujeres concretas,
sino es el cierre de un ciclo de vida social y espiritual del pueblo. Un cierre
silencioso, como la labor que han desempeñado hasta el último instante.
Pero este “adiós” no habla sólo del pasado. Dice mucho del
presente que habitamos.
Vivimos un tiempo donde las vocaciones escasean. Podemos
decir que son excepcionales, rayas en el agua. La sociedad ha cambiado
radicalmente en los últimos años. Si ser católico es difícil y se ha convertido
en algo que no es moda, ni políticamente correcto. Para muchos, decir que eres
católico se ha vuelto incómodo, incluso mal visto en ciertos ambientes. A veces
incluso parece motivo de incomprensión. Si ya cuesta declararse creyente,
imaginemos lo que supone para alguien reconocer una vocación religiosa. Hay que
superar muchos muros y hay que estar fuerte ante la adversidad, como el
verdadero camino del católico de a pie.
El entorno tampoco ayuda. El mundo hoy (y hablo a nivel
general) no es que no avance, va demasiado rápido, es cada día más egoísta.
Sumémosle el constante postureo, la cantidad ingente de información de la que
disponemos, la falta de transparencia y la abundancia de superficialidad.
El amor se ha convertido en algo de antiguos, cuando en
realidad; fue, es y será, el motor que mueve el mundo.
Si las personas no nos queremos de verdad entre nosotros, si
nos cerramos pensando erróneamente que nos protegemos, si nos utilizamos según
nos convenga y luego nos olvidamos, ¿cómo vamos a amar a Dios y dejarnos amar
por Él?
Fidelidad, lealtad, respeto, empatía, fe… son algunos
valores que por segundos vamos perdiendo.
Falsedad, frialdad, soberbia, juicios… es lo que vamos
practicando para suplir esa carencia de valores.
Ser religioso en la actualidad, por tanto, es ir
contracorriente. Las prioridades de la sociedad han cambiado. La oración, el
silencio, el trabajo sin ánimo de buscar reconocimiento… ¿eso?, que lo haga
otro.
La partida de las religiosas de Tarifa, no es más que un
reflejo de la sociedad, incluso de nosotros mismos como pueblo y como
parroquia.
Puedo entender el estancamiento que vivimos. El
aburrimiento, la apatía y el cansancio existente. Sin embargo, la fe hay que
alimentarla, y no lo estamos haciendo. Se nos está yendo, como se van las
religiosas. Como se seguirán deshaciendo otros grupos parroquiales. Como se
desvanecerán tantas iniciativas, espacios… hasta desaparecer si no
reaccionamos.
No hay estímulos, no hay constancia, pero tampoco hay
respuesta cuando hay propuestas.
Sin ir más lejos, y en el contexto que estamos hablando, el
pasado mes de diciembre, celebrando en su capilla el triduo en honor a la
Inmaculada Concepción, se apreció una disminución en la afluencia de fieles.
En la Vigilia, literalmente se podían contar con los dedos
de una mano los asistentes que acompañaron a aquellas tres religiosas. Hoy
puedo decir que fue una imagen simbólica y premonitoria: “Las pocas que
quedamos, aunque seamos mayores, nos daremos hasta el final”. Y así ha sido.
Lo comunitario se ha debilitado, se ha enfriado hasta el
punto más gélido, y eso ha repercutido en las monjas de Tarifa.
Pienso que estamos viviendo un tiempo de transición. Un tiempo en el que ya no se sostiene lo que fue, pero tampoco sabemos hacia dónde vamos. No hay metas claras, todo es incertidumbre, vamos dejándonos llevar por una sociedad que nos arrolla.
Las religiosas dejarán un vacío. Pero es hora de dejar la nostalgia a un lado. La llamada de atención nos ha llegado con su marcha.
Es
momento de preguntarnos: ¿Cómo vamos a rellenar ese hueco que nos dejan? Ellas
han sembrado su semilla durante 138 años. ¿Seremos capaces de que germine algo
en las nuevas generaciones? ¿Florecerá algo en las generaciones que convivieron
con ellas?
En cualquier circunstancia, el dolor, duele, sí. Pero ese
dolor debemos saber transformarlo en fortaleza. Dios cierra puertas, pero abre
ventanas.
¡Despertemos!
Estamos perdiendo lo esencial entre las prisas, las
pantallas, distracciones absurdas y una IA que no siempre usamos de la mejor manera.
Nuestra fe debería ser fuerte, enraizada, cimentada… y, sin
embargo, está endeble, lánguida, como translúcida, enclenque.
Pienso, que la sociedad está muy hambrienta y sedienta de
Dios, aunque cuesta reconocerlo. Hay miedos al qué dirán, miedos a enfrentarnos
a lo que Dios nos pida, miedos a aceptar, miedos a comprometernos… Y es que la
Iglesia, (porque todos somos Iglesia), es un reflejo de la sociedad, como decía
anteriormente.
Estas queridas religiosas quedarán en la memoria de quienes
fueron acompañados; quedarán en la fe de quienes encontraron consuelo en ellas;
quedarán en la mirada de quienes aprendieron a servir sin esperar aplausos (tan
ignorada esta postura hoy). Quedarán en el conocimiento de que Tarifa también
necesita espacios de silencio, de cuidado, de trascendencia. Pero su marcha
llega tarde para reaccionar: quizá no hemos sabido acompañarlas como merecían,
quizá no hemos sido conscientes del valor de su presencia hasta que se marcha.
No les hemos devuelto tanto que nos han dado.
Ahora es nuestro turno. Porque esa labor callada debemos
desempeñarla nosotros. Esa labor no es otra que trabajar de verdad por el Reino
de Dios, no por nuestras glorias personales.
Nos dejan su ejemplo. Nos dejan historias, vivencias,
experiencias, una cultura propia. Nos dejan enseñanzas.
Nos dejan una invitación a continuar con el legado, quizá a
nuestra forma, pero sin perder la esencia de la humildad, el silencio, el
trabajo, la atención a los demás y la oración.
Que su marcha no sea un punto final, sino el comienzo de
nuestra responsabilidad.
Que su silencio nos enseñe a escuchar lo que aún podemos
llegar a ser.



No hay comentarios:
Publicar un comentario