La
santidad. Cuando
leemos o escuchamos este vocablo, seguramente, en nuestra mente se
representa a una serie de “privilegiados” que fueron elegidos
para ser santos. Sin embargo, no nos paramos a pensar que todos somos
elegidos para tal fin, porque todos somos hijos de Dios y coherederos
de su Reino. Eso es, lo que Dios querría de todos nosotros, que
todos fuésemos santos.
Pero;
¿qué es la santidad?. Creo que podría explicarlo de una forma
sencilla, pero a la vez difícil (no imposible) de conseguir, y ahora
diré porqué. La santidad es dejar humildemente que el Espíritu
Santo actúe en nosotros. Esto significa que debemos estar cerca de
Dios para que Él haga su obra. Esto significa que debemos vivir al
máximo virtudes como la fe, la humildad y la caridad. La fe, que nos
hace creer ciertamente en Dios. La humildad que nos hace
desprendernos de nuestro ego y hacer que sea Dios el que lleve
nuestra vida. La caridad, porque el que no obra con amor no conoce a
Dios, ya que Dios es AMOR. Esto requiere sacrificios, servicio a Dios
y a los demás, dejar de hacer algo que nos guste para ayudar al
prójimo... por eso decía antes que es difícil, pero no imposible.
Y es que el hombre y la mujer, está unido a su ego y su soberbia
desde que fueron vencidos por el demonio casi al principio de la
Creación.
Aparentemente
podemos decirnos a nosotros mismos cosas similares a: “Yo hago esto
porque es lo que Dios me pide”. Pero debemos pedir al Espíritu
Santo que, entre otros dones y carismas, nos dé el discernimiento
que necesitamos para tomar las decisiones acertadas. Recordemos que,
para alcanzar la santidad, debemos dejar humildemente, que el
Espíritu Santo actúe en nosotros. Si en lugar de esto, actuamos por
nosotros mismos, buscando otras falsas glorias que no sea la de Dios,
es imposible que alcancemos la santidad.
Dios
nos dejó diez mandamientos. Parecen muchos, pero luego nos lo
resumió en dos. Amar a Dios y amar al prójimo como a nosotros
mismos. ¿De verdad amamos a Dios como a nosotros mismos? ¿Le
dedicamos tiempo? ¿Y a los demás? ¿Queremos y buscamos para ellos
lo mismo que queremos y buscamos para nosotros? Debería ser así,
pero que cada uno se responda para sí, a estas preguntas de forma
sincera. Porque a los demás podemos engañarlos, pero para Dios nada
hay oculto. “Casualmente”, el Papa Francisco dijo este 31 de
octubre en su homilía en Santa Marta: “Es
tan feo ser un cristiano hipócrita. Tan feo. ¡Que Dios nos salve de
esto!”;
criticando el comportamiento de aquellos que,
como los fariseos del evangelio, viven apegados a la ley y alejados
del amor y la justicia.
¿Somos como los fariseos? ¿Somos hipócritas?
Antiguamente
se podía pensar que la santidad era cosa de sacerdotes, monjas y
religiosos. Sin embargo, el Concilio Vaticano II, con el Espíritu
Santo a la cabeza, dio a los laicos el lugar que tenían que tener
como miembros de la Iglesia, es decir, tanto el sacerdote, como el
laico son iguales, en cuanto a ser hijos de Dios se refiere. Por
tanto, la
santidad no es cosa de unos pocos, es cosa de todos, pero solos no
podemos. “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn. 15,5), sin embargo,
“todo es posible al que cree” (Mc. 9,23). Tenemos que darnos
cuenta de una vez, que debemos hacer la voluntad de Dios, y la
voluntad de Dios no es otra que nuestra santificación.
Muchas
otras citas bíblicas podemos encontrar relacionadas con la santidad:
Mt. 5,48; 1 Co. 1,2; etc. Y estas no deben mas que, alentarnos a
alcanzarla. Para ello debemos aceptar todo lo que nos venga, ya sean
problemas, enfermedades, sufrimientos... todo lo que no nos gusta,
pueden ayudarnos a llegar a nuestro objetivo. Incluso la noche
oscura. Muchos santos reconocidos por la Iglesia han pasado por este
estado, en el que el demonio, sobretodo, ataca a la fe. Podemos tener
grandes dudas de fe y pensar cosas del estilo: Estoy desperdiciando
mi vida ayudando a otros; me estoy esforzando en tal cosa y seguro
que después de la muerte no hay nada... Sin embargo, ahí el Señor
nos está purgando y estamos ganando en virtudes y en santidad. Hay
que tener en cuenta que toda santidad no se consigue a través del
sufrimiento; pero también es cierto que nuestra cruz llegará más
tarde o temprano y, debemos saber afrontarla con la ayuda de Dios.
En
este día de todos los santos, recordamos a todas esas personas que
alcanzaron su santidad, aunque no estén en los altares terrenales. A
ellos debemos acudir también, pues son intercesores nuestros. Con
algunos podemos hasta tener “confianza” porque puede ser un
abuelo, un hermano, un amigo, un padre... Que ellos nos ayuden a
alcanzar la nuestra y gocemos un día todos juntos de la Gloria de
Dios, contemplando su Divino Rostro.
El
Señor os bendiga.
1 comentario:
Gracias Rafael por acordarte de mí en esas fechas navideñas.
Tras muchos meses de tener mi blog sin publicar paso a desearte unas felices fiestas navideñas y un año lleno de amor para dar y saber recibirlo.
Con ternura
Sor.Cecilia
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