lunes, 16 de marzo de 2020

Covid-19


Antes de empezar, quiero agradecer la labor que están desarrollando el personal de los hospitales y centros de salud, farmacias, centros de alimentación, basureros, servicio de limpieza y transportistas que nos acercan alimentos y medicinas, jugándose todos la salud e incluso la vida.

Pese a que sea distinta a otras ocasiones, estamos viviendo el tiempo de Cuaresma, no lo olvidemos, un tiempo de oración, conversión, penitencia, meditación… Pues bien, al hilo de esto y meditando precisamente, en estos momentos difíciles y de incertidumbre que estamos pasando, pienso que no es una casualidad que sea en este tiempo litúrgico, y que no es un castigo de Dios. Sin embargo, Dios está permitiendo que suceda por alguna razón que aún desconocemos, ¿pero cuál? Muchos dicen que hay que aprovechar estos momentos de estar obligatoriamente en casa para estar con la familia, rezar juntos… y me parece muy acertada la propuesta.

Pienso que Dios está permitiendo todo esto a nivel mundial, por nuestro comportamiento. Me explico: El ser humano, desagradecido como él sólo, piensa que todo está permitido, que todo vale en esta vida, que él siempre lleva la razón…, y nada más lejos de la realidad. Esta forma nuestra de actuar en todos los ámbitos, nos está llevando a una caos generalizado, a olvidarnos de forma sublime de nuestro Creador, a un egoísmo sin límites, a una falta exagerada de humildad, a unos enfados entre nosotros hasta el punto de matarnos literalmente. Esto no es cosa de Dios, esto es cosa nuestra que nos estamos dejando llevar de unos aparentes beneficios personales procedentes del engaño del que es el rey de la mentira, el mismo demonio, al que le estamos haciendo caso (siempre hablando de forma generalizada, por supuesto). Vivimos de manera superficial, no actuamos de corazón, no hacemos las cosas por el bien de todos, sino que nuestro proceder es con una falsa apariencia buscando un reconocimiento, por parte de los demás, absurdo e inmerecido. No queremos aprender, no nos dejamos enseñar porque pensamos que estamos siempre en posesión de la verdad. Pensamos que orar y rezar es de beatos (usando el término de manera insultante), de viejos, o de imbéciles. Pensamos y queremos hacer ver  los demás, que el demonio no existe y Dios tampoco. Quizás no nos interesa creer en la existencia de ambos, alegando que el mundo avanza y esto ya “no se lleva”, y por tanto, no merece la pena ni intentarlo. ¡Pobres ilusos y desgraciados! Cada día apartamos más a Dios de nuestras vidas, de nuestros hogares, de nuestros trabajos, de nuestros colegios… y es cuando más lo necesitamos, porque donde no hay LUZ, hay oscuridad. Si cada vez la apagamos más, más sombrías tinieblas ocuparán nuestras vidas.

A pesar de estos días de inseguridad, he podido comprobar que no escarmentamos. En los centros de alimentación hemos arrasado (y seguimos haciéndolo) como si no pudiéramos comprar nunca más, almacenando tal cantidad de comida en nuestras viviendas, que ya ni cabemos nosotros mismos. Hemos sido tan egoístas que no pensamos en aquellas personas que no tienen medios económicos suficientes para hacer lo que hacemos, y tienen que vivir al día. A estas personas, no les hemos dejado agua, leche, patatas, huevos, aceite, legumbres, verduras…, y por supuesto, papel higiénico. Hemos llenado carros de supermercados un día tras otro, tanto, que al final habrá cosas que nos caduquen, o tiraremos. ¿Qué estamos haciendo?, no miramos por nada ni por nadie  solo nuestro yo, pero hablamos del Señor y no miramos el mal ejemplo que estamos dando.

Hay miles de personas que mueren porque no tienen nada que comer, ese “virus” del hambre no nos interesa ni que se mencione porque nos pilla “lejos”. Pero puede que nos termine cogiendo, entonces entenderemos lo que otros hermanos nuestros están pasando.

Desgraciadamente esto no lo vemos. Sé de sobra que esto no es una broma, que es muy serio. Necesitamos comer para alimentarnos, por eso se abren los centros de alimentación, es lógico, hay que seguir viviendo y enfrentándonos al virus. Estos se convierten en auténticos focos de contagio, por la cantidad de personas que entramos a diario a comprar. Pero, ¿quién alimenta nuestra alma? ¿Eso ya no es importante? No podemos acceder a nuestros templos a recibir la Eucaristía, ni a rezar. Recordad lo que el mismo Jesús nos dijo: “Venid a mí lo que estáis cansado y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt. 11, 28). Los cristianos (se supone) que debemos creer en que Dios lo puede todo, que debemos confiar en Él, que Él es nuestro alimento y que sin Él no podemos nada y con Él todo lo podemos. En este período podemos y debemos hacer una comunión espiritual que alimente nuestro interior. “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad”, leemos en Jn. 4, 24.

Creo que el coronavirus es una ocasión excepcional para que recapacitemos personalmente sobre nuestro comportamiento. Invito a que cada uno hablemos individualmente con Dios y le pidamos ayuda. Volvamos a Él como hijos pródigos, y seguro celebrará un banquete en nuestro honor. Que aprendamos a ser humildes, generosos, que sepamos discernir lo que Dios nos dice en cada momento. Él no quiere nada mala para nosotros, Él quiere que seamos felices en esta vida, y que amemos a los demás como Él nos ama. Es una oportunidad que nos brinda para la reconciliación y la unidad de todos, porque unidos es cuando podremos vencer la enfermedad, cuando podremos vencer al mal, y cuando más nos podremos acercar a Dios y a su bendita Madre. Es el momento de encerrarnos en nuestras habitaciones y orar intensamente, hacer un sincero examen de conciencia, preparar una buena confesión para poder comulgar, cuando pase esta pesadilla, y celebrar una Eucaristía, es decir, dar gracias a Dios.

El demonio está contento en estos momentos porque ni siquiera podemos pisar la Casa de Dios. Las conciencias de muchos se debilitarán y ya no verán necesario acudir a la Eucaristía cuando pase todo esto. Luchemos contra Él, acudamos a María y a San José, que estamos en el es que la Iglesia le dedica, recemos el Santo Rosario, el ejercicio del Vía Crucis… Ofrezcamos pequeños sacrificios por el cese del virus y por nuestra conversión y la de los demás. No nos creamos los mejores, no juzguemos, compartamos más, no nos quejemos por tonterías, dejemos de ver tanta basura en la televisión que no nos lleva a ningún sitio, leamos más, hagamos cosas para no tener tiempo ocioso…

No está siendo una Cuaresma cofrade, pero quizás Dios permite esto para que nos demos cuenta de una vez, que lo verdaderamente importante es nuestra alma, y no sacar una imagen a la calle, pese que a mí me encante porque sea cofrade. Por eso Dios quiere que cuidemos nuestro espíritu, que lo preparemos para cuando venga a buscarlo. Al fin y al cabo, es lo único nuestro que pasará a la vida eterna, lo demás no.

Dios nos está dando oportunidades, avisos. Él es el Padre bueno que desea lo mejor para nosotros, sus hijos. ¿Le haremos caso? De ello depende nuestra salvación. Ora, y medita la Palabra. Adéntrate en el Misterio de Dios. A cada uno de nosotros nos está pidiendo algo, quiere moldearnos a todos e individualmente. Quiere hacer de nosotros, un vaso  nuevo.

Carga con tu cruz y llegarás triunfante a la Pascua. CREE y verás la GLORIA.


miércoles, 26 de febrero de 2020

Cuaresma 2020



Si lo pensamos detenidamente, todos hemos notado la influencia del pecado original en nosotros, y por tanto, cómo el pecado actúa en nuestro interior, tanto, que no sólo lo sentimos en el alma, sino también en el cuerpo: la envidia, la soberbia, la lujuria, la ira… Y pese a perder la relación con Dios, seguimos comulgando, pecando de sacrilegio porque pensamos que son “pecadillos” sin importancia.

¿Ponemos remedio a frenar estos pecados? Podemos sentir la tentación, pero ¿por qué terminamos cayendo en ella? Porque aunque el pecado original se borre con el bautismo, se hereda como un gen familiar y, somos los únicos seres que tropezamos con la misma piedra una, dos, tres y las veces que sean.

Sin embargo, los seres humanos somos perdonados y podemos volver a Dios gracias a su infinita Misericordia.

Si Adán nos llevó a  la oscuridad, Cristo es el nuevo Adán que nos lleva a la luz, porque Él es la Luz del mundo. De la misma manera, si Eva nos llevó al pecado, María como la nueva Eva, nos lleva a Cristo. Es la única que no lo abandona en la Cruz, y desde allí el mismo Jesús la convierte en “corredentora”. No la llama madre, sino Mujer, pero la nombrará Madre de todos. La llama Mujer, como mujer fue Eva cuando Adán estaba sólo en el Paraíso y Dios lo creó. Así, ante la soledad de Cristo en la Cruz, Ella lo acompaña. Son los nuevos Adán y Eva que nos devuelven y comparten la heredad del Reino de Dios.

Mujer, ahí tienes a tu hijo. ¿Adoptamos a María como Madre? ¿Creemos de verdad que Ella es nuestra Madre? Es la Madre Inmaculada de Cristo Redentor y Madre espiritual de cada uno de nosotros.

Jesús viene a ordenar lo que se había desordenado con el pecado de Adán y Eva. Y lo hace como único mediador, pero queriendo tener como asociada a María que está con nosotros en cada momento, e incluso lo vemos en las apariciones aprobadas por la Iglesia como Guadalupe, Lourdes o Fátima.

Nadie puede llegar a Cristo si no es por María.

Tenemos un tiempo propicio para meditar en todo esto: El pecado, Jesús que muere para redimirnos, María como nuestra Madre y compañera en el camino de la vida. ¿La dejaremos de nuevo sola a los pies de la Cruz mientras Cristo da su vida por nosotros y huimos dejándolo abandonado? ¿Nos propondremos hacer aunque sea un pequeño sacrificio por Él, por nuestros pecados y los del mundo entero? ¿Estamos dispuestos a pasar por el desierto de las tentaciones ayunando para prepararnos para la Pascua?

Cuaresma: Oración, ayuno, penitencia. Esto no es cosa de antiguos. Es más necesario y actual que nunca. ¡Vívela como Dios quiere! Prepárate para su Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección.


El Señor nos bendiga.

sábado, 8 de febrero de 2020

Breve mensaje teológico de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores

Nuestra Señora de los Dolores
Anónimo. Escuela Levantina.
📷 Autor

Iconográficamente, el modelo de la Mater Dolorosa se basa en la espiritualidad Servita, orden que surge en el siglo XIII en Florencia. De ahí se va propagando por todo el mundo, llegando a España en el siglo XVI. Pero antes podemos encontrar el canto a los Dolores de María, y así en el siglo XIV aparece el “Stabat Mater”.
 La devoción a la Virgen de los Dolores, como vemos, fue muy grande desde siglos atrás. En toda España, por ejemplo, se le daba culto el viernes anterior al Domingo de Ramos. En la actualidad y tras la reforma del Concilio Vaticano II este día ha pasado a ser conocido como Viernes de Pasión, aunque muchos siguen denominándolo como Viernes de Dolores, tal y como se hacía antaño, pasando su festividad al 15 de septiembre, un día después de la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz.
La teología, la liturgia, la piedad popular y el arte cristiano han centrado con frecuencia su atención en uno de los episodios más patéticos y entrañables del Evangelio: la compasión de María manifestada en su dolor, profetizado ya por el anciano Simeón en la presentación de su Hijo en el Templo que dijo: «Este hijo será para ti misma una espada que traspasará tú alma» (Lc. 2, 35). Santa Teresa de Jesús escribió al respecto: “Al oír las palabras del anciano Simeón, María vio claramente todo el cúmulo de dolores, tanto interiores como exteriores, que debían sucesivamente atormentar a Jesús en el decurso de la pasión”.
La espada atravesando el corazón de la Virgen es símbolo de sus sufrimientos o dolores, de las penas que María ofrece a Dios unidas a las de Cristo, especialmente durante la Pasión, en favor de la salvación del género humano. Siete son los dolores de nuestra Madre, que ordenados cronológicamente son:
1.      La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús
2.      La huida a Egipto con Jesús y José
3.      La pérdida de Jesús en el templo
4.      El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario
5.      La crucifixión y la agonía de Jesús
6.      La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto
7.      El entierro de Jesús y la soledad de María

Y es que, desde el fiat de María, en el momento en que Gabriel le anuncia que sería la Madre de Dios, Ella asume todo lo que está por llegar, lo bueno y lo malo, su entrega es total a Dios y, desde ese instante, a la humanidad por completo. Queda asociada al misterio de su Hijo, no como corredentora en la misma medida de Jesús, ya que Él es el redentor, pero sí en el sentido en que Jesús la hace partícipe y finalmente nos la entrega como Madre, encomendándole la nueva misión, por la que aún sigue trabajando y seguirá hasta el final de los tiempos.

Quizás viendo este tema podemos llegar a pensar que María tuvo una vida llena de sufrimientos y, por tanto, no fue feliz. Todo lo contrario, Ella, la llena de gracia, también fue plena en felicidad, que no placer. Me explico: En el sufrimiento podemos encontrar la felicidad. María pudo sufrir la pasión y muerte del Señor, de su Hijo, su corazón estaría destrozado, tanto, que algunos dicen que el Padre vino a sostenerla porque no hay cuerpo humano que soportara tal dolor. Sin embargo, la muerte de Jesús suponía la salvación del mundo entero, de todas las personas que habían vivido desde la creación del mundo, las que vivían en aquel momento, las que vivimos ahora, las que vivirán después de nosotros… todas.

Aunque parezca contradictorio, nosotros también podemos o debemos aprender a ser felices en nuestros sufrimientos. A nadie le gusta ver, por ejemplo, a un ser querido enfermo, pasándolo mal; y quizás esta persona se esté purgando de sus pecados, o está haciendo que otros se purguen, o se convierta o se una más a Dios en sus dolores personales, o hace que otros lo hagan... La felicidad no está en que todo vaya bien, sino en el resultado final cuando uno ha dado todo lo mejor de sí mismo. Pues de la misma manera, la Virgen Santísima, que lo dio todo por su Hijo, por nosotros, pese a los dolores del alma más grande que cualquier persona pudo tener jamás, Ella fue feliz por su Amor.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, no olvidemos que es Madre de Jesús y Madre nuestra, por eso sigue sufriendo dolores en su corazón por tanto pecado, tanto mal que seguimos haciéndole a Jesús, y por tanto pecado y mal que hacemos condenándonos nosotros mismos al fuego del infierno. ¿Qué madre no sufre ante la desgracia de un hijo? Como hizo con Jesús en la Cruz, Ella ofreció al Padre ese holocausto, de la misma manera, ofrece al Padre los dolores que le producimos sus hijos, pero en este caso, por hacer el mal. Su amor de Madre, le hace compadecerse de nosotros y media por nosotros ante Dios.

El dolor de María, pues, es un dolor de Amor. Si su alma ya era pura desde antes de su concepción y quedó inmaculada, ese dolor por amor, debió engrandecerla más si cabe.
Ella siempre es nuestro ejemplo de humildad y fidelidad, pero a veces se nos olvida que también hemos de tomarla como ejemplo en el sufrimiento y en el amor, porque si el dolor es por amor, ese dolor terminará convirtiéndose en más amor, y ese amor acercará nuestra alma un poco más a Dios.



miércoles, 5 de febrero de 2020

Breve mensaje teológico de la imagen del Santísimo Cristo de la Salud

Santísimo Cristo de la Salud.
1682. Atribuido a Ignacio López. Dimensiones: 178 x 165 x 60 cm.
📷 Autor

Esta es mi sangre que será derramada por muchos para la remisión de pecados. (Mt. 26, 28).

En efecto, Cristo dio su vida por todos nosotros sin excepción. Él quiere que seamos salvados y estemos a su lado en este mundo y con Él en el Paraíso, pues Él es la fuente de la vida. Jesús es el Cordero cuya Sangre preciosa nos redime, nos libera del mal, nos protege, purga nuestras conciencias, nos salva del infierno y nos da poder para vencer al diablo, la carne y el mundo.

Nos encontramos con varias citas en la Biblia que nos hablan de la Sangre del Señor, y mencionaré algunas:
“Cristo Jesús... a quien Dios puso como medio de expiación por su propia sangre, mediante la fe" (Rom 3,23-25). "Cristo es instrumento de propiciación por su propia sangre" (Rom 3,25). "En El encontramos la redención por su sangre" (Ef 1,7). "En su sangre estamos justificados" (Rom 5,9). "Habéis sido rescatados... con la sangre preciosa de Cristo" (1 Pe 1,18-19).
La Sangre preciosa de Cristo tiene tanto poder, por ser de quien es, que una sola gota sería capaz de convertir a los demonios, por eso huyen ante la presencia de Cristo Eucaristía. Lo que para nosotros es alimento de Vida espiritual, para ellos es un verdadero tormento.

Por otro lado, si acudimos el Evangelio de Juan, podemos leer que Jesús llega a un pueblo de Samaría llamado Sicar y se para a descansar en el pozo de Jacob. Llegó una mujer de Samaría y se da lugar la siguiente conversación:
- Mujer, Dame de beber
- ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?
            - Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.
            - Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?
            - El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna
            Aunque la conversación sigue, lo que quiero señalar en este breve estudio son las últimas palabras de Cristo: “el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.
           
            Tenemos pues, el poder de la Sangre del Señor y al propio Jesús como Fuente de Agua Viva. El perdón de los pecados y la limpieza del alma que nos conduce a Dios. Cristo con su Cuerpo y su Sangre, Cristo Eucaristía.

            Volvamos a la imagen del Santísimo Cristo de la Salud. Decíamos antes que se trata de un crucificado con los ojos abiertos, la boca entreabierta y la llaga en el costado derecho. ¿Cómo es posible que su rostro nos dice que aún está vivo, si la lanzada en el costado la recibió cuando ya había expirado?
            La razón es que la imagen no representa un momento bíblico narrado en los evangelios, como suele ser habitual. Estamos ante un crucificado alegórico, pues la iconografía representada es precisamente esta, Cristo de la Sangre o Cristo como Fuente de la Vida, un tema muy representado desde la época medieval en las artes figurativas y de múltiples matices en su realización iconográfica y contenido netamente sacramental, como he mencionado anteriormente.
Hoy su advocación es la de la Salud, que bien podemos relacionarla con el tema que tratamos. La Salud no sólo del cuerpo, sino del alma. Cristo que sana nuestro interior pecador, enfermo por el mal, más cerca de la muerte del infierno que de la Vida, que es Él mismo.

Como conclusión, y una vez analizado y teniendo en cuenta el mensaje teológico basado en la iconografía que representa la imagen, hay que remontarse al tercer tercio del siglo XVII e imaginar al imponente crucificado, cuando un siglo después del Concilio de Trento, el arte ya se había puesto al servicio de la Iglesia para propagar la fe y atraer la atención de los fieles. Cuando el devoto se ponía a sus pies, podía ver cómo Cristo, del que mana sangre de su costado, lo miraba fijamente y con su boca entreabierta parecía decirle: Yo te quiero, soy la Fuente de Agua Viva, la Misericordia. No temas, yo te purificaré porque mi Sangre ha sido derramada por ti. Tu fe te ha sanado, vete en paz. La majestuosidad del Santo Cristo de la Sacristía -como así le llamaban por ubicarse en un retablo en la puerta de estas dependencias parroquiales-,  animaría al fiel a confesarse y a cumplir los preceptos divinos. Hoy el Señor nos sigue alentando a creer en Él, en su Palabra, a acercarnos a Él, a que entendamos que sin Él no podemos hacer nada, que Él es la verdadera salvación y Vida. Desafortunadamente, la sociedad cada día se deja llevar por un mundo más ateo que laico, que lo aleja de la Luz de la Verdad y lo acerca a la oscuridad de la mentira.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Inmaculada

8 de diciembre. Festividad de la Inmaculada Concepción de María, nuestra Madre. Patrona de España.

Muchos siguen creyendo que la Inmaculada Concepción quiere decir que Jesús nació de María y ella permaneció virgen siempre. Sin embargo, hay que recordar que el dogma que celebramos hace referencia a la pureza de María desde su concepción, es decir, desde que fue concebida en el seno de su madre Santa Ana, Ella no tuvo jamás mancha alguna, quedó exenta del pecado original, no en vano, Dios tuvo ese privilegio porque iba a ser su Madre. Es lógico pensar esto, ya que María sería el primer y Divino Sagrario. Decía San Anselmo: «La Madre de Dios debía brillar con pureza tal, cual no es posible imaginar mayor fuera de la de Dios».

Si Cristo es el nuevo Adán -como nos dice San Pablo- María es la nueva Eva. Si Eva fue la primera mujer que cometió pecado, María es la primera y única que nunca lo tuvo. Eva fue desobediente, y María siempre obedece al Señor, es su esclava y la que le dijo SÍ. María, la llena de gracia de Dios. 

El Papa Pio IX proclamaba el 8 de diciembre de 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción: «La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles».

No dejemos de acudir a nuestra Madre celestial, nuestra querida María, la Inmaculada Concepción, Ella nos ayuda siempre e intercede por todos sus hijos. Sigamos su ejemplo de humildad y lucha contra las tentaciones. Acudamos a Ella siempre, pues el maligno huye en su presencia, no soporta que una "simple" persona, sea superior a él. 

Dios te salve María, llena eres de gracia el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

El Señor nos bendiga.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Velad

Nuestra Señora de la Expectación.
Alonso Martínez Mountánchez. 1601.
Catedral de Santa María de Tui.
Huelga decir que acabamos de entrar en el Tiempo de Adviento, sin embargo es bueno recordar que hoy iniciamos un nuevo año litúrgico, un nuevo ciclo, cambiamos de evangelista dejando atrás a San Lucas y nos adentramos en San Mateo. Notamos también que los colores litúrgicos han variado del verde al morado. Asimismo, observaremos en nuestras parroquias que se enciende la primera vela de la corona de adviento.

Todo es nuevo, o mejor dicho, distinto; llamadas de atención porque Jesús hoy en su Palabra nos quiere abrir los ojos. Él está en camino y nosotros debemos avanzar hacia Él. Pero, ¿cómo iremos a su encuentro?, ¿cómo nos vamos a preparar? 

El Evangelio nos habla de Noé y el diluvio. Un diluvio que arrasó con una humanidad pecadora,  agotada, "quemada" diríamos hoy. Una humanidad que vivía el día a día sin tener en cuenta a Dios. Un diluvio que quiso terminar con un mundo lleno de soberbias, egoísmos, envidias, vicios... Quizás la historia se repite y Dios quiere hacernos ver que seguimos haciendo las mismas cosas, cometiendo las mismas faltas. El Adviento nos invita a cambiar. Es el nuevo diluvio que quiere acabar con la humanidad pecadora, podrida, y Jesús es el nuevo Noé que viene a traer la Salvación, a devolver la Vida a la humanidad. Sin embargo, debemos estar preparados para ello, pues puede ser que nos venga el diluvio y nos arrastre sin piedad. Recordad lo que el mismo Jesús nos dice hoy: Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. ¿Os imagináis que llega y por no estar preparados no nos recibe? Sería el mayor error de nuestras vidas, y estaríamos lamentándonos eternamente.

Si vamos a en busca de una gran personalidad, un rey, un diplomático, el Papa,... lo más normal es que vayamos bien preparados, arreglados y con la mayor de las ilusiones, poniendo todo nuestro empeño y alegría  en ser recibidos. Pues si vamos a recibir al Rey de reyes, ¿cómo debemos preparar nuestro interior? Nuestro camino debe ser firme, no podemos ir distraídos, es un tiempo donde reina la Esperanza. De la misma manera que el centinela vigilante pasa la noche, en medio de la tiniebla oscura, con la esperanza del nuevo amanecer; así debemos esperar la llegada del Señor, ansiosos, alegres, deseosos.

Es un tiempo propicio para acudir al sacramento de la penitencia, el sacramento del Perdón que nos devuelve a Cristo, que nos devuelve a la Vida, que nos llena de Gracia, que nos alienta a seguir en el sendero hasta nuestra meta.
Despertemos de nuestra rutina mundana. Abramos los ojos a la llamada del Señor. Acudamos a la Virgen, el primer Sagrario, la que mejor supo esperar a su Hijo, a nuestro Dios. Ella nos entiende y nos guiará por el camino correcto hacia Jesús. 

Velemos pues, pero preparemos nuestra alma, que no llega un "cualquiera", que no llega un rey más, que el que viene es el mismo Dios, el que nos salva, el que nos une, el que nos llena plenamente.

Aprovechemos estos días previos a la Navidad para estar más alertas que nunca, sin despistes. Si al final del camino nos juzgarán por el amor, no podemos caminar sin él, porque al llegar a la meta no tendremos nada que mostrar.

Acudamos a la Santísima Virgen, la que supo esperar con gozo como nadie la venida de su Hijo, nuestro Dios. Ella nos entiende y nos guía por el camino que nos conduce a la Salvación. 

El Señor nos bendiga.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Cristo. Rey de reyes.


Celebramos el último domingo del año litúrgico y lo dedicamos a Cristo Rey. La Iglesia quiere que le veamos en el triunfo, como aquel en que en Él todo es pleno.  Pero hay algo que nos puede llamar la atención: ¿El triunfo de Jesús en la cruz?; solo, abandonado por sus amigos, sufriendo  los dolores que jamás sintió ningún hombre, agonizando, soportando las burlas de los soldados y personas presentes, contemplando a duras penas a su Madre a sus pies viéndolo morir… Este tipo de realeza no es a la que estamos acostumbrados; no vemos  riquezas, ni protocolos, ni lujos, ni sirvientes. No vemos armas, ni guardaespaldas,  ni ejército que lo proteja. Muere completamente desnudo clavado en un madero. ¿De verdad es el triunfo de Cristo? Cristo no se limitó a sobrellevar nuestros pecados sino que también los “destruyó”, los eliminó. Cristo venció a la muerte y al pecado. Ese es el triunfo de Cristo, no se trataba de quedar por encima de nadie a nuestros ojos, Jesús es humilde y su victoria es distinta a la que podríamos suponer desde nuestro humano entender.

Cristo es un rey al que le faltan todas estas cuestiones materiales. Sin embargo posee el mayor poder que podamos imaginar. No es su corona, que no es de oro sino de Espinas. No es su trono, que no es un sillón lujoso, sino una Cruz. No son sus ropajes, que no son de seda y armiño, sino su Preciosa Sangre. No es un ejército de soldados preparados para matar, sino una corte de Ángeles… No. Su inmenso poder lo manifestó en su vida hasta el último momento. Es el AMOR  demostrado en su humildad, perdón, paciencia, mansedumbre, silencio, oración… ¡Qué mayor prueba de amor que morir para abrirnos la salvación a todos nosotros, a los que vivieron desde los inicios del mundo, y hasta los que vivan hasta el último día! Con su muerte, Él nos liberó. ¿Crees esto, o simplemente lo sabes por rutina? Piénsalo, medítalo. No es una cosa más que aprendemos desde pequeños, es el Rey, tu Rey, mi Rey, que ha querido entregarse derramando hasta la última gota de su sangre, para que podamos estar con Él en la Vida. Vino a salvarnos a todos, que somos pecadores. Lo que prometió al buen ladrón (Hoy estarás conmigo en el Paraíso), nos lo prometió a todas las personas de todas las generaciones. Sí, estaremos con Él en el Paraíso cuando nos llegue el momento, si la aceptamos; porque recuerda lo que dice San Agustín: “Hay tres hombres en la cruz: uno que da la salvación, otro que la recibe, un tercero que la desprecia. Para los tres la pena es la misma, pero todos mueren por  causa distinta”.

Su reino no es de este mundo, porque este mundo puro que nos regaló, lo hemos corrompido con nuestro pecado, con nuestros pensamientos materialistas. Su reino es el Reino de Dios, el Reino del Amor por excelencia. No nos queremos dar cuenta, precisamente porque el mundo nos arrastra, que los mayores valores no son los materiales, sino los espirituales. Ya nos lo advirtió: “Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen y donde los ladrones no horadan ni roban” (Mt. 6, 20).

Por eso deja que Cristo sea el Rey de tu vida, déjate guiar por Él que es el que da la Vida. Ámalo más que a nadie y nada en este mundo, que sea tu principio y tu fin. Y cuando llegue tu hora, acepta su salvación. Aprovechemos este día de Cristo Rey para volver a Él, que espera de nosotros nuestro arrepentimiento, humildad y confianza.

Que sepamos ver todo esto con la ayuda de Su Madre, que Ella sea siempre nuestra Esperanza, y pese a que caigamos una, dos o tres veces, como cayó su Hijo, tengamos la fuerza para levantarnos como hizo Él, y lleguemos a fundirnos en un eterno abrazo con el Rey, el Amor de los amores.

El Señor, que es el Rey de reyes, nos bendiga.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Mirad que nadie os engañe

Destrucción del Templo de Jerusalén.
Francesco Hayez, 1867
El Evangelio de este domingo (Lc. 25, 5-19) puede alarmarnos y atemorizarnos. Cuando lo leemos rápidamente podemos pensar: esto es lo que está sucediendo. En cierto modo, es lógico pensarlo pues, informativos en televisión, noticias en radio, prensa y redes sociales nos hablan constantemente de terremotos, huracanes, incendios, guerras, violencia en las calles y en las propias casas, invasiones de algas o insectos... Por otro lado vemos el odio reinante en el mundo, sin irnos lejos, echamos la vista a nuestro alrededor y comprobamos la existencia de familias enfrentadas (empezando por las nuestras), miembros de grupos parroquiales que luchan por tener un poder incongruente, políticos que lejos de ayudar al ciudadano su lucha diaria es su bien personal, países que se enfrentan por tener más que otros... Al final todo se reduce a lo mismo: Dinero y poder, el gran destructor de la humanidad que genera soberbia, envidia y rencor.

De una manera u otra, todo el que quiera sobresalir y que los demás le "adoren", son falsos profetas que vienen a decirnos con otras palabras "yo soy". Algunos incluso osan a predecir acontecimientos, unos inventados, otros del lado del diablo, y al final ninguno es cierto, pues Cristo es la única Verdad.

No nos agobiemos con la destrucción del Templo de Jerusalén, pues el hecho ya se produjo en el año 70 d.C. No nos preocupemos por lo malo que está por venir, que no nos importe el cuándo, sino estar preparados siempre, porque no sabemos el día ni la hora. Cabe la posibilidad que nos dé por pensar que el Templo es la Iglesia. Pero a la Iglesia le pueden salir grietas, puede sufrir desprendimientos de 
elementos decorativos, ventanas, roturas de gárgolas, de techumbre... Puede tener alguna rehabilitación u obras para su mejor conservación... pero jamás se caerá, pues pese a estar formada por hombres, los pilares, la base donde está cimentada, es Cristo, su creador. Y por mucho que se intente la Verdad siempre vence a la mentira, la Luz siempre prevalecerá ante las tinieblas, el Amor siempre estará por encima del odio. Como dijo el Papa Juan Pablo II: Dios, siempre puede más.

Es cierto que la Palabra de Dios es dura y nos puede llegar a asustar. Sin embargo, leamos atentamente porque Jesús nos dice que se alzará pueblo sobre pueblo, reino contra reino... y esto servirá de ocasión para dar testimonio. Es decir, no tengamos miedo de dar ejemplo con nuestro día a día, que Dios sea lo primero y lo último. En la actualidad los católicos estamos mal vistos, y la sociedad cada vez nos pone más difícil seguir a Cristo libremente, por eso tenemos una oportunidad de oro para gritar a los cuatro vientos, que somos de Dios

Después de la parte más inquietante del Evangelio, viene la parte dulce y confortadora, en la que el Señor nos recomienda que no preparemos nuestra defensa, pues a ninguno de los que estén con Él, el adversario podrá hacer nada. 

Por eso pedimos el discernimiento que necesitamos para distinguir a los falsos profetas que quieren hacerse con nuestras almas. Por eso oremos a Dios para que no nos apartemos de Él, que nos mire con su infinita Misericordia y no nos deje caer en el abismo. 

Oremos; oremos porque con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas.

El Señor nos bendiga.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Porque son como ángeles

Detalle de La Visión de San Antonio de Padua. 1656. Murillo.
Capilla Bautismal de la Catedral de Sevilla.
Aunque pueda parecer algo complicada o enrevesada, resulta muy interesante la enseñanza que nos trae el Señor a través de su Palabra (Lc. 20, 27-40) en este domingo. Y es que, estando en el mes en que la Iglesia dedica a los difuntos, nos llega la resurrección vestida de verde Esperanza.

Antes de seguir, hay que hacer un apunte relativo a los saduceos, aquellos que se acercan a Jesús con ánimo de burlarse de Él, y es que eran una élite aristocrática de latifundios y comerciantes, que no creían en la resurrección. Para ellos el reino mesiánico era el que vivía, rodeados de bienestar. Creían que Dios retribuía a los que seguían la ley con riquezas, y castigaba con pobrezas a los que obraban mal.

Dicho esto, es lógico que se acerquen a intentar ridiculizarlo cuestionando la resurrección con casos ficticios. Sin embargo Jesús, paciente y amable, les explica que la vida terrena no tiene nada que ver con la verdadera vida. Continúa demostrándole que ya en tiempos de Moisés se habla de la resurrección, haciendo alusión al episodio de las Sagradas Escrituras de "la zarza ardiendo". Y concluye magistralmente diciéndoles: No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven.

Sin embargo podemos ser como los saduceos y pensar qué sentido tiene el matrimonio después de la muerte. Es lógico en cierta medida, pues pensamos como humanos. En el matrimonio ambos cónyuges se unen por amor, intentan hacerse feliz el uno al otro, se complementan, e incluso se acercan mutuamente a Dios, que es el que está, o debe estar en el centro de sus vidas. Hombre y mujer se casan, forman una familia, tienen hijos y se integran en la sociedad. Estos son los fines del matrimonio en esta vida terrenal y el propósito de Dios para con ellos. Sin embargo, aquellos que sean dignos de tener parte en aquel mundo, es decir, aquellos que en función de la vida que hayan tenido, puedan gozar del Paraíso después de su muerte, ya no podrán morir, ya no podrán cometer pecados y serán como ángeles. Ese nexo de matrimonio que nosotros tenemos aquí, será distinto, pero no quiere decir que se destruya al morir, todo lo contrario, será pleno, pues no será una unión únicamente conyugal, personal y sexual. A pesar de que, según Jesús, el matrimonio será irrelevante, la unión será completa, pues se gozará de la autentica Común-Unión de los santos.

Que el Señor, a través de su Madre, la que siempre intercede por nosotros ante Él, nos ayude a creer en la resurrección, y a entender que la felicidad que podamos tener en esta vida, por mucho que pensemos a veces que ya no podemos ser más feliz porque tengamos nuestras necesidades cubiertas, amor... sólo será una mínima e inapreciable parte, si la comparamos con la Vida que tendremos a su lado y en compañía de los santos y ángeles de Dios. Que nunca perdamos la Esperanza de la resurrección y el reencuentro con nuestro Creador.

El Señor nos bendiga.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Hoy Jesús, quiere quedarse en tu casa.

Jesús y Zaqueo. ¿1585?. Biblioteca Nacional.
Zaqueo, nos cuenta el Evangelio de este domingo (Lc. 19,1-10), era jefe de publicanos y rico, es decir, el encargado de cobrar los impuestos que se había enriquecido, no por su trabajo, sino por aprovecharse de los demás. Sería, pues, una persona que gozaría del reconocimiento y respeto del pueblo por miedo más que por amor y sus buenas obras. Era, a los ojos de sus vecinos, un "pecador público". Parece ser que tendría curiosidad por ver quién era "ese" Jesús del que todo el mundo hablaba, nos dice el texto literalmente: Trataba de distinguir quién era Jesús. Finalmente se hace un hueco para verlo, subiéndose a una higuera, pues era de baja estatura.

¡Cuál sería su sorpresa!, al comprobar que Jesús lo está buscando a él también, pues llega hasta aquel lugar y le dice: Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa.

Y Jesús debió mirarlo como únicamente Él sabe mirar. Con amor, misericordia, dulzura, como nos mira a cada uno de nosotros. Jesús nos conoce mejor que nosotros mismos, sabe de nuestras necesidades e inquietudes. Ve en Zaqueo la dignidad de hijos de Dios que todos tenemos. Jesús con su mirada lo transforma todo, cambia el corazón de Zaqueo y, a pesar de que sabía que se produciría un escándalo, a Jesús le da igual, puesto que la visita que hará a Zaqueo será profunda, para alojarse en su alma. Jesús busca a esa oveja descarriada para llevarla a su redil. 

Muchas veces nos creemos importantes porque tenemos muchas cosas materiales, o un buen puesto laboral, político, e incluso nos creemos importantes por tener un cargo en nuestra parroquia. Pero no tenemos amor, solo pensamos que obramos correctamente y cumplimos todo mejor que los demás, buscando que Dios nos dé esa recompensa de santidad, más que darnos y servir al prójimo por y con amor. El error está en que esa "recompensa" ya la estamos recibiendo, pues se trata en realidad de un reconocimiento absurdo de los demás, sin darnos cuenta que el tesoro del cielo estamos dejando de ganarlo.

Pero hoy Jesús nos da una nueva oportunidad. En otras ocasiones ha venido a buscarnos como a Zaqueo, pero lo hemos dejado pasar. 

Hoy, a través de su Palabra, Jesús viene y quiere quedarse en tu casa, en tu corazón, quiere convertirte, transformar tu alma, quiere cambiarte, hacerte ver cuál es el camino que debes seguir. Hoy Jesús te mira con misericordia, con amor, como todos los días. Piensa que Jesús ama todo lo suyo, y todos nosotros somos suyos.

Hoy la Salvación llega a nuestra casa. ¿Vamos a abrirle las puertas? ¿Quieres dejarte transformar por Dios?  Déjate mirar por Cristo, que su mirada nos recorra por completo y transforme nuestros problemas en soluciones, nuestras enfermedades en sanidad, nuestro rencor en amor, nuestras tristezas en alegría y, sobre todo en Esperanza.

El Señor nos bendiga.